Reflexión postelectoral

Las recientes elecciones generales en España han vuelto a dejar un panorama político incierto. Ningún partido ha alcanzado mayoría suficiente para poder formar Gobierno: Tampoco lo permite ninguna combinación de dos partidos, salvo PP-PSOE. Es necesario un pacto de Estado que aglutine a partidos no afines o que haya una abstención que de paso al partido o coalición de partidos que tenga suficiente peso como para garantizar una cierta estabilidad. Si ninguna de estas dos posibilidades se hace efectiva tendrían de  nuevo que repetirse las elecciones.

¿Qué representa este panorama político y qué actitudes y reacciones se están dando sobre el mismo? El partido más votado representa la posición dominante en Europa, mayoritariamente conservadora. A pesar de la crisis y del fuerte aumento de la desigualdad que ha provocado, sobre todo en países como España, el nivel de renta medio de la población sigue estando muy por encima de la media mundial y a años luz de los países más pobres. Lo curioso del caso es que los países más ricos, Estados Unidos y buena parte de la Unión Europea, están entre los más endeudados. A raíz de la crisis esa deuda ha virado, reduciéndose la privada, aunque siga siendo elevada, e incrementándose la del sector público.

Ante esa situación se produce una mezcla de miedo a perder lo que se tiene. Los que no han podido mantener su ritmo de consumo anterior y consideran que no podrán alcanzarlo de nuevo, demandan un cambio, no se sabe muy bien en qué sentido, que les devuelva la esperanza de volver a sus hábitos de consumo anteriores a la crisis. Otros simplemente aspiran a poder subsistir, acceder a un empleo y poder realizar de algún modo su vocación o aspiraciones en la vida.

¿Qué dice cada partido y en qué se diferencian? El Partido Popular se define, fundamentalmente, como liberal y demócrata. El Partido Socialista como socialdemócrata. Unidos Podemos como la nueva socialdemocracia. Ciudadanos parece adoptar una postura más pragmática, sin estar muy definido se podría decir que es socioliberal. Pero, ¿qué significan de hecho esas definiciones y cómo se pueden interpretar por la mayoría de ciudadanos ajenos a la militancia en un partido y en muchos casos sin una adscripción ideológica definida?

El Partido Popular es calificado como de derechas. Con ello se le intenta atribuir todo lo que en la historia de España ha supuesto un freno o una reacción frente al cambio. La restricción de las libertades, el apoyo a los poderes fácticos (grandes empresarios, iglesia católica) y la limitación de los derechos de los trabajadores. Sin embargo, como ocurrió en la etapa de la Restauración (1874-1923), se respetan normalmente las libertades y derechos básicos, y los poderes fácticos se han hecho cada vez más globales, trascendiendo el ámbito de las naciones. El problema esencial vuelve a ser la desigualdad que deja en la cuneta a una parte significativa de la población, no tanto por la falta de recursos económicos como por la quiebra de una cultura con la que la mayoría de los ciudadanos se sientan identificados.

Al Partido Socialista, por el contrario, se le clasifica como de izquierdas. De ese modo hay una  apropiación de los hechos de la historia de España que han supuesto una ampliación de las libertades y una cierta redistribución del poder en detrimento del Capital y la Iglesia y a favor  de los trabajadores y la laicidad. No obstante, como ya ocurrió en el sexenio liberal (1868-1874), incluida la Primera República, y en la Segunda República (1931-1936), la izquierda se fragmentó cada vez más, fue incapaz de dar un vuelco que contentase a los más perjudicados  socialmente y acabó con un enfrentamiento sin salida. Dicho enfrentamiento sólo se logró resolver en el primer caso con el Pacto Canovista en la Restauración; y en el segundo, tras una Dictadura previa (1923-1930), una posterior Guerra Civil (1936-1939) y una nueva y larga Dictadura (1939-1977), con el Pacto Suarista (Pactos de la Moncloa).

El largo saldo de golpes de Estado previos a la Restauración y de guerras civiles (guerras carlistas y la Guerra Civil por antonomasia), rodeado de guerras en nuestro entorno en las que España no participó (las dos Guerras Mundiales), ha llevado a que se valore por encima de otras muchas cosas una cierta estabilidad política y social que evite un nuevo enfrentamiento civil.  Podemos ha servido para dar un cierto cauce político a un descontento social enquistado tanto entre algunos mayores decepcionados por los resultados de las políticas de los dos partidos mayoritarios, como entre una generación de jóvenes, y no ya tan jóvenes, que no ha logrado insertarse en el mercado laboral y ha quedado en una situación de marginación social. La campaña de Podemos, integrando a Izquierda Unida y reivindicando su carácter socialdemócrata, ha desconcertado a una parte significativa de su electorado.

