Reflexiones sobre la seguridad en la ciudad inteligente

El nombre puede haber perdido un poco de tirón mediático, sobre todo en estos convulsos tiempos políticos. Pero el avance científico y empresarial sigue empujando a favor de llenar el mundo de ciudades inteligentes o smart cities.
No es que las ciudades vayan a ponerse a pensar por sí mismas y a rebelarse contra sus habitantes … algún guión de cine saldrá. Más bien es una forma de llamar a una ciudad con una eficiencia inteligente, o simplemente una ciudad eficiente gracias al procesado de los datos recogidos en ella y en sus servicios.

Imaginemos un barrio con poca luz para ser respetuosos con el medio ambiente, como los que pueden encontrarse en muchas ciudades (modernas o no tanto). Para reducir la contaminación lumínica hay quien puede argumentar que estamos sacrificando la seguridad. Nadie quiere entrar en callejones oscuros en zonas desconocidas.

Supongamos que a alguien se le ocurre una solución tecnológicamente eficiente: ir encendiendo la iluminación de la zona en aquellos puntos donde haya viandantes. Seguro que alguien podría argumentar que para favorecer esta eficiencia nos estamos cargando la privacidad de esas personas. Puede ser peligroso que se sepa por donde está transitando y ser fácilmente localizables.
Lo que sí parece que se va consiguiendo es hacer converger uno de los focos de atención de estos debates entre defensores y detractores hacia la privacidad y la seguridad de los seres humanos que las habitan.
De entre las muchas tecnologías que facilitan la conversión de una ciudad en “ciudad inteligente”, está la que se conoce como Internet de las Cosas o IoT (del inglés Internet of Things”). De nuevo, la traducción al castellano, nos puede llevar a interpretaciones erróneas, sobre todo para quien no conozca el término: quizá seria mejor prescindir del “las”, y dejarlo en “internet de cosas”, o mejor, en “cosas que se conectan a Internet”.
En la Internet de Cosas, miles de dispositivos se conectan entre ellos a través de Intenret, y mandan datos de sus sensores. Esto facilita la eficiencia de una Ciudad Inteligente, porque van a ser el mayor proveedor de datos que la ciudad va a tener, para procesarlos, y tomar las decisiones adecuadas hacia el camino más óptimo, en el aspecto que sea: reducción de costes, mejora del medioambiente, aprovechamiento de la información colectiva, etc. Aún hay muchos retos abiertos en esta tecnología, puesto que el conjunto de posibles futuros y casos a imaginar es muy amplio y engloba un buen puñado de tipos de red, tecnologías e incluso tipos y formatos de dispositivo.

Pero de su mayor potencialidad surge su máxima debilidad: los datos. Este valor intangible pero tan de moda actualmente, es actualmente un activo monetizable. Por lo que también es un objetivo a capturar a cualquier precio poniendo en riesgo la seguridad de las personas de muchas formas. Por ejemplo:
    • son muchas las personas que se quejan de recibir anuncios no deseados en sus smartphones. Incluso se sorprenden de recibir informaciones ofrecidas por las aplicaciones para las cuales se necesitaría conocer información privada delicada: hábitos personales, ubicación instantánea, costumbres de uso, etc.
      Estos “ataques” a la privacidad, pueden paliarse y evitarse, puesto que muchos de ellos son por desconocimiento del propio usuario. Primero hay que dotar con información a la ciudadanía de buenas prácticas de uso. Y después, que la propia ciudadanía haga caso de ellas y las ponga en práctica: no dar nuestro email ni datos personales innecesariamente, no seguir cadenas y listas de correoso deseados, apagar la wifi y el bluetooth cuando no lo usemos, y un largo etc. son costumbres que necesitan de mucho esfuerzo educativo… pero se puede conseguir acostumbrarse a ellas.
    • otro punto se fallo se encuentra en la propia seguridad de los dispositivos. Internet de Cosas se encuentra aún en período de estandarización y de revisión. Eso facilita a los ciberdelincuentes encontrar agujeros y puertas traseras en la tecnología, lo que independientemente del tamaño del dispositivo puede generar situaciones de inseguridad importantes en Internet. Sobre todo hay que tener en cuenta que, aun siendo dispositivos de poca potencia de cálculo, sin embargo son muchos, muchísimos y suelen tener información muy sensible de las personas. Y cada vez tenemos más rodeándonos.
      Esto les hace muy golosos para ser infectados y hacer ataques de seguridad masivos, como el que hubo hace un año y que tiró abajo simultáneamente a grandes proveedores de Internet como Netflix, Spotify, Twitter, entre otros. No eran potentes equipos informáticos atacando a estos servidores, sino una multitudinaria red de pequeños dispositivos que colapsaron las redes por número, no por potencia individual.
Podríamos seguir encontrando ejemplos y contraejemplos a cualquiera de estos supuestos y a sus presuntas soluciones. Pero esto no conseguiría nada más que llevarnos a un caso muy típico de parálisis por análisis. Defecto muy habitual en la implementación tecnológica: no poner nada en práctica porque aún estamos analizando pros y contras de hacerlo, y hasta que no se lleve a cabo, ni siquiera tendremos datos para afianzar las argumentaciones.
Tampoco es bueno lo contrario: huir hacia delante. Implementar sin más, con el fin de intentar descubrir y solucionar todas la casuística errónea a base de sufrirla. Muy típico también en el desarrollo de tecnología.
No puede existir luz sin oscuridad, su yin sin su yan. Pero como dice el dicho “a nadie le amarga un dulce” y menos si nos permite una existencia mejor, por lo que estamos obligados a encontrar el equilibrio.
No era mi intención dejarles dando vueltas en un bucle sin fin. Espero que en lugar de en círculos, estemos ya en una espiral que entre todos nos lleve a un punto medio óptimo.
Mientras tanto el debate está abierto y queda mucho por descubrir, para hacer apasionante el camino. Y mucho por educar e informar en el buen uso de todas estas nuevas tecnologías. En una ciudad inteligente, el uso de los gadgets smart, habrá que introducirlo en las charlas de formación como parte de la educación vial.

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