A medida que la edad avanza, ya solo las cuestiones esenciales interesan. Cuesta mucho tiempo descubrir cuáles son realmente, porque la falta de sosiego de la vida cotidiana y el ejercicio de la profesión (sobre todo, cuando esta consiste, precisamente, en ser profesor, que es como ser profe-sional al cuadrado…) nos mantienen en una pluralidad de problemas solo bajo la cual caemos más adelante en lo esencial.

Hace pocos días, un joven amigo lleno de talento, de espíritu, de ansia de vida, me planteó de pronto la obligación de que lo instruyera sobre el cristianismo. Y enseguida comprendí que el primer movimiento del profesor -el de dar una bibliografía- no tenía para este caso sentido ninguno. Cada vez que algo así surge, un individuo queda ante otro, en una situación nueva y única.

Inmediatamente se viene a la cabeza y a los labios lo que siempre repitió Kierkegaard: nada más arduo, nada más apasionante, nada que sea mayor fuente de alegría y de paz -aunque pase por los abismos de la desdicha-.

La clave del cristianismo en sentido práctico, moral, psicológico, es: He aquí que todo lo hago nuevo. Lo imposible sucede. Nuestro pasado no decide ya de nuestro futuro. El peso inmenso de cuanto parece ya inalterable se vuelve liviano (lo lleva el Crucificado). El perdón es la clave de todo lo real. No un perdón fácil, desde luego; pero es que ser perdonado es lo imposible mismo. Ser amado (que es siempre ser perdonado) es lo imposible, lo inmerecido, cuando el amor es puramente tal. El presente desconsolado halla ahora mismo su consuelo, aunque sea un ahora que llega años después en el humano cómputo.

Pero si a alguien se le dice esta enormidad queriéndolo, ¿no ayudará el escucharla a sentir la propia existencia como un milagro que podría tener este fundamento? Sin embargo, ¿se puede decir a otro ser humano que el milagro absoluto y de cada instante es que está siendo amado por el amor perfecto y eterno? ¿No es ya esto siempre tomar en vano el nombre de Dios? ¿No es afirmar lo más increíble? De hecho, si buscáramos una proposición del todo inverosímil, quizá no podríamos ir más allá de esta; porque su opuesto -que quepa un odio inmutable y perdurable- quizá la experiencia nos persuade de que es un punto más creíble…

Miseria de la condición humana. En efecto, un cristiano que esté cerrado a perdonar él mismo a los demás, incluso antes de que le sea pedido su perdón, no puede pretender llamarse seriamente cristiano. Y un cristiano que se acerca al otro, a cualquiera, al simplemente prójimo, sin la menor voluntad de hacerle bien (e incluso quizá sin estar abierto a sentir algo de positivo afecto por ese otro prójimo), es que está cerrado a perdonar. Pero rezará al menos una vez al día el padrenuestro, que le devolverá una dura verdad acerca de sí mismo…

Vivir es hacer la experiencia plenamente verdadera de los misterios de la realidad, tanto de los gozosos como de los dolorosos. Más vale tener que hacerla; y todo aquel que se ve embarcado en ella es ya de algún modo un Job -un Job que no necesariamente repite todas las etapas por las que pasó esta imagen central de nuestro ser-.


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