La palabra posverdad forma parte de lo esencial alcanzado del 2016. Nos hemos acostumbrado a ella en los artículos de opinión de todo signo e índole. Y sorprende ver que incluso analistas de actualidad e incluso políticos la usan sin rubor. Mis alumnos, como tantos otros, no saben de qué estamos hablando, aunque vivirán sus consecuencias. ¿Cómo influye la cultura digital en este fenómeno? ¿Qué es la posverdad en redes sociales?

Cuando hablamos de posverdad nos referimos a un discurso público, generalizado sobremanera en los últimos debates, en los que se va más allá de la verdad. El primer objetivo, al modo de los antiguos sofistas, es conectar con las emociones y sentimientos del auditorio, alcanzar su situación vital. Y una vez hecho este esfuerzo, ganando su credibilidad (o credulidad), construir un relato que explique, sin culpa alguna ni responsabilidad de su parte, el origen de sus circunstancias. Por supuesto, mintiendo, contando parcialmente las cosas, volviendo superficial lo esencial, o sencillo lo complejo. “¡Es por esto!”

Sobre esta cuestión, y de aquí el título, tiene mucho que decir el contexto digital en el que nos movemos y el modo como hoy llega y se transmite la información. Un fenómeno esencial a nuestros tiempos es que el receptor se convierte en difusor a su vez, en elemento de la cadena de masas. Siempre fue así, de algún modo, pero nunca antes de forma tan potente y con semejante alcance.

Cómo se muestra la posverdad en redes sociales

  1. Los lenguajes comprimidos.  A pesar de la valía de Twitter en muchos sentidos, hay que reconocer que infinidad de cosas no se pueden concentrar en 140 caracteres. Se presta a muchas confusiones, a malentendidos o visiones parciales. Pero mucho menos en un #hahstag. Sin embargo, son estos últimos los que crean tendencias de opinión y corrientes que se van polarizando. Participar en una conversación de masas de semejante índole es casi imposible. La oleada de mensajes que se cruzan es tan rápida que no da pie a tratar determinados asuntos con el sosiego necesario.
  2. Los lenguajes visuales. Hoy como nunca sabemos transmitir con imágenes. Cualquiera puede hacerlo, con o sin texto. Y según qué perfil de edad, es su mensaje preferido, aquel que acogerá con mayor agrado. Destellos que provocan impacto, que causan una reacción, que vinculan lo que se dice a una emoción. Estos lenguajes, como ya sabemos, son fácilmente manipulables y sólo destacan una parte. Pero se convierten en virales, pasan de mano en mano a través de teléfonos móviles inteligentes de última generación. Su potencial es inmenso. No en vano se habla con mucho acierto de memecracia, el poder de la burla, de la ridiculización o de la palabra fácil.
  3. Estudiamos las tendencias de masas. A diferencia de los datos que podían en otros tiempos reflejar las encuestas, hoy existen millones de datos en la red dispuestos a ser analizados. El oficio de “caza tendencias” ya no es un ojeador que pasea por la calle, sino que mira de forma general en internet descubriendo talentos. Y de igual modo los analistas de big-data ponen todo su conocimiento al servicio del estudio preciso de aquello que “el común”, “la inmensa mayoría” quiere escuchar, o de lo que se siente parte, o de sus frustraciones y necesidades. De tal manera que quien prepara el discurso dispone de una especie de mira-telescópica de alta precisión para acertar con sus palabras.
  4. Aumenta el ruido social. Otro aspecto a considerar es la profusión ideológica, constante y continua. Determinadas redes sociales, con que tengan dos usuarios muy activos en una dirección, te obligan al menos a pasar los ojos por contenidos del todo escandalosos o exagerados, sin oportunidad de réplica. Se producen miles de tweets en torno a un #TT, y hay #TT diariamente en diferentes ámbitos o regiones del mundo. Lo cual significa que se habla mucho de lo mismo, con etiquetas por sí mismas ya tendentes, cuando no directamente ideologizadas. Cada comunidad busca demostrar que es “más” influyente que las otras, como si el número fuera lo que realmente da significado a lo que se defiende. La verdad se mide en cantidad, en los tiempos de la posverdad, no de la cualidad o competencia de quien la propone o la busca. Muchos piensan que la ciencia tiene una verdad absoluta, a diferencia de los científicos que conocen su campo de estudio y que saben lo mucho que ignoran, cuando han alcanzado realmente sabiduría.
  5. En encierro en “lo propio”. Las comunidades digitales cerradas, que como he dicho en otras ocasiones tienen a formarse en estos aparentes espacios abiertos y plurales, se retroalimentan a sí mismas. La radicalización en los medios digitales y redes sociales es un hecho comprobado en todos los ámbitos de la vida. Nos volvemos “más” de la pata de la que cojeamos con anterioridad a fuerza de leer contenidos en la misma dirección y ver cómo otros muchos la apoyan, de modo que se pierde el interés por el diálogo con el otro, que piensa diferente.
  6. Conformismo de sofá. Pasamos rápidamente de un tema a otro, creyendo haber hecho algo. Firmamos peticiones, que aunque sea una denuncia valiosa no puede ser el último paso que se dé. Como tampoco compartir el hartazgo con la corrupción o la violencia resulta determinante en el contexto social sin una acción ulterior. La acción suele ser nuestra palabra más seria en un asunto, porque hemos dejado de tomar en serio nuestras palabras. Luego en este conformismo plácido del sofá, de la crítica y el comentario fácil, cuando no anónimo, termina toda nuestra vinculación y preocupación por el problema. Muchos se preguntan qué más pueden hacer. El siguiente paso resulta ser de otros.
  7. Emotividad, a flor de piel. La cultura visual impulsada por redes sociales como YouTube tienen también mucho que ver en esto. Vídeos fragmentados, discursos que cautivan al auditorio. Vende la conferencia breve y vacía de contenidos, cuyo objetivo es decir lo estupendo que es quien escucha. Al modo de las artes sofísticas, sin interés algunos por la búsqueda de la verdad al descubierto, con la pretensión de hacer sentir bien (sentir como sensación meramente) al auditorio, que se contagie el entusiasmo. ¿Qué es aquello que hoy resulta más aceptable? ¿No se acoge con enorme facilidad un discurso buenista carente de esencias, por muy lejos que aparente llegar?