¿Presencia de la espiritualidad en la formación universitaria?

Seguimos la reflexión de la entrada anterior sobre si la universidad es un lugar para espiritualidad. Si nos quedamos en el sentido común vigente, esta pregunta ya está resuelta. La repuesta sería negativa. No puede serlo, además, si lo fuera, sería el fin de la universidad como espacio de racionalidad y de crítica. La formación universitaria regida por el conocimiento tecnocientífico disponible, se posibilita por un ejercicio de la razón objetivable y universalizable, validable ante cualquiera. La espiritualidad, en esta lógica, sería un espacio de lo particular y subjetivo, de lo no comunicable si no se comparte un mismo mundo de sentido. El ámbito de las creencias no objetivables o el reino de lo arbitrario.

Frente a esta forma de ver la cuestión, para que sea posible una reconsideración de la misma, hay dos perspectivas nos pueden ayudar a avanzar. Por ello, tratamos de pensar la respuesta desde la perspectiva de un diálogo intercultural y desde una mirada postsecular.

Un diálogo intercultural para una reconstrucción actual de la formación universitaria

La perspectiva intercultural nos pone en alerta de que el modelo principal de universidad que hoy rige en Occidente y en sus proyecciones globales es una construcción histórica con sus propios presupuestos culturales. En este caso, se trataría en síntesis de una forma definir la universidad desde una modernidad ilustrada que busca la producción y socialización de un conocimiento tecnocientífico para el dominio de lo natural o de lo social, y que finalmente suspende la pregunta por sus implicaciones espirituales.

Ello presupone una genealogía histórica y un contexto sucesivo de producción. No es una forma absoluta, a-histórica ni única de entender o construir la misión de la universidad. Dentro y fuera de Occidente hay, o hubo, otras formas de entender la misión universitaria. Por ello, nos preguntamos, ¿es posible un diálogo y una reconstrucción del modelo de formación universitaria desde otras tradiciones y desde otros lugares que enfrente de nuevo esta pregunta por sus implicaciones espirituales?

La perspectiva intercultural presenta el desafío y la oportunidad de contribuir al mismo desde un diálogo que no sea la simple repetición monológica y monocultural de esa construcción histórica. Nos trae el recuerdo y la posibilidad de la diferencia y muestra el contexto de poderes desde los que se ha definido la cuestión, preguntándose por la calidad humana y racional de una construcción que no puede justificarse únicamente como una lucha histórica por imponer un modelo y desplazar otros. Por ello, permite ver en ese juego de diferencias, muchas veces negadas o marginadas, la oportunidad para repensar los desafíos comunes de la humanidad en su pluralidad.

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Una mirada postsecular

Si la perspectiva intercultural se puede aplicar en un diálogo de tradiciones o de sujetos plurales, dentro y fuera de Occidente, una mirada postsecular, nos sitúa en un ámbito de diálogo específicamente occidental. El proceso de secularización es un proceso socio-histórico típico de Occidente, con sus raíces más cercanas ya en la propia Edad Media, cuando empieza a considerarse la posibilidad de un conocimiento científico “etsi Deus non daretur” (como si Dios no existiese).

Este principio para el avance de la ciencia es absolutamente pertinente. “Dios” no puede ser una referencia que nos evite ahondar y dar cuenta de una intelección progresiva de la realidad. Otra cosa, más bien discutible, es negar la legitimidad e incluso razonabilidad de explicaciones teológicas y de cosmologías que nos proponen una interpretación sobre el fondo último de la realidad ante las que el sujeto tiene que decidirse.

La modernidad ilustrada que posibilita el actual modelo de pretendida exclusión de lo espiritual, se va definiendo como un proceso de “desmitologización” y de secularización. Pero los mitos no desaparecen del horizonte humano por su mera superación o reemplazo por la tecnociencia. La tecnociencia puede actuar también míticamente como una explicación global y de sentido que no pueda ser revisada en su impacto humano por su carácter “racional-científico”.  El problema no reside en su cientificidad, sino en que esta se imponga o pretenda sustituir otras dimensiones de la existencia humana. Pero un modo de racionalidad que no esté abierta o que se imponga sin ser validada o criticada por los destinatarios, tiene más bien el carácter de imposición dogmática.

