Prestigio social

(Pequeño homenaje a los educadores de menores)

Prestigio, consideración, reconocimiento social, todos ellos son términos más o menos equivalentes. Hacen referencia a la valoración, a la importancia que da la sociedad a una actividad, o profesión y a quienes la representan.

El prestigio social es una vía de doble dirección. Por un lado, es la consecuencia de desarrollar una tarea, de ejercer un rol y suele llevar aparejada otra serie de atributos como el estatus, el poder, o el reconocimiento económico. Pero por otro, también puede entenderse como causa de un determinado modelo de cultura, de una escala de valores, de lo que se considera más o menos importante, más o menos valorable en nuestra sociedad.

Si comparamos qué nos pide la sociedad, nos encontramos con que:

  • A un cirujano cardiovascular le pide que trasplante un corazón; a un educador de menores le pide que el chaval consiga estabilizar su afectividad, controlar las emociones, recuperar la capacidad de querer y ser querido, “curar todas esas disfunciones del corazón”. ¿Qué es más difícil?
  • A un ingeniero de telecomunicaciones, que haga posible que podamos comunicarnos con Australia (con cualquier parte del mundo) al instante y “sin hilos”; a un educador de menores le pide que enseñe al niño a comunicarse de forma positiva, abierta, confiada y constructiva, que se comunique con sus padres, con sus iguales, con otros adultos, con quienes nunca lo ha hecho. ¿Qué es más difícil?
  • A un economista (a un bróker) que haga crecer tus ingresos de forma exponencial, que haga maravillas de “ingeniería financiera”; a un educador de menores, que encima tenga que estar al frente de una institución, le pide conseguir sobrevivir, mantener y si es posible hacer crecer los centros, las entidades, los programas … con subvenciones menguantes, contratos mal pagados y donativos. ¿Qué es más difícil?

En resumen, de los educadores de menores, la sociedad “sólo” espera… que le cambiemos la vida, que le “arreglemos” la vida a una persona; que convirtamos a ese niño maltratado durante años, vulnerable, lleno de carencias, en un adulto maduro, estable, instruido, productivo laboralmente, integrado, buen consumidor, poco reivindicativo y que aporte al PIB nacional.

Y a cambio de esa encomienda, la sociedad qué ofrece: “¿Trabajas con menores? ¿No me digas? ¡Qué mérito!… Hasta luego”. Sí, tenemos toda su compasiva admiración. Del prestigio social de las otras profesiones, no hace falta que les hable.

P.D. Que conste que tengo gran aprecio por médicos, ingenieros y economistas.

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