La Red que nunca fue, que no es, que nunca será

Catrinas: La Red que nunca fue, que no es, que no será
El recuerdo de los que no están.

Reflexionamos en torno a esas historias que jamás serán contadas, que nunca estarán a disposición de los demás, y trasladamos nuestra reflexión al espacio de Internet y nos planteamos esa Red que nunca fue, que no es, que nunca será. ¿Reflexionas con nosotros?


Son tantas las ocasiones en las que damos tan por sentadas tantas cosas, que si por un instante hiciéramos el intento de imaginar cómo es —o sería— el mundo si no actuásemos de ese modo, tal vez nos sorprenderían las alternativas que esa otra realidad, que tan invisible es ante nosotros, pone ante nuestros ciegos ojos.

Reconozco haber realizado este ejercicio en más de una ocasión y, siempre, he acabado concluyendo que nuestra cerrazón y, también en parte, la deriva en la que todos nos encontramos, ese ritmo frenético que nos rodea por todas partes y que parece llevarnos en volandas hacia adelante sin permitirnos mirar siquiera hacia nuestro lado, nos impiden disfrutar de otras historias distintas a las que diariamente escuchamos o leemos.

Intento aquí trasladar esto a Internet, procurando imaginar la Red que nunca fue, la que, por mucha información que ponga ante nosotros, no es y que, lamentablemente, nunca será.

Pienso entonces en esa multitud de experiencias de superación que jamás tendrán unos oyentes a los que sorprender y cuyo ejemplo serviría de motivación para tantos.

Esas vidas que habrán sido dignas de ser vividas por personas completamente anónimas y que tristemente solo habrán pasado el escrutinio de los más allegados.

Historias con capacidad de aleccionamiento, al igual que tantas otras que ya conocemos o que, al menos, intuimos que están por ahí a la espera de que alguien dé con ellas, pero sin esa suerte de ser descubiertas, bien por una cuestión simplemente geográfica o de oportunidad o bien porque, como ya hemos comentado antes, la vorágine en la que estamos inmersos nos hace pasar de lado sin ni siquiera atisbar una pizca de su grandeza.

Y todas ellas son ramas de un árbol que acabarán muriendo, ya que no tendrán la posibilidad de escindirse en nuevos brotes que continúen con su legado.

Me viene aquí a la cabeza uno de los mensajes que la maravillosa película Coco pretende trasladar: que caer en el olvido es igual a no haber existido jamás, y que el recuerdo permite vivir eternamente, aunque se esté muerto.

Con las historias ocurre igual. Son como seres que, mientras están en boca o en la mente de los demás, consiguen extender su vida. Ejemplos tenemos multitud, afortunadamente gracias a la labor de escritores, pintores, escultores, etc., que con sus obras han permitido hacer inmortales tantísimas historias.

Pero, ¿cómo poder abarcarlas todas? ¿cómo ser capaces de alcanzar todas esas vidas y, aunque posteriormente se elijiesen cuáles serían merecedoras de ser contadas, finalmente hacerlas llegar a los demás?

Esta situación genera ansiedad. Me recuerda al dilema del lector voraz, quien no posee el tiempo suficiente para leer todo lo que desearía.

Internet es un espacio tan amplio, permite almacenar tanto siendo esa suerte de repositorio global, que puede sorprender que no todo esté contenido en su universo. Pero rápidamente nos damos cuenta que el fallo no está tanto en la plataforma como en sus usuarios, y no es esta una acusación hacia nosotros mismos, sino el reconocimiento de una propia finitud que nos impide llegar a todo.

Somos finitos, estamos limitados por tantísimos factores, pero especialmente por el tiempo —el espacio, con el paso de los años y los avances tecnológicos, hemos conseguido reducirlo— que, por más empeño que pongamos, jamás podremos ser conocedores de todo, ni en un momento dado, ni en un periodo extenso.

Y esas historias anónimas seguirán dándose sin nadie que dé parte de ellas, pasando por este mundo habiendo sido vividas sin la más mínima posibilidad de extender los posos de su recuerdo en la memoria de la humanidad.

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