Por Andrés García Inda. Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza.

El sábado 30 de abril Daniel Berrigan fallecía en la residencia jesuita de la Universidad de Fordham, en el Bronx neoyorkino. Le faltaban pocos días para cumplir 95 años, una vida larga, intensa y en ocasiones algo novelesca dedicada a luchar de modo noviolento contra la guerra y a profundizar en el significado de esa lucha. Todo ello le llevó a viajar a Hanoi en plena guerra de Vietnam, al “destierro” eclesial en América Latina, a la desobediencia civil, a la clandestinidad (fue uno de los diez hombres más buscados por el FBI) y la cárcel, a la vez que escribía y publicaba poesía, ensayo, memorias… hasta convertirse en uno de los iconos de la noviolencia y el movimiento por la paz.

Berrigan nació el 9 de mayo de 1921, el penúltimo de seis hermanos de una familia de emigrantes irlandeses y alemanes, granjeros pobres reconvertidos en trabajadores del ferrocarril o la construcción, en las duras condiciones de la crisis del 29. Y allí, en la familia, en una pequeña granja de Syracuse, vivió una infancia feliz en la que con su madre aprendió el gusto por la lectura y la práctica cotidiana de la misericordia.

A los 18 años entró en la Compañía de Jesús y, desde el principio, se enamoró profundamente de la austeridad de la vida religiosa y el espíritu jesuítico. A pesar de las enormes dificultades y conflictos que en ocasiones viviría luego con sus superiores, nunca cuestionó su pertenencia a la Iglesia y su vocación jesuítica.

En los años 50 viajó a Francia, donde conoció de primera mano la experiencia de los curas obreros, y a su vuelta a los Estados Unidos comenzó trabajando en la enseñanza. Y empezó a escribir y publicar. Su primer libro de poemas, Time Without Number, ganaría el prestigioso premio Lamont de poesía. Pero la palabra poética era solo una puerta hacia una realidad más amplia, a la que llegaría de la mano de personas muy importantes en su camino: De Dorothy Day, por ejemplo, aprendería que no hay misericordia sin justicia y que la máxima injusticia del mundo moderno es la guerra; con Thomas Merton comenzaría a plantearse “preguntas que las cabezas ungidas nunca hacen, en la Iglesia o el Estado: la naturaleza de la fe, el negocio secular del mundo, otras culturas y religiones, la música, la poesía, la fotografía; y la guerra, la guerra, la guerra, la Bomba, el mundo convirtiéndose en un osario grotesco”; y de su hermano pequeño Philip, por supuesto, aprendería el compromiso activo, práctico, radical, insobornable, contra el racismo, la violencia y la guerra.

berriganY así, con Philip, que entonces también era sacerdote, y otros siete amigos más, acabaría prendiendo fuego a unos centenares de archivos de la Oficina de Reclutamiento de Catonsville para protestar contra la guerra del Vietnam. Era sólo una acción más en el marco de un compromiso mucho más amplio animando y participando en el movimiento pacifista, pero la acción deLos Nueve de Catonsville supondría un auténtico revulsivo en el seno de dicho movimiento y, por supuesto, de la comunidad católica. Luego vendría el juicio y la opinión pública, la clandestinidad, la cárcel… y nuevas acciones de protesta contra la guerra y la carrera de armamentos, los conflictos en América Latina y en Oriente Medio, más juicios, más condenas… En todos esos años, la acción no iría nunca desligada de la reflexión y la oración y encontraría su cauce en la Jonah House que fundarían su hermano Philip y Elizabeth McAlister, o en el movimiento Plowshares, en una vida dedicada íntegramente a la resistencia noviolenta. ¿Qué podemos aprender de esa vida?

  • En primer lugar, quizás, que la noviolencia no elude el conflicto; al contrario, más bien lo exige: conflicto con los poderes del mundo que mantienen la apariencia del orden mediante la amenaza y la violencia (la de Daniel Berrigan fue sin duda una vida conflictiva en la familia, en la sociedad norteamericana, en la Iglesia y en la Compañía de Jesús). Y conflicto personal interior, con nuestros propios poderes porque, en la estela del mensaje de Gandhi (tan presente en el legado de los Berrigan), la paz exterior no es separable de la paz interior y como decía Henri Nouwen, antes de empezar en el campo de batalla, la guerra ha empezado en nuestras mentes, o en nuestro trabajo, o en nuestras casas…
  • Que la noviolencia no puede ser una forma de escapar o de protegerse, sino de “exponerse”; no es una respuesta sino una pregunta, es decir, una forma de búsqueda, pero no de cualquier modo ni a cualquier precio, de la verdad —aunque esa palabra para algunos hayan perdido todo su sentido. “Ser cristiano —dice el teólogo Stanley Hauerwas— significa que tú nunca puedes protegerte de la verdad”. La paz (también como en Gandhi o Martin Luther King) no es ajena a la búsqueda de la verdad.
  • Que no hay paz sin justicia. Hace unos años, le preguntamos a Daniel en una entrevista para la revista El Ciervo qué entendía por la paz, cómo la definiría: “llamémosla una atmósfera del yo y un logro —decía—; y es compleja y es muy simple, y quiere decir que hay suficiente para todos pero no cuando se está en guerra”.
  • Que la lucha contra la guerra, por eso mismo, no puede deslindarse de la defensa de la vida en todas sus manifestaciones: la naturaleza, la cultura… Esa oposición pacífica a la cultura de la muerte llevó a Daniel Berrigan a oponerse públicamente no sólo a la guerra y al militarismo, sino también a la pena de muerte y al aborto.
  • O también, que sin perjuicio del compromiso individual, la noviolencia es una apuesta esencialmente comunitaria: que se ejerce en comunidad y construye comunidad.

“Todavía estamos en guerra”, nos decía Daniel Berrigan en 2010. Y es una triste verdad también hoy. Nuestro mundo sigue inundado de conflictos de diferentes escalas que no paran de generar sufrimiento y muerte. Todo queda por hacer, casi nada ha cambiado, y el “No matarás” sigue conservando todo su sentido como imperativo básico. En ese contexto, al contemplar hoy el recuerdo de Daniel Berrigan, presente en sus amigos, en sus libros y en la memoria de su vida, uno podría estar tentado de pensar que todo ha sido en vano. Pero Berrigan no vivió así su vida simplemente porque fuera a ser eficaz (aunque indudablemente le hubiera gustado serlo mucho más), sino porque esa era su vida: “Hice lo que me sentí llamado a hacer, pero tuve que permanecer indiferente al resultado. (…) el resultado no está en mi mano, lo que sí está en mi mano es la integridad de la acción”.

Hacer de la acción la vida —nuestra vida— y resistir y caminar tantas millas como sea posible: por la vida, por los niños, por el pan. “Porque la causa es el latido del corazón / y los niños nacidos / y el pan resucitado”.


Fotografías del autor, con Daniel Berrigan en la residencia jesuita de Fordham, Nueva York.