Por una cultura digital activa democráticamente

La reflexión sobre la relación e impacto de la cultura digital en las democracias modernas está pendiente. Cabe hablar de una democracia digital, de la relación entre la cultura digital y la democracia. Quizá nos faltan datos o sólo somos capaces de analizar tendencias. Pero lo cierto es que llevar un smarthphone en la mano nos convierte, casi de suyo, en agentes sociales en una plaza pública común, que es lo que en realidad genera internet. La red es un espacio abierto y plural, susceptible de generar encuentro y cultura, compartir pensamiento e información, y crear consensos (en forma de opinión pública) de gran alcance en sus bases sociales.

Tendencias

[1] Respecto a las tendencias, lo que más me preocupa -o debe preocuparnos en general, si se me permite- es la desafección que reflejan los datos entre los más jóvenes, los usuarios más activos en la red. De hecho, los datos muestran que, por un lado, se están volcando cada vez más en relaciones hechas y establecidas, que buscan fortalecer a través de la red con un trato que fomente su intimidad, y a la par su participación en cuestiones generales es muy activa, en tanto se limitan a reproducir (retuitear, por ejemplo) pensamientos ajenos sin elaborar una reflexión críticas más amplia del asunto tratado.

[2] Por otro lado, respecto al público adulto, los estudios muestran cómo las redes sociales han servido para polarizar y radicalizar posiciones previas, escuchando aquello previo en lo que se cree y a lo que se da credibilidad de antemano. O, dicho de otro modo, este nuevo espacio público se ve tremendamente polarizado de partida y su desarrollo desemboca y conduce a una mayor polarización, refuerzo de lo que se tiene en mente como cierto sin que deshaga o ponga en cuestión, o sirva para plantearse que otras perspectivas o realidades son siquiera posibles. Digamos que vivimos entonces en un mundo con capacidad máxima de relación, sin que esta relación y encuentro termine por darse.

Posibilidades

Considero que no todo puede terminar aquí, y que muchas de estas desviaciones son debidas a un mal uso de las redes sociales, o a una comprensión muy limitada de ellas. Igual que antes, que cada cual paseaba con “su periódico” bajo el brazo, hoy el perfil y nuestra línea de tiempo virtual vienen a contar algo muy similar. Pero hay algo en las redes sociales que, bien comprendido, puede invertir estas tendencias.

Señalo algunos principios, quizá clásicos, que son aplicables a una nueva cultura digital más democrática.

[1] Participación local. Las red tiene un carácter global. De un modo u otro irá entrando en ellas el mundo entero. Pero la acción debe ser local. En ese sentido, tienen un mayor impacto aquellas propuestas que, siendo locales, pueden ser escuchadas (y deben ser seguidas) por las instituciones más pequeñas. Pienso por ejemplo en mi ayuntamiento y en cómo puede establecerse un canal de comunicación rápido, sencillo y directo usando Twitter o Facebook. Algo que servirá para que mis conocidos locales se planteen apoyarlo, o no, y en otros lugares también se encienda la misma mecha.

[2] Información activa. La información no puede ser mera recepción, y lo sabemos. Si antes había que elegir un periódico o canal para escuchar una noticia, hoy cabe la posibilidad de atender varios, evitar ser desinformado o manipulado mediáticamente, y no sólo acudir a los grandes medios sino contrastar ciertas comunicaciones en directo. Por ejemplo, en la reciente crisis del grupo de bomberos voluntarios que se trasladaron a la isla de Lesbos, ellos mismos tenían con antelación un blog (¡qué importantes son dentro de una cultura tan efímera!) en el que narraban sus experiencias y dificultades. Quien no asuma hoy la búsqueda de distintas perspectivas es porque no quiere, es un signo más de actitud burguesa.

[3] Implicación personal. Este punto señala uno de los grandes problemas. Lo que se hace en la red queda registrado, quedamos señalados. Las ciudades modernas, que provocan ciudadanías anónimas salvo excepciones, nos han acostumbrado a pasar desapercibidos y que la voz la tomen un pequeño grupo de valientes. Los jóvenes millenians huyen de este compromiso digital, que les apunta pública y directamente. Mejor refugiarse en lo privado. Pero, por el contrario, resulta un arma de doble filo y una cultura más personal, que exige, eso sí, prudencia y capacidad de diálogo. Dar la cara, democrática y comprometidamente, en asuntos públicos no requiere, y ojalá este sea el punto de superación, militancia en un partido hasta el punto de dejar de pensar por uno mismo. O, dicho de otro modo, que el compromiso con una posición política no impida ni el acuerdo, ni el diálogo, ni la consideración del otro, aunque “nos hayamos” acostumbrado a ello. Toca desaprender, para acercarse.

