Redes sociales al servicio de la sociedad de masas

Nadie está libre, ni del impacto de la tecnología ni de verse a sí mismo envuelto en una masa ideológica, en una sociedad de masas. Da igual su procedencia e incluso nivel cultural, como ya hemos constatado en el siglo XX. Son dos fenómenos sociales que, inaugurando el milenio, se dan la mano. Un auténtico “campo de batalla” ideológico en el que triunfar legitima una opción y, más peligroso aún, genera un odio al contrario al que silencia y oculta. Si no estás aquí, no existes. Pero en la red estar y ser prudente no genera una comunidad fuerte; lo más definido, es decir lo que más fronteras y límites claro tiene, crea más revolución a su paso.

Este fin de semana hemos visto imágenes y vídeos, leído mensajes y noticias (titulares normalmente), escuchado testimonios de todo tipo. Cualquier persona, móvil en mano, se convertía en reportero de lo que iba pasando en su pequeño campo visual. Y esa situación se recibía en internet generalizándola a todo el conjunto de pequeñas situaciones y escenarios. Es más, servía en su exceso al juicio de las intenciones del otro. Imágenes, puras imágenes y contenidos audiovisuales ante las que somos poco críticos, poco diversos y me atrevería a decir, con una palabra bien necesaria, poco demócratas.

Toda política es digital

Las redes sociales abren esa ágora pública, en la que nos reunimos en pequeños guetos para hablar con los propios. Como en esos pueblos castellanos con dos bares en la plaza; sabemos dónde entrará cada uno. Espacios dominados por unas ideas, no por pensamientos ni para ejercer la racionalidad. La política hoy no puede prescindir de las redes sociales porque en ellas se generan los relatos dominantes. Se cubren de racionalidad las acciones irracionales, se impide, porque de eso se trata en el fondo, un auténtico diálogo y la búsqueda de la verdad a golpe de mensajes en 140 caracteres (todavía) o comentarios disruptivos, ágiles y bien-sonantes.

En la construcción de estos relatos todo vale. Fotografías de todo tipo, que impacten rápidamente con un buen titular, y movilicen a la gente. Movilizar aquí significa varias cosas: conseguir una adhesión a una causa, asimilar a la masa y al conjunto, desindividualizar un individuo para que forme parte de un grupo, tomar posesión del espacio público en favor de una parte (es decir, un partido o conjunto de partidos). Las redes sociales son capaces de esto, y más. Con estrategias bien definidas: hacer más visible una etiqueta por encima de otras, conseguir que aparezca en relevantes, favorecer su difusión rápida contando en un primer momento con una fuerte red de apoyos para incentivar su valor por parte de los algoritmos.

Insisto en que, en la construcción de un relato, se habla siempre a las masas e importa poco tanto la verdad como la solución al conflicto. Justifica perspectivas, sin ánimo de mirar más allá. En las masas de Ortega el pensamiento se sustituye por la emoción y el impulso irreflexivo, y el individuo cede ante el sentimiento de pertenencia.

Pensamiento digital, pero crítico

La velocidad y esa necesidad creada de estar “al momento” informado de lo que va pasando impide la serenidad y la distancia, hermanas del pensamiento crítico. A mayor frenesí y cantidad de impactos, menos capacidad de reflexión. Dudo mucho que se pueda dar marcha atrás; si acaso aprender a poner filtros en las redes sobre ciertos contenidos, más que sobre las personas.

Tocamos muchas veces, ante estos conflictos y debates, el asunto de la libertad de expresión. Pero pocas nos exigimos la obligación de reflexionar antes de hablar, crear un juicio, o ser moderados a la hora de dialogar con otros, escuchando antes de tomar la palabra de cualquier modo, sin responsabilidad alguna con ella. Pareciera que cualquiera puede hablar por sí mismo, aunque lo que esté haciendo sea repetir ideas de otros sin haberlas examinado convenientemente.

Tres factores, a mi entender, definen hoy el pensamiento crítico en la era digital:

  1. La capacidad de recibir opiniones divergentes sin romper el diálogo. Lo sitúo en este orden porque hoy, cualquiera y de forma sistemática, puede suspender y dejar de escuchar opiniones que discrepen con la suya. Bloquear, silenciar, eliminar. Lo interesante sería recibirlas, no en un Time-Line alocado que se renueva constantemente, sino en el contexto de la interacción y del diálogo. Pero Twitter, como ya he dicho otras veces, ha perdido esa capacidad de llegar al diferente y mantener una conversación seria hasta el final, sin injerencias.
  2. Hacer un consumo responsable y equilibrado. El consumo permanente y sin límites de noticias en las redes sociales exalta y radicaliza. Focaliza la atención exclusivamente en el problema y va progresivamente agrandando las cuestiones, fagocitando a quien se abraza a ellas sin moderación. Un consumo que consolida posturas y cosifica personas y situaciones. Frente a esto, determinarse a no encender hogueras y elegir con prudencia.
  3. Y, por último, no convertirse en transmisores fáciles. El pensamiento crítico también nos coloca en una cierta distancia, que ha aprendido a dudar razonablemente y no participar a la ligera como uno más. Pensamiento crítico que significa la propia individualización, la recuperación de esa personalidad con la que nacemos y que vamos perdiendo a medida que crecemos en medio de una cultura, tradición y, hoy, masa de gente sin nombre. Abandono, por supuesto, del anonimato y responsabilidad con uno mismo, con nombre y apellidos.
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