Reflexiones en torno a la violencia sobre la mujer

Lucía Rico, educadora de programas de familia en Nazaret, Alicante.

“Eliminar la violencia machista es una lucha de todos los días”

Este ha sido el mensaje de la campaña que ha lanzado el Ayuntamiento de Madrid con motivo del 25 de noviembre – Día Internacional Contra la Violencia de Género. Esta fecha siempre viene asociada a dos palabras: Mujer y Violencia y en ella se ponen de relieve graves situaciones de violencia  contra la mujer que suceden todos los días. Las cifras son alarmantes…

Los datos que nos ofrecen las diferentes organizaciones que se dedican a estudiar y analizar esta barbarie coinciden en señalar que ésta sigue siendo una de las principales lacras de nuestra sociedad. “En lo que va de año, 33 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o sus exparejas en nuestro país” y la OMS estima “que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual”.

El Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud acaba de publicar datos sobre la opinión de la juventud española sobre violencia de género, discriminación e igualdad. Entre las cifras que ofrecen y que se pueden consultar, destaca el siguiente titular: “Un 27’4% de los y las jóvenes cree que la violencia de género es una conducta normal en la pareja”. Y el 87% de la población joven considera que es  “un problema social muy grave”. Analicemos estas cifras: uno de cada cuatro jóvenes entre 15 y 29 años cree que la violencia de género es una conducta normal en el seno de una pareja. Además, tras analizar los datos del Barómetro se observa que se está produciendo una normalización de este problema entre la población joven, con las nefastas consecuencias que tiene esto para nuestra sociedad en la actualidad y también en un futuro.

Éstas son las cifras, que son siempre frías y que percibimos como lejanas. Desde nuestro trabajo, sin embargo, “ponemos rostro” a las macro-cifras que todos los años nos recuerdan los medios de comunicación y las instituciones públicas: la violencia contra la mujer en España existe y es una realidad demasiado dolorosa y aterradora como para darle la espalda y mirar hacia otro lado.

En nuestro trabajo diario desde los Programas de Familia de Nazaret nos encontramos con  mujeres de todas las edades que sufren en silencio graves situaciones de humillación, violencia y coacción en sus propios hogares.  Y cada día, las profesionales que trabajamos con ellas nos preguntamos cómo es posible que esto siga sucediendo.

Creo que  es de justicia dar voz y traer aquí los rostros de tantas y tantas mujeres que están sufriendo en silencio esta lacra y reflexionar acerca de cuáles son los modelos que estamos transmitiendo a nuestros jóvenes para que, lejos de estar cerca de acabarse, reaparezca con fuerza en generaciones jóvenes.

Nada hay más desgarrador que acompañar a una mujer que está sufriendo las consecuencias directas de tener al enemigo en casa: consecuencias físicas y psicológicas. Mujeres de todas las edades y clases sociales. Las adolescentes y las jóvenes no se libran tampoco.

Es cierto que  cuesta entender por qué  la mujer que está sufriendo no se marcha y acaba con esta tortura. Como profesionales que acompañamos a mujeres que viven estas situaciones, sólo podemos entenderlas desde la apertura y la escucha sincera y exenta de prejuicios.  Cuando en nuestros acompañamientos empezamos a detectar indicadores y señales de maltrato, sentimos rabia e impotencia a partes iguales. Nuestro trabajo con la mujer se dirige entonces a hacerla “consciente” de lo que le está pasando y cómo está afectando a su vida y a la de las personas que la rodean. Una parte fundamental  de nuestro quehacer diario pasa por “empoderarla”: hacerla sentir válida y digna de ser querida. Persona, en definitiva. Porque esto es lo primero que hace su maltratador: arrebatarle su dignidad.

Este proceso puede durar años y nosotras como profesionales pasamos por su vida durante un tiempo limitado. Seguramente nunca llegaremos a verlas salir de ahí, pero el simple hecho de haber compartido con ellas un tramo del camino puede ser fundamental para que en un futuro decidan acabar con esta relación. Cuando llegan los hijos muchas de ellas se dan cuenta de que la situación no puede continuar, que sus hijos e hijas no tienen por qué ser testigos y sufrir esta situación en su propia casa. Pero otras sufren año tras año en silencio, sin denunciar. El daño psicológico que se les inflige a estos niños y niñas que viven estas realidades es irreversible, para toda la vida. Va a marcar su personalidad y su futuro. Porque no podemos olvidar que “el agresor convierte a los menores en una herramienta para ejercer violencia y dañar a sus madres, manipulándolas, coaccionándolas, haciéndolas sufrir a través de sus hijos”.

No puedo olvidar las historias que he escuchado de boca de estas mujeres y que he vivido con ellas: el miedo, la angustia y la ansiedad ante la vuelta a casa del maltratador;  la depresión, el sentir que no valen nada y que no merecen que las quieran; la impotencia ante los golpes terribles; las enfermedades que sufren como consecuencia del maltrato  -existe un indicador basado en la pérdida de Años de Vida Saludables (AVISA) en estas mujeres, como consecuencia de la violencia de pareja-; la tristeza, las fobias y los trastornos de pánico; la imposibilidad de ocuparse de forma adecuada de sus hijos y de protegerlos… y un largo etcétera.

Por eso, en una fecha tan señalada, todos (instituciones públicas, medios de comunicación, centros escolares, familias y un largo etcétera) deberíamos hacernos una serie de preguntas: ¿Qué modelo de sociedad y qué mensajes estamos transmitiendo a nuestros niños y niñas y a nuestros jóvenes? ¿Qué modelos de “mujer” y de “hombre”? ¿Qué valor damos a las relaciones y a las personas?

Sólo desde una reflexión sincera y exenta de prejuicios y de intereses podremos construir relaciones de pareja más sanas, donde los hombres no se sitúen por encima de las mujeres y les hagan daño, donde las mujeres puedan desarrollarse plenamente como personas.

2 Comentarios

  1. Gracias Lucía. Con compañeras y profesionales como tú tengo más fuerza para seguir adelante, acompañando.

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