¿Qué esperamos?

Al comenzar su mejor libro –cuestión complicada de gustos, claro está–, Emmanuel Levinas fija una imagen de la dicha perfecta, del Cielo, que seguramente no es la primera que se viene a la cabeza de cualquiera, pese a sus antecedentes bíblicos. Dice, en efecto, ante todo, que el estado que anhelamos ha de ser tal que precisamente jamás nos hayamos encontrado en él.  Excelente principio, porque lo peculiar de la esperanza absoluta es no coincidir con ninguna memoria sino permanecer abierta a lo realmente desconocido, a eso que llamaba maravillosamente Eduard Schillebeeckx el futuro de Dios.

Aunque nuestros recuerdos rocen la figura de la felicidad insuperable, tenemos que imbuirnos de la verdad de que no son ellos los que determinan el horizonte del futuro: hay en el fondo de nosotros (en el fondo  del alma, en el hondón del alma, como decían los místicos de la Baja Edad Media) una imagen de Dios, una capacitas Dei, que no podemos agotar ni con el pensamiento, ni con la imaginación, ni siquiera con el deseo o el anhelo. No tenemos en ningún pasado nuestro cielo sino que él mismo es nuestro maestro interior: aquel que en mí quiere lo que yo mismo no logro enteramente querer. Mi ser no se realizará plenamente, no llegará a su entelequia simplemente cuando llene las medidas de lo que significa humanidad, sino cuando  la imagen de Dios que es en mí más yo que yo mismo sea –sin obstáculos ni dilaciones ni veladuras– atraída a la adecuación siempre progresiva con su Ejemplar –Dios mismo–.

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Con estas palabras ya me he separado de Levinas, que me reprocharía un punto –más bien, muchos grados– de contaminación con lo sagrado de las religiones. En su juicio, yo no estaría ateniéndome a la pureza del mensaje bíblico. Claro que es que  para él hay en Jesús de Nazaret un cierto sabor a no bíblico, a pagano, y yo estoy convencido de que se equivoca –aunque su crítica señale aquello en lo que judaísmo y cristianismo no coinciden aun estando ambos perfectamente arraigados en el Primer Testamento–.

Jesús de Nazaret es la Imagen primordial, y nosotros somos hijos en el Hijo –lo es ya de creación todo ser humano, pero ello no es explícito más que en la adhesión a la revelación crística, es decir, en términos teológicos, en el bautismo en el nombre de la Trinidad–. Cuando extremamos la noción, e incluso la experiencia, de la transcendencia divina, el judío rehusará pensarla al modo de un sujeto –tampoco la pensará ni como un objeto, ni como vacío, ni como mero ser, ni quizá sin el ser–, mientras que el cristiano se atreverá en serio, con ansia y temor, a hablar de que todo ser humano es en su fondo capacidad  de Dios. Pero, en fin, incluso en esto un judío como Franz  Rosenzweig no estará de acuerdo con un judío como Levinas… (Rosenzweig concibe una posibilidad de experiencia del Dios bíblico como puro mandamiento de amor, es decir, como amor primordial, como el Amante de la Amada del Cantar de Cantares.)

Pero a lo que directamente iba yo era a evocar cómo describe Levinas ese lugar en el que nunca hemos estado, con independencia de que ontológicamente la verdad sea la de mis palabras (máxima cercanía, siempre progresiva, entre imagen de la Imagen e Imagen y, por tanto, entre la pobre imagen humana y el Ejemplar) o sea la de su silencio respecto de toda ontología. Levinas recoge el término menujá, que capta el descanso del Sábado de Dios (que nunca se acabó), pero al trasladarlo a los seres humanos, lo transforma en shalom, o sea, en la paz perfecta, en la salud completa (si digo además en la integridad, paso otra vez a la clave cristiana de lectura…). Seguramente no se olvida de cómo Nietzsche atacó brutal y torpemente este concepto un día.

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No he estado jamás  en la paz. He conocido el amor, el perdón, la verdad, la fecundidad, la gracia; a tanto ha llegado el don de Dios. Pero este maestro me asegura que la paz no la he vivido aún y es lo sumo de la alteración de mi propia débil e imperfecta naturaleza. ¿Es cierto esto de que la eternidad y el amor divino, el Cielo, la reconciliación universal de cuanto la permite, son la paz –algo así como el tiempo sin ansias–?

Algo en mí me dice que sí mientras contemplo el mar. Eso mismo me dice que no, que aún no.

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