Francisco Sánchez, el escéptico, fue un médico y filósofo español, a caballo entre el Renacimiento y el primer Barroco. Nacido en Tuy, allá por 1551, murió en Toulouse en 1623. Hijo de una familia judeoconversa, pasó a la historia como el campeón del escepticismo moderno, al hacer de la duda su camino, antes incluso de que Cartesius la convirtiera en el  método del filosofar nuevo. En efecto, Sánchez -anotando aquella especie de trabalenguas de que, aunque parece querer saber, no sabe  querer y en el fondo no sabe-, se sitúa en la estela de Pirrón de Helis, el tatarabuelo de los que, a lo largo de la historia, nunca fuimos proclives a comulgar con más ruedas de molino que las estrictamente necesarias.  El bueno de don Pirrón, ya en el siglo III antes de Cristo, había recetado -muchísimo antes de que a Husserl se le hubiera pasado por la cabeza- la epoché, esto es, la suspensión del juicio, como modo más sensato de quedarse… no sabiendo, una vez uno haya tenido la osadía, como san Juan de la Cruz, de entrarse donde no supo. Pirrón, en efecto, no iba de farol: no andaba vacilando al personal, a lo socrático, con aquello de que “sólo sé que no sé nada”… para luego dar jaque mate en tres jugadas y, ad terrendos paisanos, dejarlos ojipláticos, orejitiesos, boquiabiertos, admirados…  Nada de eso: el de Helis estaba convencido de que no era posible alcanzar saber verdadero alguno. La coherencia práctica respecto a su propuesta teórica en referencia a la suspensión del juicio, lo llevó incluso a enmudecer de forma expresa y voluntaria en un momento de su vida.  En esto anticipaba también la proposición séptima que, apelando a lo místico, iba a dejar sentada de manera magistral el compañero Wittgenstein -¡sí, hombre sí!: el que esgrimiera el atizador frente a Popper- como colofón al Tractatus Logico-Philosophicus, con aquella lapidaria sentencia: “Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen”… O séase: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.  Con todo, nuestro compatriota, Francisco Sánchez, había ido incluso mucho más lejos que Sócrates, Pirrón, Wittgenstein, Descartes y Husserl… todos ellos juntos y en unión… Así lo revela el título con que nosotros hemos arrancado hoy estas consideraciones, tomado una parte del de su obra más famosa: De multum nobili et prima universali scientia. Quod nihil scitur; y que, vertido al castellano, quiere decir: Acerca del más noble y universal primer saber: Que nada se sabe.

Yo, ya dije, no tiendo a comprar por sistema relatos enteros de manera acrítica, vengan de donde quieran venir. Sin alardear de enfant gâté, de ser de aquellos que hacen preguntas embarazosas e irónicas y que, a las veces, desarman la bolera de manera contundente, tampoco hago ascos a un sano escepticismo cuando las cosas así parezcan requerirlo. En esto -como en tantas otras cosas que en mí no se explicarían fácilmente-, se ve que la Philosophia Comillensis, si tal vez no imprime carácter -que eso es mucho decir-, cuando menos marca tendencia en los que, como es mi caso, de guajes, tuvimos la suerte de contar con maestros de la categoría de aquellos profesores de cuando entonces…

Viene esto a cuento de que, con frecuencia -sobre todo cuando se trata de anticipar el escenario futuro del mundo, de la tecnología, de la sociedad, de la cultura, de la política… vamos de lo que alude cuando se habla de las macro tendencias…-, se oyen afirmaciones que no acaban de quedar probadas; lee uno cosas que tienen la pretensión de ser el oráculo de Delfos, pero que, aunque si rascas, no encuentras subyecto digno de tal… eppur hacen que si muova la cosa en una dirección que -¡vaya usted a saber!-, a lo mejor ni es la correcta, ni tiene por qué ser inevitable…

El que suscribe, humildemente piensa que hay mucho mito, bastante ciencia ficción, su tantico de prospectiva ingenua; y -sobre todo-, medias verdades por arrobas; que confunden más que aclaran; y tornan, a las veces, los esfuerzos en quimeras inoperantes; y las buenas intenciones, en utopías desencantadas…

Casi desde que tengo uso de razón, vengo escuchando a los profetas de calamidades – ¡San Juan XXIII, ora pro nobis!- cantarnos la palinodia, retractándose  lo de que habían dicho que  iba a suceder y que -¡ay!- no pasó como ellos decían que iba a pasar. Aparte de que “a toro pasáo, semos tóos Manolete”, es que no aprendemos: Las rebus sic stantibus no es más que una coartada intelectual; el caeteris paribus es una medio falacia epistemológica, una especie de trampa en el solitario del análisis para que salga adelante la cosa. Lo uno, lo otro y lo de más allá valen -sin duda- para aprender a jugar los juegos. Están bien para los manuales de primero de microeconomía… pero que ni son verdad, ni tenemos por qué tomarlas demasiado en serio… Todo fluye –Panta rhei– y por fortuna ni está el mañana ni el ayer escrito

El factor sorpresa nos habrá de asaltar sí o sí. Y la esperanza no nos la puede arrebatar nunca nadie… Todavía no, ¡pero ya! El partido está ganado. La plenitud de los tiempos ya llegó, y es verdad que -mutatis mutandis-, nihil sub sole novum… por más que ahora tengamos más bombo y mejor tecnología…

También los pájaros de cielo comen y los lirios del campo sobrepasan en elegancia a los trajes que le cortaban al rey Salomón, el hijo listo del que de joven mataba gigantes, se comió de mayor a la pobre ovejita de un su criado, teniendo él rebaños abondo; y que entre plato y plato se avezó a cantar mañanitas con acento de la parte de Guanajuato y mariachis bien templados…

Cuando las cosas se repiten como por boca de ganso; más aún, cuando las tesis se dejan a medio insinuar, como dando a entender que – ¡ya tú sahbe!- estamos en la onda y ya nos comprendemos…; cuando se articulan clichés y lugarcillos comunes; cuando se muestra tal desidia intelectual y tal pereza por ir al fondo de las cuestiones y no al bulto; cuando se tratan de resolver problemas de mañana con soluciones de hoy; cuando todo eso ocurre fracasamos. Y también fracasamos cuando entramos en auto referencialidades y en otros bucles teóricos -que ahorro, al paciente lector, por no hacer el cuento largo y más críptico de lo que ha acabado por salirme. Menos mal que las profecías de auto cumplimiento tienen también su antídoto, si es que no han de tener lugar: Bastará con que llegue uno y grite desde la ingenuidad: ¡Pero si está desnudo!… El rey se cubrirá con premura; la burbuja dejará, al explotar, a unos cuantos miles en pelota y a unos cientos, que habrán de saltar por la ventana, espachurrados contra el suelo…

-Entonces, ¿qué?: ¿Investigamos, planeamos y tratamos de anticipar escenarios…?

– ¡Sí, hombre, sí! Es divertido; un buen deporte… pero curémonos desde la humildad, que al fin y a la postre “nada se sabe”…

-Pues no me diga usted más, que después todo se acaba sabiendo… Aunque en el largo plazo…

¡Prohmbre…! Pero si dentro de cien años, todos calvos; y como decía lord Keynes, en el largo plazo estaremos todos muertos.

– ¡Pues eso!: Entonces sabremos de verdad en qué paró la cosa. De momento, recuerde, hermano, quod nihil scitur…