Qué nos han dado los romanos

Una escena muy célebre de la Vida de Brian (1979) ocurre cuando la célula del FPJ (Frente Popular de Judea) discute la opresión romana, con el fin de motivarse para secuestrar a la mujer de Pilatos. La escena puede verse, tomada de YouTube, un poco más abajo en este mismo post.

Allí asistimos a una discusión entre dos maneras de experimentar la política. La primera valora la acción política de los romanos en términos de justicia; la juzga por la opresión que desarrolla. La segunda aproximación evalúa la política por sus logros: lo que los romanos han hecho por nosotros.

La escena es cómica porque pone juntos dos discursos que generalmente se oyen separados: quien pronuncia uno, no hace el otro. Sin embargo, en ocasiones como el debate del estado de la Nación de esta semana, se oyen los dos discursos entremezclados (y no necesariamente en personas distintas).

El discurso de los logros económicos que se exhiben con estadísticas, quiere expresar la eficacia de una acción de gobierno. El otro, el de la justicia, corresponde a la legitimidad de esa misma acción. Son dos cosas distintas y mal convertibles. Si la eficacia se tradujera en legitimidad, el general Pinochet habría ganado el referéndum de 1988 (y de hecho, eso creía él que iba a ocurrir). Lo perdió.

Aunque pueden darse ejemplos de trasvases limitados en ambos sentidos, el orden es más bien jerárquico: antes se establece la legitimidad de los contendientes políticos, y luego se entra en la competencia sobre lo más eficaz, para quién, etc. El espacio de la política democrática consiste en esta segunda discusión, pero es abierto por acuerdos en la primera. Primero se establece el ring, las reglas, el árbitro; y luego se boxea.

Por eso, los movimientos que erosionan la legitimidad tienden a invalidar el juego completo, y no pueden ser bien compensados con discursos sobre logros de gobierno o promesas de logros futuros. Igual que la opresión de los romanos, cosas como la corrupción apadrinada desde el poder político, el nacionalismo excluyente y la violencia física, tienden a destruir la legitimidad de quien los ejerce a los ojos de todos menos sus más devotos (e interesados) partidarios. Niegan las reglas del juego donde la discusión sobre dirección y efectividad de las acciones tiene sentido.

De ahí el rating más bajo que nunca del debate sobre el estado de la Nación (“no nos representan”). De ahí la escasa efectividad de la comunicacion del gobierno y la escasa credibilidad de la oposición del PSOE. Y por eso terminaron sacándose a Bárcenas y a Chaves; Pedro Sánchez negando la legitimidad de Rajoy; y, en un remate espléndidamente desastroso (pero muy expresivo), Rajoy negando la de Pedro Sánchez, hasta querer expulsarle del Congreso.

Pocas veces se ha visto más claro que si PP y PSOE (y CiU) no abordan de inmediato las bases de su legitimidad política, lo que puedan hacer o prometer en materia de logros no va a detener la deslegitimación del sistema. A lo más, la retrasarán, si consiguen engañar a bastante gente. En ello están, por cierto: intentando enchufarnos propaganda donde debería haber las reformas políticas y judiciales que no piensan hacer. Tienen tanto pasado que quizás no les quede mucho futuro.

Foto: www.flickr.com

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