Primeras claves de lectura para la serie: El espectáculo histórico de la aventura humana en economía

Lo que voy a exponer en este post, debiera ser entendido por parte de quien leyere como un, a modo de, excursus epistemológico-argumentativo. Las ideas que vaya presentando en los párrafos siguientes, se orientan a la exposición de algunas consideraciones que asumo como criterios fundamentales de cualquier ejercicio intelectual que aspire a presentarse como mínimamente honrado. Quisiera, naturalmente, que las afirmaciones que vaya tratando de dejar sentadas a continuación dotaran de sentido en sí mismo al presente escrito. Ahora bien, más allá de todo ello, me gustaría conseguir que quedara convenientemente formulado el tenor interpretativo y la clave de lectura de la serie de sucesivos artículos que pretendo compartir en las próximas entregas respecto a lo que, en su momento, di en titular bajo el rubro de: El espectáculo histórico de la aventura económica de la humanidad.

Recordará el lector asiduo que, con nuestra anterior colaboración en este blog, habíamos querido  abrir una senda que, como digo, nos pide caminar a lo largo de algunas de las próximas entregas por una vía que, a mi entender, resulta fascinante: la que nos encamina a la contemplación de la gran película de la Humanidad buscándose la vida; esto es, luchando por asegurar la supervivencia material; y dando con ello cumplimiento y salida, más o menos cabal, a la dimensión económica de la vida humana en sociedad.

Se trata de algo básico, perentorio, conditio sine qua non para cualquier otra cuestión, ya se trate del desarrollo cultural de los pueblos; ya del progreso en la dimensión moral, política y religiosa de las sociedades humanas.

En esto, como en muchas cosas -en otras, es claro que no-, Marx apuntaba con buen tino, al señalar como clave explicativa de buena parte lo que encontramos en las distintas formaciones sociales, aquello que en la jerga marxista se denomina la infraestructura material. Esta no es otra cosa que la manera como en las distintas épocas y etapas históricas y de acuerdo con la tecnología disponible en cada momento, los humanos han ido dando respuesta a la necesidad de conseguir, en su caso, de producir y de distribuir los recursos que aseguraran la subsistencia personal y la permanencia y viabilidad del grupo social.

De ahí, a tirar la línea más allá de donde se debiera, y declarar de manera pomposa, pero sin aducir pruebas convincentes, que es la realidad, que es la vida que produce la conciencia; de ahí a dejar sentado que de la infraestructura material es de donde dimana como reflejo automático la superestructura -esto es, las ideas, la Filosofía, la Ética, el arte, las creaciones de cultura, la política, la religión, como pura droga, opio del pueblo y para el pueblo…-; de ahí a calificar la superestructura, siempre y en todo lugar, ideológica -esto es, distorsionadora, encubridora de la verdadera dinámica que hace rodar al mundo y la historia, la lucha de clases; digo que, de lo uno a lo otro, hay un trecho, un hiato inasumible desde una consideración puramente lógica. Non sequitur. Se ha producido una inferencia ilegítima y, en consecuencia, falaz.

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Aunque, sin duda, las tesis marxianas a este respecto suenan bien y parecen tener sentido, sin embargo, las cosas son mucho más complejas y la realidad sociocultural de cualquier momento, incluido el actual, no parece compadecerse del todo con el diagnóstico. La economía, la política, la tecnología, observadas en conjunto, a mí me parece que no dan muestras de encajar de forma exacta en los rígidos moldes del materialismo históricoHistmat-; por más que, como digo, haya que suscribir la relevancia indiscutible de lo material y el trabajo como pieza clave a la hora de interpretar, tanto la filogénesis de la historia humana, cuanto la ontogénesis y la emergencia de la propia realidad antropológica… toda vez que, en ello estamos también de acuerdo marxistas y católicos, es el ejercicio del trabajo –laborem exercens– lo que humaniza a la persona.

