Querida hermana agua…

Pedro José Gómez.

“Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta”. Así se expresaba San Francisco de Asís en su célebre Cántico de las Criaturas, con la profundidad, sencillez y belleza que le caracterizaban. Y a ella, al agua, quisiera referirme en esta aportación, porque fue el centro de la Oración Ecuménica por el Cuidado de la Casa Común que celebrábamos en Madrid -por segundo año consecutivo- el pasada sábado 2 de septiembre, en la Casa de Campo. La oración era ecuménica porque los católicos -siguiendo la invitación del papa Francisco- nos sumábamos a la fiesta de alabanza a la creación con la que la Iglesia Ortodoxa da inicio a su año litúrgico. Y, en plena oración, pensaba que -después del sol y aire-, el agua es la mayor necesidad de nuestra vida. Podemos sobrevivir más tiempo sin comer que sin beber.

El agua genera un “ecumenismo” de todo el género humano (más allá de sus múltiples diferencias), y aún de todos los seres vivos que pueblan nuestro planeta y que la precisan para subsistir. La vida surgió del agua y todos los vivientes somos, sobre todo, agua. Los humanos, en torno a un 60% de nuestro peso. Por eso maltratar el agua es suicidarnos un poco.

Debido a su radical vinculación con la vida, en el ámbito cristiano, y en el de la inmensa mayoría de las religiones del mundo, el agua es un símbolo fundamental. Si Dios es fuente y sostén de la vida, ¡qué mejor que el agua para representarlo! Los baños en el Ganges de los hindúes o las abluciones típicas del judaísmo o del islam lo muestran. También los cristianos damos un valor religioso particular al agua: Jesús se bautizó en el Jordán, y los cristianos bautizamos para incorporar nuevos miembros a la Iglesia. Con agua bendita nos santiguamos y la recibimos por aspersión, acogiendo la bendición de nuestro Dios que, como la lluvia, hace caer sobre justos e injustos, sin restricciones ni discriminaciones (Mt 5, 45).

Podemos pensar que este bien -que hace que nuestro planeta se vea azul desde el espacio- es poco menos que infinito y que podemos derrocharlo a nuestro antojo. De hecho, el 75% de la superficie terrestre es agua. Sin embargo algunos datos nos urgen a ser responsables en su utilización. Recordemos, por ejemplo, que de todo al agua disponible, solo el 3% es agua dulce -que es la que necesitamos los humanos y nuestros procesos económicos- y que solo el 1% está a nuestra disposición (porque el 2% se encuentra en los casquetes polares o en lugares inaccesibles). Por otra parte, como ocurre con el resto de los recursos naturales, el agua no se distribuye homogéneamente ni desde el punto de vista geográfico ni, menos aún, acorde a la distribución de la población.

Por eso, el acceso al agua manifiesta las enormes desigualdades que padece nuestro mundo y puede ser, en un futuro inmediato, fuente de graves conflictos. Según la Organización Mundial de la Salud, unos 650 millones de personas carecen de agua potable, y 2.400 millones no disponen de saneamientos adecuados. Al tiempo que, según sus estimaciones, para llevar una vida sostenible y digna sería necesario utilizar -de modo directo- 50 litros de agua por persona y día, muchos países de África pueden proporcionar solo entre 10 y 30 litros a sus ciudadanos, mientras en España consumimos entre 130 y 140, al tiempo que otros países desarrollados nos superan ampliamente.

No se trata de alimentar el catastrofismo, sino la responsabilidad y la esperanza. Una gestión austera y solidaria del agua va a ser condición necesaria para la justicia y la paz. Y, lo cierto es que la suma de la educación, la conversión de estilos de vida y el progreso técnico pueden mejorar las cosas: el número de quienes carecen de agua potable lleva reduciéndose desde hace varias décadas; el consumo directo de agua en España ha bajado unos 60 litros por persona y día en pocos años; la agricultura adaptada al clima o el uso de técnicas de goteo permiten un uso más eficiente de este valiosísimo recurso.

Hemos de poner todo nuestro corazón y nuestra mente a la tarea, porque no debemos olvidar las palabras de Jesús: “Tuve sed y me disteis de beber” (Mt 25, 35).

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Imagen secundaria del cartel anunciador de la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación 2017

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