Promesas sin instrumentos

La política del poder es asunto de plazos cortos, que ahora nos tiene ocupados con si Rajoy será investido presidente del Gobierno, si el PSOE logrará recomponerse de aquí a su próximo congreso, si la batalla por el “voto útil” de la izquierda la ganarán ellos o Podemos, si el proceso independentista terminará mal o muy mal…

Pero por debajo de esos plazos cortos hay dinámicas de fondo que determinan no tanto quién tiene qué poder, sino qué puede hacer con él, por tanto si esa linea política va a tener éxito o a fracasar, no en conquistar el poder sino al usarlo. Qué duda cabe que Tsipras alcanzó y retiene legítimamente el poder en Grecia. Pero no puede hacer lo que prometió con ese poder, porque su barquito no alcanza a navegar contra las corrientes de fondo. Puede maniobrarlo un poco más o menos hacia aquí o hacia allá, pero la soberanía nacional absoluta de las banderas en la plaza Sintagma era una entelequia.

A ese propósito, la prensa se ha molestado en hacer las multiplicaciones de la tabla de recuerdo de voto por edad que se encuentra en la p.70 del Barómetro CIS de abril 2016, para encontrar que entre los menores de 45 años, Ciudadanos tuvo en diciembre más votantes que el PP; y Podemos con sus asociados más votantes que el PSOE. Ello llevó a Carolina Bescansa a decir que si solo hubieran votado los menores de 45, Pablo Iglesias sería ahora el presidente del Gobierno. Muy verdadero numéricamente, por cierto. Gran diversión para la prensa de derechas. Pero lo que puede considerarse una boutade desde el punto de vista de la política del poder inmediato (no vamos a hacer una “eutanasia política” cada vez que nos convenga), ya no lo es si se mira desde las corrientes de fondo.

Los jóvenes que entran en el mercado productivo, y buena parte de las clases medias no bien asentadas en él, están muy descontentos, porque el Estado no ha conseguido ofrecerles las mismas oportunidades de estabilidad y seguridad en tiempos de globalización, que sí dio a sus padres en tiempos de mercados básicamente nacionales. Y eso que los jóvenes en Europa son ahora menos proporcionalmente, porque la pirámide poblacional decrece por debajo de los 40 años de edad.

Ese descontento se traduce políticamente, constituyendo una marea que, por ejemplo en España, permanecerá aunque el bipartidismo consiga contener a Podemos y a Ciudadanos en la política del poder de corto plazo. Si no son ellos, serán otros; o la cosa estallará de otra manera. De hecho, en buena parte del mundo desarrollado ya lo está haciendo en forma de nacionalismo, no de las acostumbradas regiones irredentas, sino de Francia, Hungría, Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos… donde con más o menos banderas (generalmente bastantes) en realidad se promueve el proteccionismo. Si nuestros muchachos y nuestras clases medias no ven futuro en un mundo de mercados globales, volvamos a los mercados nacionales, y se acabó la globalización. Un magnífico artículo de Carlos Sánchez en El Confidencial describe muy bien el resurgir del conservadurismo como consecuencia (aunque quizás minusvalora el nacionalismo de izquierda, rampante en otros lugares; en ese sentido el llamado “populismo” se parece mucho al “conservadurismo”, solo que más deprisa y eventualmente poniendo palos en las ruedas también a los capitales locales).

La idea de “tomemos de la globalización lo que sirva a nuestra gente, y dejemos el resto” tiene sin embargo un inconveniente: el libre comercio suele ser bilateral. Es poco probable que los demás abran sus fronteras donde nos conviene a nosotros, y a la vez acepten que nosotros las cerremos donde les convendría a ellos. Quizás los Estados Unidos, China, Japón, Rusia o Alemania lo consigan en sendos ejercicios de poder imperial, pero dudo mucho que España tenga músculo para ponerle condiciones al mundo. Veremos el Brexit cuando por fin suceda: fuera de Inglaterra, pocos apuestan por que ni Gran Bretaña pueda.

Y ese es el problema: tallar una globalización donde haya sitio económico para la gente joven normal, con sus capacidades normales y sus modestas aspiraciones de bienestar básico, seguridad laboral para levantar una familia y semejantes; o intentar revertir la corriente de fondo, volver al mundo de 1970, y que sean los Estados nacionales quienes se ocupen no de reconducir la globalización, sino de evitárnosla.

La situación actual, en que los Estados se limitan a navegar la globalización, se demuestra crecientemente insostenible en lo social y produce todo género de inestabilidades en lo político (por no hablar de lo ambiental, que es un desastre precisamente por causa de la “razón de Estado” nacional). Pero saber que esto no es, no equivale a saber lo que debe hacerse.

Sobre el malestar económico tan justificado de los jóvenes, los trabajadores y los pequeños empresarios, por todas partes del mundo se estén construyendo opciones políticas que prometen lo que bien puede resultar imposible. Promesas sin instrumentos, o cuyo presunto instrumento, la soberanía nacional absoluta del pequeño Estado proteccionista, muy probablemente resulte incapaz para aquello que se le pide. Algo así dijo Marx, mal profeta pero buen observador, ya hace siglo y medio: “El bajo precio de las mercancías es la artillería pesada con que [la burguesía] derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas…”

Sería la primera vez en la Historia en que una corriente de fondo es detenida con instrumentos de otros tiempos, diseñados para otro mundo.


Imagen: www.apuntesdehistoria.net/wp-content/uploads/2015/05/gran-muralla-china.jpg

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