Un Profesor Ordinario muy ordinario o de cómo los periodistas hacen (mal) su trabajo

Nací en Mieres del Camín, allá por diciembre de 1958. Más exactamente, el día en que los de Horcajo de Santiago, en la provincia de Cuenca, vitorean a la Patrona; y en el que, por la misma razón, desfilan con uniforme de gala los cadetes en Toledo.

Nací en el valle del Caudal, en pleno corazón de la cuenca minera asturiana.

Soy hijo y nieto de mineros. De mineros, de mineros, de los que bajaban a arrancar el carbón a las entrañas de la tierra. No de ingenieros –muy dignos también, ¡qué duda cabe!, pero no es lo mismo-, ni de facultativos u otros oficinistas de la explotación.

Ya digo: soy nieto e hijo de mineros y eso imprime un peculiar carácter. Ni mejor, ni peor que el que tiene otro tipo de encaste. Sólo que distinto y fácilmente reconocible. Entre otras cosas, por lo poco propensos que somos a comulgar con ruedas de molino; lo escasamente aficionados que nos mostramos a dejar que nos pisen sin presentar resistencia, por más que las opciones de victoria se ofrezcan remotas… y, por que, pese a la magnanimidad –que viene de serie- y el grandonismo, aquel desordenado afecto del orgullo, que hace que, si nos empujan, nos paremos y, tras arrancar con aquello de “¡No emburries, rapaz!” … se demanda a renglón seguido, con cierto retintín de desafío, por la causa del atropello, espetando con sequedad un: “¿Qué ye lo que pasa, ho?”

Mi abuelo Sebastián era miembro del Sindicato de los Obreros Mineros de Asturias, aquella formación fundada en 1910 por el benemérito mierense Manuel Llaneza; y que hubo de integrarse un año después en la Unión General de Trabajadores.

Picaba carbón Bastián en los años 30, y cotizaba al SOMA–UGT cuando la Revolución de Octubre del 34. Pero como, además, era el mayordomo de la cofradía de Santa Bárbara, cuando algunos exaltados en aquella seronda quisieron quemar  la capillina rural en Malvedo -allá en el concejo de Pola de Lena-, el paisano, dicen que dijo: algo así como que –¡voy a dulcificarlo, en el buen entendimiento de que el avisado lector sabrá transponer el mensaje a una literalidad razonable-!; dijo que no iba a haber entre todos los incendiarios gónadas suficientes, bien cuadradas ni capaces de segregar testosterona bastante como para prender la mecha y tirar la gasolina a la iglesia delante de él. Y, al parecer, no las hubo… De hecho, fue uno de los pocos pueblos donde no quemaron los santos, como se decía entonces… y Santa Bárbara –en este caso, patrona de los mineros; de la gloriosa arma de Artillería; y de mi hija- sigue allí, frenando rayos y apaciguando tormentas… “¡Santa Bárbara bendita!”

Por su parte, mi padre, Pepe el Roxu –por su pelo colorado; que no por su inclinación política- me dejó muchas otras lecciones bien aprendidas. Una –en línea con aquel, si-es-no-es, cierto remoquete de orgullo, rayano en lo soberbioso al que aludía hace un momento- era la que apostillaba que no se debe poner uno de rodillas, nada más que ante Dios. Y otra, y cito: “aunque yo, si volviera a nacer, volvería a ser minero; a vosotros –decía, refiriéndose a mi hermano Monchu y a mí-, ¡quiero más veros de cornetín de órdenes en La Legión, que de ingenieros jefes en el pozo!”

Aparte de lo que va dicho, que –espero- habrá podido servir de boceto para captar en trazo grueso algunos de los claroscuros de mi talante, de mi temple vital; debo añadir que –hasta a donde a mí se me alcanza- y, salvo Dios Nuestro Señor, al repartir a voleo los talentos y las capacidades, creo que nadie me regaló nunca nada.

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Al menos no creo tener contraídas grandes deudas, si no aquellas de la amistad –que como, por axioma, no se pueden pagar nunca como sería menester, lo que procede es dar tabaco y barajar-; y las del amor –que sólo con amor se pagan-; digo que creo poder decir alto y claro a quien lo quiera oír: ¡Que me pidan lo que les debo! … Sabiendo que nada habré de satisfacer por deuda.

Cosa distinta es que, además –y aquí lo del grandonismo y la esplendidez asturiana- a uno le guste y le salga espontáneo -sin artificios ni subterfugios- aquello de ayudar al prójimo: a quien sea y en lo que se pueda, sin esperar nada a cambio. Asunto aparte, es que uno sienta de ordinario compasión por los que peor están situados en el concierto social, por los que menos recursos recibieron, por quienes menos opciones tienen para triunfar en la feria de las vanidades de este pícaro mundo.

