Proxemia digital

El concepto de proxemia se utiliza ampliamente en el campo del protocolo. Se refiere al estudio del espacio físico que precisan los individuos en sus relaciones con los demás. La coletilla de “digital” puede ser catalogada de oximoron para algunos, dado que lo digital no es físico.

Sin embargo, la combinación de estos dos conceptos se ha materializado en mi cabeza al vivir la siguiente experiencia.

Este verano realicé una reserva de un apartamento a través de un portal de alquiler de alojamientos turísticos. El dueño del mismo se puso en contacto conmigo antes de mi llegada y mi sorpresa es que hizo alusión a mi formación y mi puesto de trabajo, cuando estos datos no me habían sido solicitados para la reserva. Ciertamente, el señor había realizado una pequeña investigación antes de mi llegada para ver, imagino, a quién había alquilado la que posiblemente en algún momento fue su casa.

Me sentí incómoda. Yo solo quería que me alquilara su apartamento, no que hiciera una radiografía de mi vida. Entendí que sólo podía ser posible que llegase a tener esta información habiendo accedido a mi perfil en LinkedIn. Un portal que utilizamos todos a nivel profesional, para dar a conocer nuestra experiencia y nuestro mapa competencial. Pero que la información allí mostrada fuera utilizada en una transacción que para mí no era profesional, me pilló desprevenida.

Rememoré la lectura del best seller “El círculo”, de Dave Eggers. Un novela de ficción con crítica literaria no muy buena, pero que predice de forma escalofriante cómo será el futuro al que nos conducen internet y las redes sociales. Un futuro al que nos acercamos peligrosamente. Y de manera inevitable, como auguran nuestros compañeros al analizar el impacto de la tecnología en la educación. (Lee a Saunier Ortiz o a Jorge Rodríguez Oropeza).

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El libro invita a preguntarse sobre el límite del uso de datos personales en la esfera profesional. Y es que las posibilidades técnicas permiten dibujar con gran nitidez la personalidad del empleado. ¿Cómo? Conociendo sus gustos y hábitos dado que el manejo de herramientas tecnológicas para fines personales y profesionales se fusiona. ¿Cuándo? La compañía suele contar con permiso para acceder a los dispositivos de uso mixto. A menudo, incluso los proporciona o facilita que se pueda acceder a plataformas profesionales con ordenadores o teléfonos personales. De este modo se puede trabajar en cualquier momento y lugar. Al empleado le puede resultar atractivo este trueque a cambio de hardware gratuito o de una mayor flexibilidad para desempeñar su trabajo de manera deslocalizada.

A la empresa, sin duda el coste le permite maximizar la productividad. También más información para adaptar o bien su estrategia o bien los perfiles con los que cuenta en la organización. (Ver post). Así, la adecuación de la estrategia a la plantilla, y viceversa, se optimiza y mejora la aportación de valor del trabajador a la compañía. Es el éxito del People Analytics.

Para pensar…

Lo que se concluye de aquí, es que las líneas que separan los espacios vitales del individuo se desdibujan con la tecnología. El trabajo invade nuestras vidas y nuestras vidas invaden nuestro trabajo. Personalidad y cultura convergen, y eso reduce las rupturas traumáticas de una y otra esfera, lo cual resulta positivo. Sin embargo, también airea nuestra intimidad y no siempre el límite está claro ni es controlable.

La preocupación por la invasión de la tecnología en nuestra esfera personal desde el consumo o el ocio, no es distinta en otros ámbitos a los que todavía no parece que le estemos prestando suficiente atención. Y el laboral es uno de ellos.

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Claro que como profesionales debemos mostrar qué somos en nuestro CV, en redes profesionales, en foros públicos. Pero esta información, que nos interesa (¿o no?) que sea pública, es utilizable dondequiera que alcance la cobertura digital. Es un transitar continuo entre espacios públicos y privados difícil de manejar. El individuo es uno, es un ser integral, sin duda, pero a nativos analógicos, nos pilla con el pie cambiado.

 

Imagen: Dayana Menéndez.

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