Reacción, conservación y opción por los pobres

Hace unos días publiqué un post titulado El riesgo reaccionario en la opción por los pobres. Al pie de ese post, Xavier Casanovas, director de Cristianisme i Justícia, escribió un interesante comentario. Puede verse además la reflexión de fin de año del centro: El peligroso resurgir del autoritarismo: relatos alternativos ante la crisis del orden liberal.

Al día siguiente, Agustín Ortega publicó aquí mismo un post a propósito del mío: Cambio global, opción por los pobres y Ellacuría.

Este post es parte de una suerte de “respuesta” a ambos. En realidad no es una respuesta en sentido propio. Como los dos comentarios anteriores, constituye una asociación libre de ideas a partir de textos, intentando acertar mejor con una acción política que refleje la opción cristiana por los pobres.

Reaccionario y conservador

Estas son dos palabras que usé en mi post original, donde estaban estrechamente relacionadas, y que ambos comentaristas mencionaron. Como son etiquetas, su significado depende de cómo se definan. En mi post significaban esto:

Reaccionario es quien se opone o pretende detener una revolución histórica en curso. A mi modo de ver, ahora está ocurriendo una revolución tecnológica; creo que podemos acostumbrarnos a que va a ser una revolución continua y autoacelerada, o sea, que no dará lugar a un nuevo estado de cosas sino a un cambio permanente del estado de cosas.

Hay algunos aspectos básicos de esa revolución que deben incorporarse a nuestro análisis de la realidad:

  1. Con la tecnología, cambian los modos de producción material, los modos de producción intangibles, y la comunicación, entre otras cosas. Y con ellos toda la vida social, porque los cambios tecnológicos dan y quitan ventajas en las diferentes competencias económicas y políticas que esa vida incluye.
  2. Los cambios tecnológicos son básicamente irreversibles. Es muy difícil “desinventar” algo que ya se haya inventado. Y para no que no se produzca algo inventado que dé alguna ventaja competitiva, hace falta un nivel muy alto de acuerdo y coordinación política global. Que le pregunten a Kim Jong-Un si piensa seguir haciendo bombas atómicas.
  3. Los cambios tecnológicos no suponen necesariamente ninguna forma de progreso. No son por sí “bienes civilizatorios”. Mal usados, pueden resultar desastrosos: destruir comunidades, la Humanidad, la Naturaleza. En algunos casos, como las mencionadas bombas atómicas, es difícil pensar algún uso que no sea malo. Pero son hechos; pretender que no ocurren es inútil. Habrá camiones sin conductor.
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Lo que se puede pretender es controlarlos, de forma que se produzcan y usen en la medida en que sirvan a propósitos humanos legítimos (por ejemplo, la creación de oportunidades para todos). Eso requiere acuerdos para que producirlos o usarlos de otra manera no sea posible y/o no otorgue ventaja competitiva. Tales acuerdos deben ser del mismo alcance que las competencias en que las respectivas tecnologías dan ventaja. Puesto que una buena parte de esas competencias son globales, se requieren acuerdos políticos globales.

El principal enemigo de la posibilidad de alcanzar y hacer efectivos esos acuerdos es la soberanía nacional, entendida en el sentido clásico de que un Estado no puede ser obligado a participar en un acuerdo internacional que no considere de su interés (o sea del interés de sus gobernantes, comoquiera que este se forme). La globalización política, con el correspondiente traspaso de las soberanías nacionales a niveles superiores, parece un horizonte evidente de la acción política cristiana, si pretendemos cualquier control humanizador sobre las tecnologías (y sobre la competencia económica).

Ahí entra el sentido en que utilizaba la palabra conservador en mi post pasado. Me refería estrictamente a los conservadores del ámbito nacional de las competencias económicas y políticas, regulado por un Estado nacional soberano. Es la tentación de los nacionalistas de todo color, que en este momento superabundan. Hay dos razones por las que esa tentación puede afectar a quienes están sinceramente por la “opción por los pobres”:

