El poder de influencia de la prensa, y más ampliamente de los medios de comunicación, vuelve a centrar el debate público en los últimos días. Una vez más, hay que “agradecerle” a Trump la oportunidad que nos brinda para dedicar un tiempo de reflexión al papel que juega el periodismo en nuestras vidas y para nuestra libertad.

Señalaba en uno de mis anteriores post que la transformación digital está tambaleando los cimientos de muchos negocios al uso. Y éste, el de la prensa escrita, es uno de los que más está sufriendo.

Durante décadas, la prensa tuvo que competir duramente con la radio y la televisión. Peleaban por captar la atención de una ciudadanía que, en general, es poco proclive a pagar por informarse. Ofrecer un precio competitivo se conseguía a costa de dedicar páginas y páginas a publicidad. Se incluían ahí rentables anuncios clasificados, algunos de dudosa calidad moral.

La llegada de internet revolucionó el modelo de negocio. El precio de la publicidad cayó radicalmente al mismo tiempo que el número de suscriptores. Los anunciantes fueron reduciendo el presupuesto dedicado a esta forma de darse a conocer. ¿Cómo podían sobrevivir los periódicos ante este panorama de una mayor competencia luchando por una menor porción de pastel?

Se tentaron todo tipo de propuestas para realizar el sorpasso a las ventas, las suscripciones y la publicidad. Los primeros conatos se dieron con los accesos de pago (paywall o muro duro), que tras un lustro de relativo éxito en algunos periódicos -especialmente en Latinoamérica- están ahora volviendo a la palestra. Vocento, por ejemplo, viene potenciando recientemente esta fórmula, limitándola, eso sí, a sus portales regionales.

Junto a este modelo de financiación conviven otros mixtos. El soft paywall o metered model consiste en ofrecer gratuidad hasta cierto límite de artículos, superado el cual, se cobra. Otra opción es tener acceso libre a la información general, pero luego pagar para leer determinados contenidos más elaborados. En este modelo freemium se cobra por leer informes o reportajes especiales.

Si el lector accede hoy a cabeceras como ‘The Guardian’, encontrará un llamamiento a su conciencia con un mensaje comprometedor: “Por menos del precio de un café durante una semana, puedes ayudar a asegurar el futuro de este periódico. Apoya el periodismo por 5€ al mes”. Es el modelo de “donaciones” y apela a la corresponsabilidad del lector para garantizar un periodismo de calidad. Ese que aspiran a ejercer unos profesionales a quienes los avatares de la era digital están desangrando.

Todas las mencionadas son alternativas válidas pero a la vista insuficientes para asegurar la sostenibilidad de la prensa escrita. El riesgo que corremos si no nos volcamos en reconocer -y eso implica pagar- el trabajo de calidad de los periodistas, es enorme. Está en juego nuestra propia libertad.

Si forzamos a los medios a caer en el negocio de la venta de datos a empresas financiadoras, estamos perdidos. Quedaremos inevitablemente expuestos a una manipulación de contenidos para diseñar, ad hoc, diarios que atraigan a los públicos que demanden estos potentados financiadores. Nos tocará leer lo que los propietarios o patrocinadores de turno deseen que leamos.

Ante la piel de cordero de la “customización”, que adapta contenidos al perfil dibujado por nuestras cookies, encontraremos al lobo que selecciona noticias por nosotros para podernos así vender sus productos. Y, de paso, modela nuestra identidad a su gusto.

Habrá llegado entonces el ocaso de la intelectualidad y habremos agotado toda posibilidad de pensamiento libre. Y aquellos buitres satisfechos con la caída de su presa se relamerán, entre twitter y twitter, alegrándose por volver a atar en corto a quienes creían “fuera de control“.

 

Imagen: Garzón (tomado de canalcultura.org)