El problema pendiente de la seducción

Carecemos de una ética de la seducción pura, y eso constituye un verdadero problema para orientarnos en nuestro mundo y nuestro tiempo.

Llamaré ‘seducción pura’ a las formas de sugestión, persuasión, etc., que no encierran ninguna voluntad de injusticia ni de mentira. Son sinceras y bien intencionadas por parte de quien emite mensajes seductores de la manera más seductora posible (como los padres hacen siempre con sus hijos, por ejemplo).

La injusticia resulta siempre de alguna forma de coacción: violencia, amenaza, sometimiento, necesidad, engaño… que conduce la relación a un desequilibrio de explotación de uno(s) por parte de otro(s). Una variante frecuente de esa coacción es la manipulación, por la que intento introducir en la mente del otro como bueno lo que yo sé que no es bueno para él, un modo de vida que no querría para mí mismo. Eso no pertenece a lo que llamamos aquí ‘seducción pura’.

Indudablemente, la cantidad de asuntos pendientes de justicia en el mundo es enorme, incluyendo algunos capaces de liquidar la vida humana sobre el planeta (como el cambio climático) o de desestabilizar radicalmente la sociedad global según se manejen (como la financiarización de la economía o los movimientos poblacionales nacidos de la pobreza y la guerra).

Pero la lógica de las sociedades contemporáneas –la inmensa mayoría de ellas; no solo las ricas– está basculando (lentamente, si se quiere) de la coacción a la seducción. Conseguir la preferencia del otro por lo que tenemos para vender (sea un bien o servicio, un candidato, un modo de vida, una religión…) frente a competidores plausibles, es algo a lo que cada vez se enfrentan más ‘oferentes’ y más ‘demandantes’ en un mundo cada vez más plural.

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La coacción implica la restricción de la libertad del otro, para que no tenga más remedio que hacer lo que me conviene. El monopolio, la dictadura, la guerra, la necesidad extrema, la confesionalidad impuesta, la costumbre obligatoria, la pobreza… corresponden a este terreno en el cual la normatividad de la justicia resulta más familiar. Pero la seducción se dirige no a la restricción de la libertad del otro sino a su uso, a inclinar sus preferencias a favor de nuestra oferta, algo que un teólogo o un líder espiritual también pretenden hacer.

La seducción no pertenece en realidad al campo semántico de la coacción. Salvo que se pueda redirigir allí (la seducción cuyo objetivo es hacer injusticia o la basada en la mentira), la normatividad de la justicia parece poco aplicable a ella (“a quien quiere no se le hace injusticia”, decía el antiguo Derecho).

Pero los terrenos no coactivos de la vida social –los regidos por mercados, elecciones políticas, adscripciones religiosas y modos de vida escogidos… donde hay una real pluralidad competitiva– son cada vez más amplios, para una proporción cada vez mayor de las personas. La competencia en ellos no ocurre por la coacción sino por la seducción. Y si es sincera (el vendedor considera que su producto es realmente bueno, el predicador cree en lo que predica, el político propone medidas que piensa adecuadas…), ¿cómo podremos decirle a uno que no es legítimo que intente seducir con lo suyo, y a otro que sí lo es? ¿Qué criterio tenemos que sea diferente a nuestras propias convicciones sobre el tema, probablemente adoptadas a partir de habernos dejado seducir por unas ciertas ideas e imágenes?

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Este es un gran problema ético, si la ética consiste en buscar signos de orientación para la acción humana. Claro que se trata de buscar signos racionales, o al menos razonables. Si una propuesta puede demostrarse no-razonable, recomendaremos a la audiencia no adoptarla. Pero, ¿significa eso que negaremos a quien la emite la posibilidad de seguirla proponiendo, si no es injusta ni mentirosa?

Se trata de un tema mayor en nuestra cultura, porque:

  • La seducción pura constiuye un mecanismo omnipresente en nuestra vida, enraizado en la socialidad humana, no en sí una forma de alienación. Continuamente nos influimos unos a otros de maneras bienintencionadas y sinceras, de la cuna a la tumba. Y continuamente nos dejamos seducir, adoptando propuestas de modos de vida de los demás. ¿De dónde las sacaríamos si no? Esta forma parece ciertamente preferible a la coacción, a que nos las impongan.
  • Además, lo hacemos emocionalmente, y solo por excepción tras haberlo razonado. El discernimiento racional de propuestas sobre modos de vida, objetos de consumo, de elección política, etc., conlleva un tiempo y un esfuerzo que solo podemos destinar en unos pocos casos. Si se piensa que en una ciudad moderna cada persona recibe unos 3000 impactos diarios de publicidad comercial solamente, ya se ve que no podrá evaluarlos racionalmente todos y cada uno.
  • Nuestra cultura ha ido refinando sus métodos de seducción, de forma que desde el fabricante de salchichas al líder religioso, todos han aprendido a dirigirse muy eficazmente a nuestras preferencias emocionales, con imágenes, narraciones y símbolos más que con datos y argumentos. El que no lo ha hecho ya ha desaparecido de la competencia social, que en buena medida es competencia por seducir, por ser elegido, ganar clientes, feligreses o seguidores.
  • Y finalmente, no puede decirse que no haya problema, porque resultados acumulados de seducciones posiblemente bienintencionadas y no mentirosas, son la sociedad de consumo con su devastación social y medioambiental, la política de las emociones con sus demagogias, las dinámicas comunicacionales de la post-verdad donde el primero miente y un millón repite sinceramente…
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Así que tenemos un problema real: si no podemos reducir una determinada operación de seducción a injusticia o mentira, ¿cómo evaluarla moralmente, para saber si es buena o mala, legítima o no, si quien lanza el mensaje seductor tiene derecho a hacerlo? Se aceptan sugerencias, seductivas o no.

