Frente a los que consideran la red como un instrumento, como un medio o como una herramienta al servicio de algo, va creciendo la comprensión del mundo digital como un espacio habitado en el que las personas se relacionan, se comunican y transmiten también su visión del mundo. Ciertamente, el internet que empezó, el de las páginas web con personas pegadas a pantallas de ordenador, no es exactamente el mismo en el que hoy vivimos, ni tiene dimensiones parecidas. La red, verdaderamente red de relación e intercambio, donación y acogida con las redes sociales, ya no es un fenómeno aislado sino un mundo que vamos construyendo a diario. El mundo digital forma parte de la vida y, a su vez, expresa la vida.

Las personas no están, sin embargo, de manera uniforme en él. El hábitat nos condiciona, como nos condicionan las redes que elijamos. No es indiferente, no puede serlo, no podemos vivir ni estar como si diera igual y no supiéramos.

1.    No es lo mismo estar en Instagram, que se mueve a través de imágenes, que estar en Twitter, que tener un Blog, o formar parte de la nueva comunidad efímera de Snapchat. De alguna manera, la lucha entre la imagen y la palabra, entre el fogonazo y la reflexión está detrás de todo esto. ¿Cómo afecta todo esto a nuestra forma de expresión, a nuestra capacidad reflexiva, a nuestra capacidad para hacer lecturas y propuestas de futuro?

2.    No es indiferencia saber que estamos y, por el hecho de estar, ser visibles para otros, que tener que mantener nuestra presencia a golpe de palabras, de imágenes, de algo propio o de algo ajeno. Por decirlo así, la red lanza una pregunta sobre la responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos. No se trata de estar por estar, ni siquiera en el mundo. Hay que vivir y vivirse. ¿Nos puede ayudar la red a aprender más sobre esto?

3.    No es indiferente a nuestra forma de relacionarnos la pasividad de quien espera que alguien le diga algo, a la actitud dialogante de quien inicia relación, provoca intercambio, dialoga en público o en privado. Se puede estar, efectivamente, sin hacer nada de nada, como quien mira siempre todo desde la ventana. O se puede estar saliendo al encuentro, deseando formar parte de, tener parte con. Se puede estar cómodamente, apaciblemente, siempre dando vueltas sobre lo mismo una y otra vez en medio del confort de lo conocido, o se puede estar incómodamente, como tantas veces toca vivir sin elegir. Se puede estar seleccionando y controlando lo que nos llega, como quien abre la puerta solo a quien desea, o darse un paseo para palpar cómo anda el patio. ¿No es maravilloso plantearse esto?

4.    No es indiferente a nuestra vida que estemos en un entorno que permita la memoria, que nos ayude a almacenar esa vida y gestionar esas relaciones con orden, a otro de caducidad estructural en el que todo se borra a las horas y dura poco menos que un instante. Temo por los jóvenes, encerrados en su Snapchat tan intimista, tan fugaz, tan poco sólido, tan despegado, tan irresponsable. ¿De qué modo construiremos así historias, buscaremos el sentido profundo de la realidad, o traspasaremos el tupido velo de los meros fenómenos e informaciones de cada día? ¿Se puede disfrutar la vida viviendo en un carpe diem continuo, carente de pasado y al que se le roba el deseo del futuro?

5.    No es indiferente, porque no puede serlo, que vivamos favoreciendo nuestro desarrollo y crecimiento a través de conexiones débiles y numerosas, en lugar de buscar y propiciar la pertenencia a comunidades fuertes, con vínculos que implican y nos responsabilizan los unos de los otros. Esto siempre se ha planteado como una debilidad de la red, que temo que debe ser corregida. En  la red se favorece la amistad, se fortalece incluso. La intimidad compartida es también un regalo, pero de qué modo aprendemos a hacerlo. ¿Se hace hueco destruyendo lo público, lo común?

6.    No es indiferente, y no puede serlo, dar la cara de forma personal y comprometida, y compartir la vida de este modo buscando ser auténticos y seguir adelante con confianza, que participar de forma anónima, velada o escondida detrás de nuestro ideal, nuestros deseos, nuestras fantasías, o gestionando una marca. Y debemos planteárnoslo seriamente, si no lo hemos hecho ya. Además, con la pregunta, nada fácil, de cómo ser auténticos, cuando sabemos que somos también débiles y frágiles.

7.    No es indiferente a nuestra propia vida actuar o no actuar, salir al paso de lo que todos hablan, o decir aquello de lo que nadie habla para desvelarlo, hacerlo interrogante, seguir cuestionando, aportar un quizá distinto. Aunque parezca que se habla mucho, y de eso tenemos sobrada experiencia, se puede estar sin decir nada, sin dejar huella. O lo que es peor, charlar y charlar para ocultar y entretener permanentemente. Igual que se puede saber decir, o se puede saber callar. En las redes, las palabras tienen fuerza renovada y comprometida. A través de las palabras adecuadas se crean comunidades, se genera comunión.

8.    No es indiferente que vivamos hablando más que escuchando, pendientes de nosotros mismos más que de los demás, practicar el interés y los detalles, o el desinterés y la indiferencia. No es indiferente formar parte de comunidades cerradas e ideologizadas, dominadas con espíritus regios, que ejercer las propias libertades creciendo en relación, en apertura, en tejido social, en comunión. Ninguna de todas estas cosas resulta ser inocua.

No sé si toca elegir estar o no estar. Para algunas personas no es una opción, precisamente por amor a la sociedad. Si no se está bien, si no se habla bien, si no se relaciona bien, si no se construye bien, seremos responsables de algunas ausencias irreparables. Y esto es delicado.

Lo que toca es replantearse dónde y cómo. Sobre todo para quién. Porque creo que en toda la red, a borbotones y por doquier, hay personas que se hacen preguntas, hay personas que están en plena búsqueda, hay personas que conocen algo de lo eterno y del bien, porque lo llevan dentro, y están deseando encontrarse de bruces con alguien.