Respecto a las discrepancias, conviene recordar cómo, entre otros, Max Weber no hubo de tardar mucho tiempo en ponerles los puntos sobre las íes a las tesis de Karl Marx, apelando para interpretar y comprender la realidad sociológica a una explicación opposita per diametrum de la marxiana.  Afirmaba Weber que eran las ideas, las creencias, la moralidad, la fe religiosa, las aspiraciones más elevadas; en suma, si se me permite la licencia en la formulación, que era la conciencia, la que determinaba a la vida, que eran las ideas, las creaciones de conciencia las que explicaban el mundo social, la dinámica económica y el entramado político.

Así, por ejemplo, no es que la lucha de clases entre opresores y oprimidos y las condiciones objetivas de la formación social del feudalismo  hubieran dado lugar al desarrollo del comercio internacional, a la filosofía del siglo XVIII, a la Ilustración, a la ciencia económica moderna –Adam Smith y La Riqueza de las naciones-a la Primera Revolución Industria, a la acumulación de capital… sino que más bien todo ese espíritu del capitalismo habría resultado, más bien, de los postulado religiosos y morales de protestantismo de encaste calvinista…

Naturalmente, esta manera de ver las cosas, está en los antípodas de quienes asumen que los eventos sociales discurren de manera encadenada y cuasi automática, de acuerdo a los patrones metafísicos que Marx aplicaba a la esencia de la Historia y que Engels extrapolaba más allá, haciéndolos extensivos a la realidad en su conjunto con su postulación ontológica de un  materialismo dialécticoDiamat-, en supuestas condiciones de explicar, no sólo, el salto cualitativo de lo inerte a la vida, sino también, desde la esfera biológica al más complejo, abierto y libro ámbito de lo humano.

¿Quién tiene razón: Karl Marx y Friedrich Engels o Max Weber?

Las tesis son irreductibles, contrarias. De modo que, atentos a los principios de no-contradicción, al de identidad y al de tercio excluso, si la una es verdadera, la otra no puede serlo al propio tiempo. ¿Podrían ser ambas erróneas? Pudiera ser… que la capacidad humana -y pienso yo que, incluso, la inteligencia Artificial- dan de sí lo que dan de sí… y nunca van a ser capaces -insisto, pienso yo– de llegar al noúmenon, de dar con la cosa-en-sí, das ding an sich kantiana, quedándose siempre en meras probabilidades… más ajustadas, sí; pero probabilidades, al fin y a la postre. Que topar casualidades, sigo pensado, está reservado a inteligencias de cualidad otra que la humana y la Artificial, por más sofisticado y deep que se quiera suponer la machine learning del futuro.

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Ahora bien, si nos atenemos a las claves de interpretación  que nos conciernen, cabe siempre preguntar: ¿cuál de las afirmaciones parece tener mayores visos de credibilidad y a cuál prestaremos más consideración a la hora de tratar de arrojar algo de luz sobre la actividad económica; respecto de la estructura social; en referencia la dinámica cultural: y en lo que toca al encauzamiento político de la vida humana? ¿Apostamos por el marxismo o nos arriesgamos con Weber?

En esto -al igual que afirmábamos en un post de hace unos meses respecto de la Ética- tampoco cabe demostrar… A lo sumo, debiéramos conformarnos con que lo que se afirme tenga un pase… resulte, cuando menos, verosímil… ¡Y allá cada cual con sus prejuicios!; ¡que cada quien dé cauce a sus querencias!; ¡no le quitemos a nadie, por principio -y salvo inminente daño para los demás inocentes- sus opciones personales… con la carga de fiducia que todo ello conlleva, siempre!

Por mi parte tiendo a inclinarme más a la banda weberiana que a la marxista. Pero, ya digo, ni puedo ni quiero tratar de convencer a nadie desde la apodicticidad de una conclusión, si no peregrina del todo… cuando menos, tampoco adjetivable de científica.