El que suscribe, no quisiera vivir en una sociedad que se llegara a sentir cómoda viendo que son tantos los que  se quedan atrás… Y por lo demás, está convencido de por sí –y de por casa– de que hay que trabajar siempre muy duro; de que no cabe otra que empujar y arrimar el hombro en función de los talentos recibidos, tratando de sacarle al duro, cuando menos, los veinte reales… Y, a sensu contrario, cree no poder encontrar peores rasgos de carácter, defectos más execrables en una persona, que una actitud indolente ante la vida, el vicio de la vagancia como consigna, y la pusilanimidad como coartada.

Ecce homo! -¡a ver si uno de Mieres va a ser menos que otro de Röcken, por mucho que éste alardeara de que podía enseñarnos a todos a filosofar con el martillo!- Ahí estoy yo: expuesto en lo anímico… Con más vicios que virtudes, cargado de defectos; pero -¡eso sí!-, con una inmarcesible voluntad de mejora y de propósitos de la enmienda, que casi nunca cristalizan en casi nada… ¡Y vuelta la burra al trigo y Sísifo a subir la piedra, ladera arriba!

– ¿Será mi sino?…

– ¡Seralo muy guapamente! Pero, vamos a ver: ¿a dónde quieres llegar con este artículo?

-Vayamos por partes. Un poco de paciencia; que lo que va dicho no fue sino faena de trasteo para poner al toro en suerte. Ahora se podrá entender lo que sigue, igual que, al decir de los teólogos, es, precisamente, “a la luz de la resurrección como se entiende al Jesús histórico”

De modo que, como acabo de declarar, lo poco o lo mucho que tengo, igual que a tantos, mi buen trabajo me costó conseguirlo; y lo bueno o lo malo que sea, no cabe atribuirlo, en el fondo, más que a mí mismo, a los procesos de socialización en que me vi incurso a lo largo de estos casi sesenta años de rodar por estas trochas; y a los hábitos adquiridos a fuerza de repetir voluntariamente actos: que si de inhalar tabaco, que si de leer de manera casi compulsiva; o de estudiar con gusto y afición… Por ello, como tiré por el derrotero profesional de la docencia, codos y esfuerzo fueron mis divisas. Y el caso es que, además de dirigir desde su fundación en 2003 la Cátedra de Ética Económica y Empresarial del ICADE, soy Profesor Propio Ordinario en la Universidad Pontificia Comillas (ICAI-ICADE) desde el año 1999.

Pues, señor, héteme aquí que el pasado fin de semana -el de 14/15 de abril de 2018-, subí a Asturias a celebrar con mi hermano Monchu su cumpleaños. Comimos en el Faro del Piles, en Gijón; estuvimos en la Folixa en la Primavera de Mieres, por la tarde; cenamos en Riosa… y cuando iba yo para mi casa, a eso de las once y media de la noche, suena el teléfono móvil. Miro a ver quién era y, al punto, supuse que se trataba de un error. La llamada venía del director de comunicación de mi universidad. Y dado lo intempestivo del momento, la rareza -por infrecuente- de la llamada, teniendo en cuenta, además, que a los pocos segundos se cortó el timbrado del telefonino, supuse que, muy probablemente, se habría tratado de un error, de un descuido, de un marcar sin querer, dándole a una tecla equivocada, al wrong number.

¡Pero no! Igual que le ocurriera al pobre cornudo de don Mendo cuando iba cerca de la cerca que pone fin a la alberca de los predios de Albornoz…con aquella voz que lo parara, al insistir, para proponerle jugar a Las siete y media… resulta que el teléfono volvió por sus fueros, insistiendo, terco, en la  llamada. No tuve otra: contesté… El diálogo se desarrolló, sobre poco más o menos, en los siguientes términos:

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-¡Hola, Juanma! Buenas noches. ¿Qué hay? Me pillas en Asturias…

Y él, nervioso y acelerado, tartamudeando…

-Oye, José Luis, perdona que te moleste a estas horas. Pero es que, ya sabes… los periodistas andan buscando, revisando los currículos de mucha gente y me han avisado de que han estudiado el tuyo…

-¿Y…?

-Pues que, al parecer, en el tuyo dicen que han visto que pone que eres “Profesor Ordinario, Catedrático”… y que, lo de Catedrático…

Aquí fue ello; allí fue Troya… ¿Ves, lectora amiga, cómo era necesario aportar claves biográficas para una cumplida hermenéutica?… A punto estuve de matar al mensajero…  -¡perdóname, Juanma, hijo!… Empecé con que Profesor Ordinario en la jerga universitaria -al menos en cierto tipo de universidades, como es el caso de la Pontificia Comillas-, es lo mismo, con exacta equivalencia a Catedrático. Quien quiera verlo, lea los Estatutos y comprobará que cuando se aborda la tipología de los docentes, se habla textualmente de que los Profesores Propios se dividen en: “Ordinarios o Catedráticos; Agregados; y Adjuntos o Titulares”… De modo que, la cosa no tiene mayor busilis: es pura tautología; al estilo de “el que viste y calza o el hijo de mi madre, el que suscribe… o yo mismo”. Es explicativo -como, por caso, decir que el “expendedor de certificados de bien-pensancia“, bien pudiera equivaler a “cantamañanas”, por decirlo cum grano salis…