Por ello, es necesario un diálogo racional y crítico entre los discursos científicos de las diversas disciplinas empíricas y otras formas de pensamiento que arraigan en formas de experiencia espiritual y/o religiosa. Este sería un nivel de diálogo que busca superar la exclusión dogmática de la experiencia espiritual, y abre un nuevo contexto postsecular.

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Pero hay otro nivel de diálogo en el contexto postsecular donde también entra en juego la dimensión espiritual. Hay tener en cuenta que la dimensión espiritual no interviene sólo por cuestiones últimas sobre el qué y el para qué de la realidad ante las que tiene que posicionarse cada uno, sino más primariamente por la pregunta por cómo la experiencia o la propia tecnociencia se relaciona con el desarrollo del sujeto.

Interioridad y tecnociencia

¿Cómo vivir la ciencia, cómo vivir la profesión, cómo alcanzar alguna sabiduría interior o alguna forma de gestionar la interioridad que ayude a los propios sujetos en su propio desarrollo? Son cuestiones metacientíficas y cuya respuesta pone en juego la dimensión espiritual. Caben ilustraciones científicas de estas cuestiones, pero su valor es experimentado y reconocido por los propios sujetos. La ciencia no puede reemplazar de hecho lo humano, pues es un ejercicio de la propia humanidad. Aunque el espectacular desarrollo tecnocientífico puede afectar también a las capacidades humanas de manejar el curso de este desarrollo.

En este sentido, el problema de nuestro tiempo es que la subjetividad humana pueda llegar a ser domesticada, opacada o silenciada por medios y tecnologías que impactan sobre nuestra interioridad. El manejo de las subjetividades, su control externo es una reducción de la humanidad. Se dificultaría así la capacidad de hacerse y desarrollarse como sujeto de su propia biografía y del curso de la historia. De preguntarse, de buscar y elegir orientación en la realidad, de realizarse sostenidamente en el tiempo.

Otros modelos

En este contexto, podemos recordar que el actual modelo universitario occidental y globalizado trae causa de un proceso histórico que desplazó otros modelos anteriores occidentales, como el medieval donde había otra gestión de la espiritualidad. O a su vez, el implementado por los centros de formación universitarios jesuitas que formaron una amplia red global desde mediados del siglo XVI al último tercio del siglo XVIII. Este paradigma se vio abruptamente interrumpido por la exclusión decidida desde los núcleos de poder occidental debido a diversas causas políticas, económicas, culturales o eclesiásticas.

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Los centros jesuitas fueron no sólo lugares de formación universitaria, sino que aunaban también la producción de pensamiento filosófico o teológico, y el cultivo y desarrollo de las ciencias. Pero en la formulación de este paradigma de formación, según la Ratio Studiorum o la regla y razón de los estudios que desde la Compañía de Jesús se debían desarrollar, tanto en un nivel básico como en un nivel superior, nos encontramos con una perspectiva que integra el conocimiento en un horizonte existencial amplio.

El centro no es el conocimiento o alcanzar una tecnología para el dominio natural o social. No se trata de privatizar ni de dejar al arbitrio de cualesquiera poderes sociales la definición de las cuestiones de valor ni de sentido. Ni tampoco de dejar fuera de consideración a los propios sujetos y de cuestionarse reflexivamente por la forma en que se relacionan con las otras instancias, inclusive por cómo se relacionan consigo mismo y de buscar una adecuada realización en el conjunto de la realidad. El desarrollo de una correcta autonomía de los sujetos no pasa por suspender estar preguntas sino por tratar de responderlas desde sí mismos y en diálogo. La actualización de este paradigma histórico lo conforma el denominado “paradigma pedagógico ignaciano“.

¿Una universidad intercultural y postsecular?

Como conclusión, destacaríamos que las respuestas que se den ante las implicaciones espirituales de la formación universitaria no son sólo particulares, sino que necesitamos cuestionar la reducción o la pretendida exclusión de lo espiritual de la actividad propiamente científica y universitaria. La universidad también puede estar abierta e inspirada en tradiciones sapienciales de la humanidad. Su razonabilidad y su proyección social conforma la riqueza del patrimonio cultural de la humanidad. Un patrimonio, complejo y plural, que sigue en construcción y búsqueda, pero que puede seguir alumbrando las necesidades comunes de los seres humanos, si se superan los prejuicios que siguen pesando sobre estas cuestiones y que niegan de partida el diálogo.

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