¿Qué puede aportar la Iglesia al trabajo?

Leo en EL PAÍS, que una empresa (novodistribuciones) en un portal digital (infoempleo) buscaba periodistas con las siguientes condiciones: “la retribución será de 0,75 euros por artículo, debiendo contener un mínimo de 800 caracteres y estarán sujetos a unos términos de calidad basados en la ortografía, semántica y expresión”. O sea, que el precio de un artículo periodístico vale la mitad que un café.

Hoy no quiero fijarme en las condiciones vergonzosas y humillantes de la oferta de trabajo. Quiero llamar la atención sobre el hecho de que se hace de forma pública, sin esconderse ni ruborizarse. Cuando esto ocurre es porque se considera “normal”. Y si esta forma de ofrecer y demandar un trabajo es “normal”, la sociedad que lo acepta ha rebajado el valor del trabajo hasta límites insospechados.

¿Cuál es la causa? Que la economía ha cambiado sus papeles. La función principal de la economía consiste en cubrir las necesidades humanas, pero ahora rige en ella la lógica de conseguir el máximo beneficio con el mínimo coste. Una manera de conseguir este objetivo es aumentar los productos a consumir y abaratar los costes de producción, incluyendo el trabajo como un coste más, como una mercancía más.

Esto es una profanación según el Magisterio de la Doctrina Social de la Iglesia. En boca de San Juan Pablo II: el metro para medir la dignidad del trabajo es la persona que lo realiza, no la producción o el salario (LE 6). Lo contrario es “un economicismo materialista” que convierte al trabajador en objeto. La persona no es un medio para el trabajo, sino el trabajo un medio para realizar a la persona.

Esto no quiere decir que la empresa no tenga ganancias, sino que no las ponga como supremo o único valor y que en caso de conflicto entre capital y trabajo, prevalezca “el principio enseñado siempre por la Iglesia… de la prioridad del «trabajo» frente al «capital» (LE 12)

¿Por qué la Iglesia debe meterse en este lío? Porque nada más sagrado para ella que la evangelización. Si la Iglesia existe, es para evangelizar. Y no puede evangelizar sin tener en cuenta los valores y contravalores de aquellos a quienes se dirige. Lo grave es este sistema económico nos ha cambiado al ser humano y a la sociedad. La persona ahora es principalmente el homo-faber y consumidor; lo que nos une en sociedad es sacar adelante el interés de cada individuo.

LevaduraProclamar el anuncio del evangelio sin pretender cambiar desde dentro los modos de pensar, los centros de interés de la sociedad dominante, sería evangelizar de una manera decorativa, como un barniz superficial” (EN 19-20) El mismo Magisterio nos lo repite últimamente: “hoy tenemos que decir NO a una economía de la exclusión y la inequidad. Esta economía mata (EG 53). “En esta economía se ha instalado la adoración del antiguo becerro de oro, la dictadura de la economía sin ningún objetivo verdaderamente humano” (EG 55).

En esto la evangelización tiene una gran riqueza que aportar al mundo. El trabajo, de suyo, es actividad humanizadora: “con su acción no solo transforma las cosas y la sociedad sino que se perfecciona a sí mismo (EG 35). El reto es crear condiciones “que permitan al hombre “hacerse más hombre” en el trabajo, y no degradarse a causa del trabajo” (LE 8).

¿Está la práctica pastoral de la Iglesia en primera línea de este reto?


Nota. Las tres siglas empleadas se refieren a otros tantos documentos pontificios. EN=Evangelii Nuntiandi, exhortación de Pablo VI en 1975. LE=Laborem Exercens, encíclica de Juan Pablo II, publicada en 1981. EG=Evangelii Gaudium, exhortación del papa Francisco, publicada en 2013.

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