El análisis de Podemos, que achaca que no se hayan cumplido sus expectativas a la campaña del miedo infundida por terceros, deja de lado las cuestiones fundamentales. Ha sido su propia campaña la principal causa que ha motivado sus resultados. La mezcla de prepotencia, ofrecimiento al líder del PSOE de la vicepresidencia del Gobierno, y de oportunismo, unión con los que se identifican con la tradición comunista al tiempo que reivindico ser socialdemócrata, es difícilmente asimilable para muchos. Hacer alarde de poder antes de tenerlo es simplemente un disparate y hasta éticamente reprobable. Hacer causa común con Izquierda Unida sin que ésta haya digerido su propia tradición y simultáneamente reivindicarse como portavoz de una nueva socialdemocracia es un cóctel explosivo.

En el Partido Comunista Español y más ampliamente en Izquierda Unida no hubo en su momento una renovación como la que tuvo el Partido Comunista Italiano. No se logró poner en valor la crítica de Marx a las raíces de la socialdemocracia (Crítica al Programa de Gotha), ni más cercanamente el liderazgo en el compromiso frente al franquismo, en el que tuvo un lugar destacado Comisiones Obreras, y la capacidad de llegar a acuerdos con los socialistas y los mismos franquistas (Pactos de la Moncloa). Por el contrario, Izquierda Unida ha cultivado la idea, asumida por Podemos al integrarles, del valor en sí mismo de la izquierda, como si las dos experiencias republicanas y los gobiernos del PSOE, al que pretenden hacer ahora compañero de viaje, hubiesen sido ejemplos a seguir y sirviesen de algún modo de guía y referencia en la situación actual. Una tradición comunista mal digerida combinada con una socialdemocracia desprestigiada no podía ni puede llevar muy lejos.

Ciudadanos, por su parte, ha logrado un cierto implante a escala nacional manteniéndose en una ambigüedad reivindicada como moderación centrista y realismo pragmático. Apoyándose en su rechazo al nacionalismo catalán, que concita adhesiones en el nacionalismo español, y a la corrupción y el continuismo de Rajoy, como si la corrupción y la política económica del PP fueran de su exclusiva responsabilidad, ha pescado votos en muy distintos caladeros, pero ha acabado perdiendo fuerza frente a los que critica al tiempo que apoya. Quedan por último los partidos regionalistas-nacionalistas que siguen sin plantear alternativas a escala de España pues reducen su actuación y reivindicaciones al ámbito exclusivo de su territorio.

Este panorama se produce además en un momento de crisis del proyecto europeo con la salida de Gran Bretaña, así como el avance de los partidos que rechazan el acogimiento de extranjeros y una elevada deuda exterior en varios países de la Unión Europea. ¿Qué cabe esperar?

Puede esperarse que haya unos acuerdos mínimos en torno al PP que garanticen una cierta estabilidad del Gobierno. Eso permitiría negociar la senda de cumplimiento de los compromisos contraídos a escala europea, que se concretan fundamentalmente en la reducción del déficit público y derivadamente de la deuda pública. Dicho ajuste exige una estructura de ingresos y gastos publicos que reduciendo el déficit sea capaz de mantener los servicios y prestaciones sociales básicas, incluidas las pensiones. Junto al ajuste de las cuentas públicas el otro gran reto es una reforma de la estructura político-administrativa. Ésta debe respetar y fomentar la diversidad cultural y la autonomía de los distintos niveles administrativos, evitando que las decisiones estrictamente administrativas sean potestad de los cargos políticos, principal caldo de cultivo de la corrupción.

Convendría ir más allá, pero eso parece imposible mientras la acción política siga polarizada en el debate público-privado (Estado-mercado). Se requiere una sociedad civil fuerte, basada en intereses comunitarios y valores compartidos, que oriente la acción del Estado y evite la mercantilización de la mayor parte de las relaciones sociales. Eso, a su vez, requeriría un cambio de actitud y mentalidad. De la creencia en el poder omnímodo del hombre y en su capacidad ilimitada para dominar la naturaleza mediante el progreso científico técnico habría que pasar a una actitud más humilde y contemplativa, abierta a los “otros” y que ponga la ciencia y la técnica al servicio de los más necesitados en vez de ser por encima de todo objeto de negocio.

2 Comentarios

  1. Una reflexión muy interesante.
    Efectivamente, la situación en nuestro país no es tan diferente de la que se da en otros países europeos. Estamos en un momento de gran desafección política, incluso me atrevería a decir que tal vez estemos en lo que podría ser una crisis de legitimidad del sistema político. Por ello, es necesario -como se sugiere- superar determinadas polarizaciones como público/privado, e incluso la esquematización derecha/izquierda y buscar aquello que es realmente nuclear para la convivencia de nuestras sociedades, sin olvidar ni a los “otros”, ni a nuestro entorno medioambiental.

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here