Coincide este año 2016 el inicio de las fiestas de San Fermín –ayer con el chupinazo– con el final del mes de Ramadán, que también se celebró ayer día 6 de julio. Aunque es una mera coincidencia casual, me propongo reflexionar acerca de este doble acontecimiento. Ya sé que a muchos lectores les resultará extraño, pues asociamos los sanfermines al jolgorio desenfrenado y el Ramadán al ayuno que refrena las pasiones. Pero la cosa tiene más miga de lo que parece.

Lo primero que hay que aclarar es que el Ramadán musulmán se parece más a nuestra Navidad cristiana que a la Cuaresma. Es cierto que se trata de un tiempo dominado por el ayuno de carácter penitencial, y en ese sentido se parece a la Cuaresma. Pero también es cierto, sobre todo en los  países de mayoría musulmana, que el Ramadán es la fiesta de la familia, del barrio, del encuentro, de las comidas compartidas: a diario, el iftar, al romper el ayuno cada noche; con la fiesta de Eid el Fitr, al acabar el mes.

size_810_16_9_estado_islamico_decapita_coptas_cristaos_egipcios_2En cuanto al santo navarro, recordemos que fue nombrado obispo de Amiens (Francia) a los 24 años y asesinado siete años después, en el año 303. Fue en realidad decapitado y, aunque muchos no lo saben, los pañuelos rojos que llevan los mozos anudado al cuello en las fiestas de San Fermín evocan precisamente su martirio, el cuello cortado y la sangre derramada.

En estos días, sin duda, oiremos hablar, discutir, protestar ¿y argumentar? acerca del derramamiento de sangre en la plaza de toros y del maltrato animal. También de las agresiones sexuales a mujeres jóvenes y del ¿micro? machismo cotidiano que supone que muchas de ellas queden expuestas a tocamientos públicos y generalizados. Habrá, sin duda, miles de litros de vino coloreando las ropas y las calles, así como no pocas intoxicaciones etílicas. Cada una de esas cuestiones pediría una reflexión sosegada, desde el ánimo constructivo, el civismo y la no-violencia, pero no vamos a hacerlo ahora. Quiero centrarme en otras dos reflexiones.

marPrimero, acerca de la conexión entre la fiesta y la violencia. Bastantes estudios de antropología cultural señalan que la fiesta taurina puede ser considerada como una ritualización estilizada de la violencia; para unos, es “la fiesta” por excelencia; para otros, “la tortura no puede ser ni arte ni cultura”. Ahora bien, unos y otros estarán de acuerdo, supongo, en que la violencia terrorista es inaceptable. En concreto, los atentados yihadistas han entrado en una dinámica tal que parece apuntar a un cierto festival bárbaro y cuasi-orgiástico. Si no me equivoco en los cálculos, este mes de Ramadán acaba con más de 450 personas asesinadas en diversos ataques yihadistas: unas 250 en Bagdad, 49 en Orlando (Florida), 49 en Estambul, 47 en dos atentados en Yemen, 28 en Dhaka (Bangladesh), 9 en Líbano, 7 en Jordania, 4 en Arabia Saudí, 4 en Palestina y 2 en París. El yihadismo ha atacado “lugares de fiesta secularizados” (Orlando y, hace meses, Bataclán en París; pero también peñas futbolísticas en Iraq) así como en espacios de fiesta que celebraban el Ramadán. Por si quedaba alguna duda, estamos ante una ideología de muerte. El pañuelo rojo de San Fermín, atado al cuello, nos recuerda su cuello ensangrentado, como los cuellos de tantas otras víctimas de la violencia, muchas degolladas por los fanáticos.

Segundo, sobre la relación entre la fiesta y la vida cotidiana. Por supuesto, toda fiesta supone romper con los ritmos cotidianos e implica un cierto grado de exceso, de desmesura y de subversión del orden establecido habitualmente. Por eso, los rigoristas, los tristones y los poderosos se oponen a ella o, al menos, tratan de controlarla. El problema está, en mi opinión, en una mezcla de superficialidad, consumismo, fragmentación y mercantilización que ha tomado posesión de la fiesta. Los sanfermines son un ejemplo muy claro. No es solo que haya perdido ya toda conexión con las raíces que le dieron origen y sentido (secularización que trivializa) sino que, al hacerlo, hemos entrado en la globalización de la superficialidad. Mientras que miles de personas se desangran en el Mediterráneo, otros miles cruzan fronteras para irse de fiesta. El rojo de los pañuelos está empapado de vino, como si así se olvidase la sangre derramada. Viajar a través de las fronteras puede ser búsqueda de jolgorio superficial o, por el contrario, anhelo frustrado en la misma frontera.

silonLa fiesta es legítima y necesaria. Gana en hondura cuando se ancla en lo más auténtico de la vida. Porque una cosa es el jolgorio superficial y, otra, la alegría profunda y expansiva. En resumen, podemos felicitarnos y desearnos ¡Eid Mubarak! ¡Viva San Fermín! Pero, al mismo tiempo, podemos preguntarnos ¿qué implica eso para cada uno de nosotros y para todos, como sociedad? Si no, ya sabes, tranquilo majete en tu sillón. Aunque esté ensangrantado.

PS. Acabado este artículo, leo un tuit de @chselles que dice: “Termina el Ramadán, durante este periodo ha habido 230 ataques yihadistas en 32 países con 1.846 muertos y cerca de 2.000 heridos”