Pueblo de Dios: en memoria de Fernando Camacho

El pasado 7 de enero, domingo, fallecía Fernando Camacho Acosta. Es posible que a muchos no les diga nada este nombre. Sin embargo, es una de las personas que, por su trayectoria vital e intelectual, debía ser un referente en este mundo tan falto de guías que apunten en buena dirección.

Le conocí personalmente hace bastantes años atrás, cuando en un par de ocasiones acudió a dar unas charlas sobre el Nuevo Testamento en una de las parroquias de Albacete, a petición de varias comunidades de base, que entonces tenían una cierta presencia en dicha ciudad. Sus explicaciones nos abrían nuevas perspectivas e iluminaban pasajes evangélicos que, a veces, por conocidos, no parecía que pudiesen decirnos nada nuevo.

Recuerdo, por ejemplo, que, al leer el pasaje de la resurrección de Lázaro, iba desgranando casi palabra por palabra su sentido más profundo y decía, con una sencillez que llegaba a todos, ¿a que esto os implica personalmente? Era una expresión más del mensaje universal de Jesús, cuál debe ser la actitud de cualquier ser humano ante la muerte.

Años después, estando yo de director de la sede la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) en Cuenca, le propuse dar un curso. No le gustaba dispersarse y nunca tuvo pretensión alguna en el mundo académico, pero finalmente su afecto y generosidad le pudo y organizó el curso. Con el título de “La Biblia: claves de lectura”, se celebró en la citada sede del 19 al 21 de abril de 1999. Además de Fernando Camacho, participaron otros eminentes teólogos: Miguel de Burgos Núñez, Juan Guillén Torralba y Gonzalo Flor Serrano.

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Los escasos alumnos matriculados y los que en ratos perdidos pudimos participar del talante cordial y los conocimientos de esos cuatro maestros, aprendimos y disfrutamos como pocas veces se puede hacer en un curso de corta duración. Fue una pena que no fuese más aprovechado. En otros países de nuestro entorno es casi más usual la realización de cursos religiosos en el ámbito de la sociedad civil que en el seno de las propias instituciones eclesiales. Esa falta de cultura social religiosa y las prevenciones de ciertos sectores eclesiales respecto a los que impartían el curso, explican la poca asistencia. Fernando Camacho al despedirse me dijo: al menos quedará constancia que se hizo un curso de este tipo en la UIMP.

En la historia contemporánea española el carácter confesional del Estado, con las excepciones de las Constituciones de 1869, que sólo pervivió hasta la Restauración, y la actual de 1978, ha sido una constante. También ha dominado la idea del carácter católico de la sociedad española, fundada en la penetración en las costumbres y prácticas sociales de una religiosidad oficial. Esta imbricación de la Iglesia Católica con el poder político y ciertas élites sociales ha condicionado y condiciona aún la percepción del mensaje evangélico. Aunque para algunos pueda resultar paradójico, eso ha contribuido a una pobre cultura social religiosa.

Se han hecho algunos esfuerzos loables para tratar de contrarrestar las consecuencias de esa situación que conduce a falsas oposiciones o incompatibilidades: razón y fe, ciencia y religión, cambio social y conversión personal, laicos y clero, etc. Entre ellas experiencias como el Instituto Fe y Secularidad, algunos de los análisis de Alfonso Álvarez Bolado sobre el nacionalcatolicismo , testimonios como los de los conocidos como los tres José Marías, Llanos, González Ruiz y Diez-Alegría, y muchos más que se podrían enumerar.

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No obstante, subsisten numerosas inercias y costumbres sociales que alimentan esas falsas dicotomías y dificultan una sana cultura social religiosa. Cuando el mundo religioso se impone,  en vez de ofrecerse, distorsiona e incluso anula su propio sentido. Afirma la superioridad del espíritu negando el espíritu. Pretende explicar lo material como simple derivación del espíritu, la ciencia como subproducto del orden moral y el pensamiento metafísico. Se intenta que un orden inferior adquiera un valor superior por intrusismo en vez de por relación. Al negar la autonomía de lo científico se niega su relación con el ámbito espiritual. Es lo que se conoce como la «apuesta de Pascal». Quien se adhiriere a la religión por interés consigue completamente conducirse según la religión y el amor, pero sin la fe y sin el amor: cuanto más se aproxima al fin perseguido, mas se aleja de él.

Fernando Camacho trató de apoyarse en el conocimiento científico para ayudar a comprender la dinámica espiritual, sabiendo que nunca la ciencia puede explicar el orden espiritual. Por eso mismo se negó a tratar de sustituir una explicación científica por una pretendida acción sobrenatural. Quizás por esa misma razón siempre optó por priorizar su labor pastoral al frente de la Parroquia de Nuestra Señora de Guía en el municipio de Camas, de hecho un barrio marginal de Sevilla dada su proximidad a la capital.

Puso por delante la entrega a los más desfavorecidos, compartiendo su vida con ellos, en la cercanía de la de fe y el amor de Jesús. Eso no significaba renuncia a la labor intelectual, pero sí su subordinación a la vida encarnada en los más pobres. Publicó valiosos análisis de los evangelios de Marcos y Mateo, o sugerentes libros como El horizonte humano y Evangelio, figuras y símbolos, la mayoría en colaboración con Juan Mateos. También realizó magníficas traducciones fruto de su dominio de las lenguas clásicas y numerosas modernas.

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Ha sido clérigo e intelectual, pero eso lo tuvo por nada. Ante todo se consideró miembro del Pueblo de Dios, compañero y vecino, hombre que buscó el Reino de Dios y lo demás le vino por añadidura.

2 Comentarios

  1. Meritorio y a la vez, sencillo homenaje a la humildad en la práctica de su fe. Realmente lo más importante que debería ser en la vida de todos.

  2. Muchas Gracias por tus reflexiones y por la inquietud que despiertas sobre temas en los que hoy en día no se para (perdón) no la Iglesia.

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