  1. Si miras a los pobres que tienes cerca, puedes considerar que su situación era mejor con el “Estado de bienestar” nacional. La retirada más o menos parcial de ese Estado y la apertura a la competencia económica global, han creado situaciones dramáticas para mucha gente cercana. Han subvertido modos de vida que ya eran precarios en muchos casos, o que han pasado a serlo en las nuevas condiciones competitivas.
  2. Si miras a tu capacidad de acción política a favor de los pobres, resulta que la inmensa mayoría de nuestros instrumentos y esfuerzos están orientados hacia el Estado nacional y sus subdivisiones. Eso puede constituir un ejemplo de realismo, porque al fin las políticas públicas se siguen definiendo en esos niveles. Pero también puede constituir un caso de no-realismo, si omitimos que precisamente porque son definidas allí, no alcanzan a regular las competencias globales, que tanto afectan a los pobres. Es decir, si deseamos que tales decisiones sigan siendo tomadas a nivel nacional, autonómico, local…, porque ahí es donde nos sabemos desenvolver.
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Las tentaciones reaccionaria frente a la revolución tecnológica y conservadora del Estado nacional de bienestar, pueden así resultar juntas de una cierta comprensión de la opción por los pobres. La que, mirando sobre todo a los perdedores y excluidos de las actuales competencias, considera que los pobres, y el mundo en general, estaban mejor en algún pasado que nos simpatice más que el presente.

Da igual si lo estaban o no; a las condiciones competitivas de entonces no vamos a volver.

Por cierto que esas tentaciones de la opción por los pobres no son necesarias. Constituyen solo una manera políticamente equivocada de abordar la situación actual. Y ni siquiera “políticamente equivocada” en todas las escalas. Quizá tácticamente lo mejor que quepa hacer en un momento dado sea exigir al Estado nacional esto o lo otro, o tratar de impedir que los vehículos sin conductor dejen sin empleo a camioneros, taxistas y maquinistas. Pero eso solo puede ralentizar localmente los procesos en curso de las competencias globales, salvo que todos los países hagan lo mismo por su propio interés soberano (el de sus gobernantes) al mismo tiempo.

Si queremos que las competencias globales sean ordenadas un poco mejor al interés de los pobres y de la Humanidad en general, la globalización política es una línea estratégica obvia.

Cabe plantearse la pregunta que hace Xavi en su comentario: “si la globalización trae mejoras y beneficios para los que estaban peor a costa de los que están mejor, estos últimos (es decir, nosotros) ¿la permitirán?”. Claro que no. Precisamente por eso la vuelta a los nacionalismos, porque la situación actual (competencia económica global y Estados nacionales soberanos) es ideal para los ganadores en las competencias económicas. No existe ningún instrumento político eficaz que les obligue a cortarse un poco en su acción para maximizar las ganancias. Ningún instrumento redistributivo eficaz a escala global. Imposible la unificación fiscal. Los Estados nacionales compiten entre sí por atraer los capitales, las empresas, los investigadores y trabajadores mejor cualificados, etc., ofreciéndoles “mejores condiciones para instalarse” que el vecino. Eso es la soberanía nacional: hacer lo que más me convenga para ganar en la competencia con otros Estados.

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Ante ese desajuste entre ámbito económico y ámbito político, más aún en un contexto de rápida incorporación de tecnología a la producción, sería un grave error desde la opción por los pobres buscar el ajuste reduciendo la competencia económica a lo nacional (revertir la globalización económica) en vez de extender el ámbito político a lo global (empujar la globalización política, a costa de las soberanías nacionales). Ese era el punto de mi artículo; pienso que la tentación es real en algunos casos de personas y grupos vitalmente comprometidos con la opción por los pobres.

¿Es intrínsecamente inmoral el capitalismo?

Esa expresión la usa Agustín Ortega en su post, citando a Ellacuría, y explica claramente el sentido ético-antropológico en que lo dice. La misma idea no está en el comentario de Xavi Casanovas, sino que desde otro punto de vista habla “de dualizacion social y de una civilización insostenible”, y se pregunta “¿No es pues momento de ‘repensarlo todo’? ¿Sobre todo en el terreno de lo económico?”.

Son dos cuestiones muy distintas, aunque ambas supongan una impugnación de fondo del sistema en que vivimos. También en ambos casos la línea que sugieren es la de un reemplazo civilizacional completo. Aunque encontramos el tema muy sugerente, no podemos alargar este post más abusando de la paciencia del lector. Así que le emplazamos para un próximo post nuestro aquí mismo en que trataremos de examinarlo a partir de un esquema que presentamos no hace mucho tiempo.


Imagen: redeco.com.ar

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