¿Hay razones para la esperanza?

Prácticamente todos los días nos despertamos con noticias que hacen referencia a las graves condiciones de vida de miles de personas en nuestro país. La situación económica actual y los paulatinos recortes que se han ido haciendo en el estado de bienestar, son causa directa de estas problemáticas. La globalización y la primacía del pensamiento neoliberal, caracterizado por “el individualismo, la libertad de mercado y el estado mínimo” (Cuaderno Cristianisme i Justícia 203, “Cómo pensar el cambio hoy”, marzo 2017) nos abocan a un mundo polarizado y donde las desigualdades están a la orden del día: “España es el primer país de la UE en pobreza infantil, según Unicef”. (Huffington Post, 13/04/2017). “La pobreza cuadriplica el riesgo de muerte prematura”. (El País, 14/03/2017). “Las condiciones adversas causan menos conexiones neuronales en los niños”. (El País, 09/02/2017).

Noticias como éstas nos sitúan en la cruda realidad de la pobreza actual y nos convierten en observadores perplejos y escandalizados frente a ellas. Son portada de periódicos e informativos un día, pero luego se pierden entre los cientos de noticias que diariamente nos llegan. Y poco a poco, vamos instalándonos en una especie de conformismo pesimista que es desalentador, porque nos lleva a la desesperanza y la inacción: cuando nos damos cuenta de que vivimos en la “sociedad de la exclusión”, puesto que cada día más personas quedan relegadas a vivir al margen, y que no podemos hacer nada para cambiar esta realidad.

Porque ya no hablamos solamente de condiciones de vida duras, además, tenemos constancia de que esas situaciones generan desigualdades que van más allá y condicionan el futuro de miles de niños que nacen en el seno de familias que carecen de lo básico para salir adelante. La pobreza es para ellos, realmente, una condena. Para los y las profesionales que trabajamos diariamente con personas y familias que sufren las consecuencias de la crisis, ellas son el rostro de la pobreza en nuestro país.

En el día a día de mi trabajo me encuentro de frente con situaciones personales y familiares que son fiel reflejo de las consecuencias de la actual situación económica: son la realidad de las noticias que leemos en la prensa y de las estadísticas huecas que se empeñan en repetirnos sin ponerles cara ni corazón. Y en este artículo me gustaría presentaros a una de estas familias.

Integrada por cinco personas, dos adultos y tres niños menores de edad. Inmigrantes, establecidos en nuestro país desde antes de la crisis. Con un trabajo estable, su documentación en regla. Compraron una vivienda en un barrio humilde, por lo tanto a su alcance, con un préstamo que pudieron pagar con los ingresos que tenían en ese momento. Ingresos que les permitían llevar una vida holgada y dar a sus hijos todo lo que necesitaban, incluso permitirse ciertos caprichos. Podían viajar todos los años a su país para visitar a sus familiares. Con formación y conocimiento de varios idiomas, habían encontrado en España un país que les acogió y donde ofrecer un futuro a sus hijos, para que crecieran felices.

Hasta que llegó la crisis. La empresa en la que ambos trabajaban con un contrato indefinido cerró y se quedaron en el paro. Lucharon por encontrar trabajo y salían a buscarlo con esperanza. Sus días estaban centrados en la búsqueda de empleo: currículums, visitar empresas, consultar internet en busca de ofertas de trabajo, hablar con amigos y conocidos… Hasta que se agotaron sus prestaciones sociales y llegó la desilusión y la desesperanza. Poco a poco se fueron desanimando cuando vieron que no había nada que hacer, que era más difícil de lo que en un primer momento pensaban.

Y su situación personal y familiar se fue deteriorando a pasos agigantados: sin ingresos mínimos, apenas si podían hacer frente a los gastos de luz y agua. Tuvieron que recurrir a los Servicios Sociales para que les hicieran alguna ayuda puntual y mínima –en España no hay otros recursos-. Ya no podían comprar productos de primera necesidad (carne, pescado, leche, frutas y verduras). Y empezaron a escuchar de boca de sus hijos que tenían hambre: “tengo una cosa en el estómago que me da vueltas y aunque yo quiero estudiar y hacer los deberes, no me puedo concentrar”, dijo un día a la madre el mayor de los niños. Y empezaron a pasar frío en invierno, a no poder comprar ropa y calzado para los niños, ni material escolar, ni libros para el cole. Sus hijos ya no podían participar en las excursiones.

Y la madre encontró un trabajo: de limpieza y compañía a una persona mayor. Sin contrato ni ningún tipo de seguridad social. Y cobrando 200 €/. Y el padre sigue buscando trabajo. Sin suerte. Haciendo “trabajos esporádicos”. Malviviendo. Intentando dar a sus hijos una formación y una vida digna.

Hoy siguen viviendo al día, con muchos problemas pero siempre confiando en un futuro mejor.

Y de repente, un día me encuentro en la prensa un libro “Utopía para realistas” del pensador Rutger Bregman. Y pienso que tal vez haya esperanza y podamos hacer algo por estos niños. Por un futuro mejor.

Lucía Rico, educadora de Programas de Familia

Nazaret, Alicante

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