4 Comentarios

  1. Gracias, Anna. Yo diría que la ‘seducción pura’ (sin intención de injusticia o mentira, pero también sin dar razones ni proponérselo) ocurre continuamente: cada vez que alguien pretende atraer a otro a algo, haciéndolo parecer atractivo. La educación de los niños, los juegos galantes, la predicación religiosa, la publicidad de un buen producto, la campaña de un político que se propone lo que dice… son todos lugares donde fácilmente ocurre la ‘seducción pura’. Y no podría ser de otra manera en una sociedad compleja, ni siquiera creo que en una simple, porque el número de líneas de influencia emocional intencional (si no quieres llamarla ‘seducción’) es tan grande, que su procesamiento racional resulta imposible.
    A lo mejor el problema es solo con la palabra ‘seducción’. Si quieres cambiala por ‘influencia emocional positiva intencional’ (positiva en cuanto se basa en la atracción), y con eso quizás se arregla el problema terminológico.

  2. Querido Raúl: Como ya hemos tenido ocasión de conversar, me cuesta aceptar que la “seducción pura” no encierra ninguna voluntad de injusticia ni de mentira, como afirmas. Me he ido a la RAE a ver qué es esto de “seducir” y leo lo siguiente:
    1. tr. Persuadir a alguien con argucias o halagos para algo, frecuentemente malo.
    2. tr. Atraer físicamente a alguien con el propósito de obtener de él una relación sexual.
    3. tr. Embargar o cautivar el ánimo a alguien.
    Así que, desde mi limitado entender, siempre existe una intención y una acción algo maquiavélicas en el arte de seducir. Para mí seducir no es lo mismo que convencer. El segundo se basa en argumentos racionales mientras que el primero conlleva implícita una emoción, al menos por parte del seductor, cuestionable en su bondad.
    La RAE, de nuevo, define “convencer” como:
    1. tr. Incitar, mover con razones a alguien a hacer algo o a mudar de dictamen o de comportamiento. U. t. c. prnl.
    2. tr. Probar algo de manera que racionalmente no se pueda negar. U. t. c. prnl.

    Robert Green, en “El arte de la seducción” (Océano, 2011), se refiera al seducido como “víctima” y al seductor como aquel que sabe explotar una “fuerza de atracción, la capacidad para cautivar a la gente y tenerla a su merced”. ¿Se puede ser puro -o bien “ético”- forzando a los demás para estar a tu merced?
    ¿No será un oxímoron esto de la “seducción pura”? No querría extenderme, pero no sé si me seduce la idea de ser seducida por un “seductor puro”. No sé.

  3. Gracias, Fernando. Quizás el sábado escriba algo sobre el asunto, porque si restas las comunicaciones en sí abiertamente injustas o falsas, buena parte de esos puntos que mencionas quedan desactivados. Y sin embargo, todavía queda problema porque el procesamiento racional tiene un límite cuantitativo (solo tenemos determinadas fuerzas mentales: podemos despejar diez balones en un partido, no diez mil) y otro cualitativo (¿cómo te opones a algo que no tiene tesis, sino que la implica, según para quién? Por ejemplo, un chiste o una imagen). Así que llamar a la gente a emplear más la razón (la clave de la ética hasta el siglo XVIII) puede encontrarse límites en que la influencia se vuelve inevitablemente emocional.

  4. Muy acertado enfoque de la seducción, en la era de la supecomunicación de influencias e “influencers”. Y la que vendrá…
    ¿Cómo evaluar la seducción moralmente? Unas sugerencias:
    1. Es una necesidad actual, pero también lo era antaño.
    2. Reforzar la capacidad racional personal sobre la emocional.
    3. Socialmente, reforzar la educación formal y la informal tan abundante (los medios omnipresentes).
    4.Insistir en el refuerzo moral del yo, lo más importante.
    5. Autoregulación de los grandes comunicadores institucionales.
    6. Regulación, aunque mínima, de las malas prácticas de seducción.

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