Los discursos del Congreso en torno al debate de investidura muestran una degeneración de la política, al menos en dos importantes aspectos:

I.

Tienden a concentrarse en proclamar qué perros se atarán con qué longanizas.

La clave del discurso político contemporáneo es prometer a los electores mejoras indoloras, que siempre pagarán otros.Ningún líder se atreve a explicar cómo están las cosas, hasta dónde llegan las posibilidades y qué transacciones son precisas para casi cualquier logro (qué debe empeorar o ser menos financiado, para que otra cosa mejore o sea más financiada). Los únicos a los que se va a pedir algún sacrificio son los otros: los ricos, las demás autonomías que no son la mía, Alemania, la Unión Europea… todos menos yo, que no tengo nada que sacrificar, nada que mejorar, sino que al revés, no estoy recibiendo todo lo que merezco por mis desvelos y esfuerzos.

Esta es una dejación del trabajo fundamental del liderazgo político, que no consiste en halagar los oídos de su público sino en tratar de formar una voluntad colectiva precisamente para gestionar las limitaciones de la realidad, extrayendo de ellas tanto bien común como sea posible. Pretender que tales limitaciones no existen o no importan o no se me aplican, no solo es engañar a la gente sino que, al hacerlo, precisamente se impide la formación de una voluntad colectiva para manejarlas. La única voluntad resultante consiste en que todos queremos más, y la señora Merkel tiene que darnos. Pues vaya.

II.

Están diseñados con las encuestas en mente, como un producto de marketing destinado a generar votos.

No son discursos de un liderazgo. No pretenden señalar el camino de una solución posible al problema de las constricciones distributivas de nuestra sociedad y sus impactos sobre la producción, sino que están pensados para captar votos. Coches de distintas marcas pero cilindradas semejantes se diseñan en un túnel de viento buscando el mínimo rozamiento, y así salen tan parecidos de silueta. De manera semejante, gobierna la izquierda y deja la política económica de la derecha; gobierna la derecha y deja la política cultural de la izquierda. Cualquier intento de liderar según unos principios políticos y morales, son derrotados por las encuestas. Al final, se dice y se hace lo que dé votos. Las únicas diferencias son de “sensibilidad” de los respectivos caladeros de votos, como los coches se diferencian por el color y los detalles de carrocería.

No extrañará entonces que nadie crea a nuestros políticos, que carezcan de autoridad moral, que sean tan poco a los ojos de la gente cuando hace un siglo los políticos eran tanto. No extrañará que lo mejor de cada una de aquellas generaciones quisiera entrar en la política, y ahora lo mejor de nuestras generaciones huya de ella.

En realidad, robar es solo la segunda corrupción de la política. La primera es haber convertido la dura formación de una voluntad colectiva en asunto de marketing. Haber cambiado el mensaje de lo que cada cual debe aportar para construir el bien común, en una promesa de recibir sin sacrificios, solo a cambio de una estética, una devoción clientelar, un voto, una mentira.


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