Any way, la noche astur en primavera, las raíces firmes, la sidra, la sangre hirviendo, hicieron el resto y me convirtieron -objetivamente hablando- en un Profesor Propio Ordinario… muy ordinario. La ordinariez quedó palmaria… ¡Santo Dios, lo que pude soltar por esta boca! A los periodistas no los conozco… Juanma no quiso, ni quiere, ni darme sus nombres ni decirme, siquiera, para qué medios trabajaban… Lo comprendo. Es que, además, a toro pasado, vuelto ya a Madrid el lunes 16, me desayuno con el lío mediático en que una sedicente “lesbiana machorra” que ahora afirma fungir de “hombre afeminado” había metido a Comillas y a su padre rector… Así se explicaba el nerviosismo, el aceleramiento, la aturdidez y el lengua-traba del director de comunicación de la Universidad… Estaba el pobre en plena crisis, tirando de manguera, apagando fuegos… sin que le acabara de llegar la camisa al cuerpo… y voy yo y lo pongo todavía más nerviso…

Ya digo, puse a los plumíferos que indagaban en mi currículum, como no digan dueñas… Su árbol genealógico resultó convenientemente abonado -que si “menudos hijos de la gran puta”; que si “carroñeros”, que si “vendidos”, que si “mamporreros del PP”… La corte celestial hubo también de estar al tanto. Aquello, como decía mi buen amigo Narciso García Nieto, fue la órdiga, la reórdiga, la escojonación y el Te, Deum, laudamus: Te, Dominum, confitemur.

Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa… lo reconozco, lo digo de corazón… ¿Por qué no habré tenido más cuajo, más control de mí mismo?… ¡Agarré un rebote que me dejó, incluso, mal cuerpo al día siguiente… como cuando, de niños, cogíamos aquellas rabietas que nos dejaban, gementes et flentes,  agotados! Sólo que ahora, de niño, uno ya tiene bien poco… aunque, a veces, se comporte como tal.

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Porque, vamos a ver: Si la señora Cifuentes -que es por donde empieza todo este lío, montado, muy seguramente, para tapar a Chaves y Griñán, dicho sea de paso-; digo que, si la Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid metió la pata; y en el caso de que tuviera algo de vergüenza torera, un poquito nada más de dignidad política, lo suyo es que presentara la dimisión irrevocable. Si así no fuere, que la cesara su partido. Y si ni por esas, entonces que los de la oposición la echen con  cajas destempladas… Pero, en todo caso, que los periodistas no nos jodan a  los demás.

Que dejen de enchufar el ventilador y de extender manchas de aceite.  En la hipótesis de que, como parecen querer dar a entender, en todos los oficios se inflan los currículos… ¿invalidaría esta generalización la mala praxis de doña Cristina… (ya digo: en el caso de que tal sea)? ¡Naturalmente que no!… Si algo está mal, está mal… Si te han pillado con el carrito de los helados, !peor para ti, muchacho! Aplícate, en todo caso, el lema de las madres solteras… Ya tú sabes: “¡A lo hecho, pecho!”…

Ahora bien, si es mentira y se trata de un montaje, haría muy bien la presidente en sostenella y no enmendalla… pero, a renglón seguido, consolidada la cota, habría de saltar el parapeto, pasar a la ofensiva y, llegado el caso, explotar el éxito y no dejar títere con cabeza… Ir a por ellos, a por quien sea, a bayoneta calada… Si no lo quiere hacer… es su problema… Pero a los demás, que nos dejen tranquilos.

¡Ay periodistas, periodistas! ¡Ay, medios, medios! Cuando yo era pequeño, los paisanos en los chigres, al coger La Nueva España, La Voz de Asturias, Región, para leer el periódico, siempre empezaban con el mismo soniquete: “¡Estos no dicen nada más que mentiras… Bueno, no: hay dos cosas que siempre son verdad: la fecha y el precio!”

Pues ahora, aparte de querer marcarnos lo que debamos pensar y decir… -¡con este cura, van listos!-; al margen de que sean los que se encargan de repartir títulos de corrección política… no hacen sino generar noticias falsas, inundarnos con el sensacionalismo y las fake news… No sólo hacen mal su trabajo, sino que, al  parecer, nos quieren tomar por imbéciles…

Una pena; una verdadera lástima… Pero, también, una gran oportunidad para quien opte por el periodismo serio, profesional  y de calidad… para quien quiera ejercer de cuarto poder, sin venderse, bizcochable -Alfonso Guerra, el enterrador, cuando vestía luto por el barón de Montesquieu, dixit.

¡Y ya!… ¡Vale, Lucilio! ¡Ten salud! Yo, por mi parte prometo corregirme, enmendarme y, en todo caso, honrar al muy ilustre y benemérito gremio de los que, en las paradas, ayudan a que las yeguas no sufran más de lo necesario, al dirigir el miembro del caballo en el acto de la generación.

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