Todas las ideologías -entendido el término “ideología” en este contexto, no con la connotación marxista a que hice referencia un poco más arriba, sino como simple denotación de un conjunto de ideas y creencias que una persona opta por asumir-; digo que todas las ideologías, todas, en última instancia penden de un salto mortal lógico. A saber, el que nos anima a pasar de la narrativa del ser al argumentario del deber-ser. La cosa no por vieja -ya David Hume la había desenmascarado hace camino de doscientos cincuenta años-; digo que no por antigua ha dejado de ser menos real. Al contrario, está uno tentado a decir; pues da la impresión de que cada vez se afianza más el esquema profundo que anima el razonamiento en esta suerte de falacia naturalista.

Recuérdese la famosa Tesis XI sobre Feuerbach: las ideologías tratan de explicar, de interpretar la realidad… Pero no son la realidad. No pasan de constituir, en el mejor de los casos, aproximaciones provisionales, modelos transitorios, esquemas momentáneos con cierta plausibilidad y que, en tanto no resulten falsadosPopper dixit, tal vez pensando en doña Carmen Calvo la actual vicepresidente del gobierno de España, que, cuando, en tiempos de ZP, mandaba en el Ministerio de Cultura, desconocía el sentido de aquella expresión latina, a la que -¡santa ingenua, tierna ignara!- conectaba con dos pececitos de dibujos animados, mientras, según confesión propia, despachaba con los alcaldes en bragas; eso sí, desde su cuarto de baño-; dícese que las ideologías -todas las ideologías, insisto; siempre que no resulten dañinas, peligrosas, descabelladas…- , en tanto no falsadas, merecen, en principio, ciertos derechos. Lo que nunca debieran pretender es a gozar de privilegios de ningún tipo. Y mucho menos, a querer otorgar patente de bienpensantes a los que suscriban determinadas tesis en línea con la ideología; y a condenar con las penas del infierno no sólo a quienes impugnaren en parte o ex toto alguna de aquellas afirmaciones, sino incluso a los que osaren cuestionar, siquiera un ápice, de algunos de los asertos del corpus ideológico en cuestión, por más que, a un análisis mínimamente riguroso, pudieren ser reputados como auténticos disparates.

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Para no hacer largo en exceso este post, quédese en este punto el desarrollo de las consideraciones epistemológicas que venimos haciendo. Digamos, de todas maneras, que, al margen de lo que va dicho, todavía nos queda por justificar la opción que nos está llevando a poner a la economía como objeto de estudio y reflexión, en el marco más amplio de la historia de la cultura humana. ¿Por qué no nos dedicamos a hablar, por ejemplo, de literatura o de Filosofía? ¿Qué significa este decantarse por nuestra parte hacia lo material; esta preocupación por entender el sentido de lo utilitario; este enfocar los razonamientos sobre la dimensión económica de la vida humana? ¿Es que no hay esferas más importantes y que merecen más la pena?

Como digo, la cosa requiere una explicación de nuestra parte. Por consiguiente, a ello dedicaremos el próximo artículo; que habrá de tener, entonces, un cariz complementario del que acabamos de redactar. De la suma de los dos cabrá inferir -al menos, así lo espero– el  cierre del círculo hermenéutico desde el que entender nuestra particular síntesis de la actividad económica y empresarial.

Con todos los caveat implícitos en lo que va expuesto y en lo que hayamos de exponer en la próxima entrega; desde una actitud intelectual de sincera humildad, pero con toda la pretensión de apuntar con buen pulso y mejor suerte a la comprensión de algunas de las verdades que la historia de la actividad económica guarda entre los pliegues más recónditos del humano vivir; y habida cuenta de que en la primera entrega de la serie ya habíamos llegado a la altura de los siglos XVI-XVIII, una vez demos satisfacción a la pregunta que nos pide razonar el por qué de nuestro interés en la vertiente económico-material de la vida y la historia humanas, nos emplazaremos para abundar en algunas consideraciones clave de la economía  europea -agricultura, comercio, industria, artesanía, modelos de organizativos y de gestión- del momento previo a la Primera Revolución Industrial.

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