Voy escribiendo este artículo mientras bajo de Zaragoza a Madrid en el tren. Acaban de finalizar las Jornadas JIF (Jóvenes-Iglesia-Frontera) en las que he tenido la suerte de participar invitado por la JOC de Aragón. Allí realicé el taller “Acercarse a Dios a través de la música”.

Tras la clausura nos fuimos a compartir la comida y en el momento del postre, dos tartas con forma de corazón ocuparon la mesa compartida. Y recordé que era San Valentín, esa fiesta un poco forzada de la sociedad de consumo, pero que es bienvenida si nos ayuda a recordar a la(s) persona(s) que amas. A mí me sirvió para recordar a una persona. Una persona con la que construyo y comparto la fe y la política (la manera de construir la sociedad), que tienen tanto que ver con el amor. Y recordé que hoy más que nunca ante tanta corrupción y mentira, necesitamos creer en las personas, tener fe en lo que hacen y dicen.

Necesitamos personas que pongan cariño, convencimiento, ganas, coherencia, un poco de rabia y de ternura en lo que hacen, y también una pizca de humor. Necesitamos personas que nos sigan recordando, con su vida, que la persona es lo primero. Personas que con sus gestos, su mirada, su manera de trabajar, de educar, nos sigan haciendo creer en la humanidad y sus infinitas posibilidades. Personas que construyan la familia, la sociedad junto a otras y otros, que propongan y no impongan, que se fijen en quien menos tiene y menos puede, para construir junto a ellas nuevas formas de ser, de pensar, de vivir. Personas junto a las que ofrecer el trabajo, las luchas, las alegrías y las penas. Junto a las que podamos pensar, trabajar y vivir como aquel hombre-Dios que lo hace todo nuevo. Personas a las que podamos amar con todo nuestro corazón y que nos muestren cómo servir a la sociedad y a la Iglesia con todas nuestras fuerzas. Personas con las que podamos ir construyendo el Reino en las fábricas, los talleres, los campos, el mar, las escuelas, los despachos y en nuestras casas.

Necesitamos personas cuya fe y vida sean reflejo de un Dios que ningún ateo rechazaría. Un Dios que se abaja para dárnoslo todo y ofrecernos un proyecto de humanidad nueva, donde el respeto, la justicia, la fraternidad, la paz, el diálogo, sean lo cotidiano y no lo utópico. Personas, en definitiva, que de manera natural vivan armoniosamente la preocupación y ocupación por el mundo obrero más empobrecido y una fe recia y madura, personas que reparen nuestros sueños.

Yo hace tiempo encontré a una de esas personas que tanta falta nos hacen. Tanto es así, que compartimos la vida, los hijos, el proyecto de familia, la fe, el amor y la manera de construir la sociedad y la Iglesia (política). Se llama Carmen y es mi reparadora de sueños. Y este pequeño artículo es mi “regalo de san Valentín.”

Les dejo con una de esas canciones que marcaron la banda sonora de nuestras vidas: Es caprichoso el azar

Nota bene: si ven a Carmen por ahí, díganle que  escribí este post. Y ¡que Dios me pille confesado!

@manocope