[4] Acuerdos y puntos comunes. Mientras la red no se libere de #hashtags claramente identificables con un partido (y es fácil ver todos los días en el TT de Twitter alguno), y no se centre en los temas y asuntos a debatir, no seremos capaces de llegar a acuerdo en la red. Simple y llanamente porque cierta forma de hacer política ha causado (y quizá muchos así lo desean) el desinterés de la mayoría, la falta de pensamiento sobre el tema en concreto. Pero pensad en otra forma de hacerse presentes, más en relación a los contenidos en sí, que de las posturas sustentadas en prejuicios. Cierto que esto, en principio, no causa igual impacto, ni tiene seguidores ideologizados que vayan a darle bola para hacerlo visible, pero es claro comienzo de algo distinto, verdaderamente distinto.

[5] Política con rostro. Alguien me decía que un perfil de Twitter no tiene rostro, y le doy en parte la razón. También otra persona piensa que lo político se reduce actualmente al voto, y le doy en parte la razón. Aunque sé que la red puede mostrar, y revelar, el rostro de la persona cuando me encuentro con ella, y en ese sentido interpelarme decidamente, y también que lo político tiene que ver más con lo común que con la participación a través del voto. La política digital con rostro vendrá de la mano del reconocimiento de las personas, y a través de ellas, de los asuntos que nos afectan a todos, de una afección profunda de lo ajeno conservando la distancia, algo que también posibilita la red.

[6] Instrumentos de reflexión y diálogo. Twitter deviene en una red para compartir opiniones, con una interacción marginal en muchos casos. Siempre depende de la persona. Facebook permite una mayor comunicación y diálogo, en muchas veces muy plural e interesante, quizá muy reducida al círculo de amigos como si se tratara de una mesa camilla en una acera pública. No sabes quién responderá, ni quién se sumará. Los blogs permanecen como lo más interesante, igual que ciertos YouTubers utilizan sus canales para propuestas más amplias que en muchos casos tienen un gran seguimiento, en torno a los cuales surgen comunidades muy activas. No obstante, adolecen en ocasiones de diálogo maduro. Pero ya son reflexión compartida. Y grandes canales, poco conocidos entre el gran público, del estilo de Menéame tienen una comunidad muy activa, aunque se critica que están controladas por activistas concretos, que filtran de algún modo artículos para el gran público. Lo cual no creo que sea del todo cierto, pero sí que hay un fuerte filtro porque está creada para ello. Queda, en todo lo dicho, saber aprovechar lo que ya hay y potenciar los puntos democráticos y de interacción. Tanto las redes sociales, como blogs y plataformas, son el espacio público, no el instrumento principal, que siempre será la razón y la palabra. En este cambio de perspectiva no se debe esperar de lo digital lo que, de por sí, ya tiene cada persona. Falta cultivar lo humano para que el espacio público sea en verdad común.

[7] Ganar en horizontalidad, sin perder representatividad. Por un lado, la política tiende a convertirse en algo mucho más común y ordinario, en el que la inmensa mayoría quiere tener opinión (¿formada?). Por otro, los representantes políticos tienen la oportunidad de escuchar con mayor atención a la sociedad en general, y personas concretas en particular. La horizontalidad es clara, la verticalidad considero que es un “arma” de doble filo, que no puede caer en la tentación de señalar o segregar. Peligro muy presente, al que muchos tenemos gran reparo. En cualquier lugar, la horizontalidad debe superar las barreras antes citadas, y creo que en cuanto a la verticalidad los políticos, en un futuro muy próximo, no deberían mantener canales abiertos incapaces de gestionar sin escuchar. Queda dicho.

2 Comentarios

  1. Gracias por tu comentario, Gustavo. Ciertamente es un artículo de opinión, pero no sé a qué te refieres exactamente. Como puedes leer, hay dos partes en la reflexión. Una muy escueta sobre gruesas tendencias, aunque reales. Y una segunda en la que intento pensar qué hay en la red que pueda favorecer la vida democrática. Seguimos dialogando.

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