En este blog me han dado la oportunidad de publicar una serie de artículos dedicados a dar mi visión sobre algunas de las guerras y conflictos actuales desde una perspectiva personal. Serán, por lo tanto, opiniones subjetivas, lo que no quiere decir faltas de análisis o documentación. Pero nadie se libera de sus creencias, decir lo contrario sería faltar a la verdad. Eso sí, siempre estaré abierto a escuchar otros argumentos. Sirva este, como presentación de mi línea de pensamiento.

¿Qué haría yo si viviera en un país en guerra?

Tenemos suerte, mucha suerte, todos aquellos que gozamos de un grado aceptable de bienestar. Disfrutamos de la libertad -al menos hasta el nivel donde llega nuestro poder adquisitivo-. Todavía nos curan cuando estamos enfermos sin apenas coste para nuestros bolsillos –excepto el que pagamos con nuestros impuestos-. Nuestros hijos pueden ir a la escuela y a la universidad –aunque los libros y las matrículas sean cada vez más caras-. Tenemos una casa –perdón, siempre que no sea del banco- con comodidades –eso sí la luz y el gas cada día a precio más elevado-. ¡Hasta algunos tenemos un trabajo digno!

Somos afortunados.

Sin embargo, me pregunto ¿qué haría yo si a mi familia y a mis hijos les faltaran, no ya esas “comodidades” que he mencionado, sino el pan para comer cada día? ¿Qué haría yo si viviera en un país donde la guerra perdura durante años, dónde me persiguieran por mis ideas o simplemente por no compartir las ideas de ninguno de los bandos en lucha?

¿Qué haría yo?

Seguramente buscar refugio para los míos en lugar seguro.

¿Y qué hago ahora por ayudar a los que ya sufren todo aquello por lo que me pregunto qué haría?

Vivimos en un mundo con un sistema internacional en el que el poder dominante nos hace creer que nada se puede cambiar. El “poder” siempre busca perpetuarse y para ello manipula y adoctrina. A veces lo hace de manera tosca y brutal, como los dictadores. Pero también se manipula y adoctrina de forma subliminal, sin que nos demos cuenta, a través de las más modernas técnicas de comunicación: la televisión, las redes, el cine…

Hay que estar alerta para detectar la propaganda, para evitar caer en las redes de las ambiciones del poder. Hay que ser crítico, hasta con uno mismo, sobre todo con uno mismo.

Ahora la retórica de los poderosos nos sensibiliza con fotos de la tragedia, de niños muertos en playas, ahogados huyendo de la miseria y de la guerra. Si de verdad esos que manejan la opinión pública a diario a través de grandes empresas de comunicación, casi siempre ligadas a intereses económicos, estuvieran interesados en resolver los conflictos dedicarían las páginas de sus periódicos o sus programas de televisión a analizar las causas de esas guerras, de tanta desigualdad, de tanta explotación, de tanta injusticia.

Denunciarían la ingeniería financiera, la especulación con los alimentos, las ventas de armas –las ilegales y las legales-, la explotación de trabajadores, la explotación de niñas y niños. Nos explicarían que las grandes potencias no se movilizan para defender los derechos humanos, ni la libertad, ni la justicia. Nos dirían que cuando actúan lo hacen por interés económico, por su propia seguridad, la seguridad de sus beneficios o los de las grandes empresas que patrocinan a sus dirigentes –algunos forman parte de ellas-.

Nos intentan adormecer con “pan y circo”, vieja historia, ¡qué poco ha cambiado en siglos!, como al poder le interesa, que nada cambie.

Que no nos molesten, que no venga nadie, que se queden en sus países, que se mueran o los maten. Ya sé que algunos dirán ¿por qué no los metes en tu casa? Puede que tengan razón, eso debería hacer. Pero no se trata de caridad, que es muy respetable ejercerla y debe quedar en el ámbito de la intimidad. Se trata de conseguir unas estructuras sociales donde los seres humanos, sin distinción de fronteras, puedan tener una vida digna.

De la misma manera que no llevo a los enfermos de corazón a operarlos a mi casa, ni tengo una escuela en mi habitación, tampoco podemos exigir a cada persona que se haga cargo de un refugiado. Son las organizaciones internacionales, los Estados los que deben responsabilizarse de atender a los más necesitados. Para eso pagamos impuestos.

Ya sé que los que tengan la paciencia de leer esta personal reflexión podrán también decir que estamos hablando de una utopía. Yo respondería que “la utopía sirve para caminar” (frase de Eduardo Galeano).

Que se avanza creyendo que se puede avanzar, que se puede conseguir un mundo mejor. Y para conseguirlo hay que ponerse en el lugar de los más desfavorecidos y pensar: ¿qué haría yo en su caso?

Como persona y como ciudadano del mundo, exijo a todos aquellos que tienen responsabilidades políticas nacionales o internacionales que atiendan a los refugiados. Y me exijo a mí mismo elegir a mis representantes de modo que trabajen para conseguir justicia social y seguridad humana –la que tiene como centro la persona, su dignidad, sus derechos, su libertad-, para todos los seres humanos, sin importar su procedencia.

Créditos. Lana Slezic (Panos Pictures): Kabul // Rajoy y Merkel: Reuters