Los filósofos, como cualquier otro gremio, tienden a usar términos, conceptos, expresiones que al lego le suelen resultar un tanto esotéricos pero que, sin duda, reflejan muy cumplida, precisa y acertadamente lo que ellos quieren decir. Muchas veces se trata de características de las realidades físicas; otras, de elementos más nucleares, casi ontológicos; con frecuencia apuntan a la praxis, a la ética; tampoco son infrecuentes matizaciones sobre elementos y procesos biológicos; y por supuesto, también en determinados contextos tienen que ver con providencias y decisiones de tipo político… En todos esos ámbitos, las cosas se han de denominar de una manera concreta y no de otra alguna, so pena de entrar en confusiones y subterfugios improcedentes, destinados a entorpecer la acción. Pues bien, uno de estos aspectos es el que apunta a lo que  en el lenguaje especializado de la filosofía social se ha dado en denominar el principio de cautela o principio de precaución. Tiene, en definitiva, que ver  con la gestión de  riesgos previsibles o potenciales, en ausencia de un consenso indubitable en la comunidad científica.

Llevemos el foco al asunto del cambio climático. Unos dicen que sí; otros dicen que no… Aquéllos sacan pecho y tiran de estadísticas, de publicaciones JCR donde queda patente que sí. Los otros desde un escepticismo, cuando menos llamativo, no se recatan de tildar a los contrarios de alarmistas y vendidos…  e incluso serían capaces de rezar rosarios por la conversión del Papa… Y mientras tanto, como sentencia la sabiduría popular: Unos por otros, la casa sin barrer

Los que dicen que sí, ¿por qué lo dicen? Tal vez lo crean sinceramente… O tal vez no. Quizás les interese decir que las cosas son así, no tanto por tener razón y ser reputados de la tribu académica, sino por alguna que otra posible prerrogativa, derivada de que los que parten el bacalao de la financiación de proyectos asuman en este caso el aserto afirmativo y respondan con merced a la eterna pregunta del: “¿Qué hay de lo mío?”… Hace mucho ya que Habermas nos tiene vacunados contra este garrotillo, cuando  nos hablaba de Erkenntnis und Interesse; es decir: de los intereses del conocimiento. Y hace aún mucho más que Husserl, pese a su voluntad de ir a las cosas –zurück zu den sachen– y no volver ni a Kant ni a nadie… nos previno contra pretensiones excesivas del método fenomenológico que busca intuir esencias como variación eidética…simple, incontaminada… ¿Razón angélica? ¡Quiá! ¡Ni por pienso!… ¡Humana, demasiado humana!

¿Y qué hay de los que dicen que no?… ¿Es que son espíritus puros? ¿Cabe suponer que no tengan una agenda más o menos oculta… o que ocultar? Pudiera ser… Es posible… Pero, ¿es probable? Tal vez  les mueva, en exclusiva, la pasión por el saber, por la vida contemplativa, por la dianoética del divino theorein…  ¿O será que, por ventura, va a ocurrir que quieren ser libres, y por eso buscan, afanosos, la verdad por la verdad; la verdad que les libere, ya que no lo hace el trabajo –pues nunca como hoy fue menos verdad aquel súper cínico mantra nazi de que die Arbeit macht frei!…?

¿Quién tendrá la razón? Lo ignoro… Suspendo el veredicto… No tengo criterio para discernir a nivel teórico; sólo me da cierto pálpito, quizás debido  a que soy como soy… Porque estoy convencido, siguiendo el Talmud, de la verdad que encierra el dicho de que no vemos nunca  las cosas como son, sino siempre como somos. En consecuencia, pienso que  es tontería tratar de convencer -de lo que sea- a los inconvencibles…

De Aristóteles siempre tomé dos consejos que me ahorraron mucho tiempo en la vida y algún que otro dolor de cabeza. Los comparto con el prudente lector: El primero es aquello de que no hay que buscar la precisión por igual en todos los razonamientos –tan fuera de lugar está pedirle a un geómetra que argumente, como a un retórico que demuestre… y que es propio del hombre instruido saber manejar los registros. Y el segundo, que no merece la pena enzarzarse en debatir de cualquier cosa ni con cualquiera… Con los niños y los locos no procede… El hombre sensato verá qué hace…

Ahora bien, en el terreno de la acción práctica la cosa ya varía. El futuro siempre está abierto y la miseria del historicismo ha quedado vista para sentencia desde que lo diseccionara con pulso firme sir Karl Popper.

En el peor de los escenarios, tras el sarampión negacionista; repuestos del enfado; habiendo entrado en negociaciones; pasado el trauma depresivo; aceptando que las cosas pudieran ser realmente peligrosas -es mejor estar vagamente en lo cierto que precisamente equivocado-, habría incluso solución tecnológica: Ciudades flotantes, árboles sintéticos, coches y barcos eléctricos, camiones de basura propulsados por basura, energías limpias -viento, agua, sol…

-Haber hay planes… Habría que abandonar el carbón, el gas natural y el combustible  fósil…

¿Y qué harán los petroleros?

-¿Qué han de hacer?: Luchar. Con la cabeza: no con uñas ni con dientes…

-¿Y qué podemos hacer nosotros?

-¡Actuar! ¿No se da usted cuenta de que hay profecías auto-excluyentes?

-¡Ya lo creo!… ¡Pobre Jonás! Como los de Nínive se enmendaron, acabó descolocado, vomitado por Leviatán y creyendo que no tenía razón, cuando le sobraba por arrobas…

-¿Quiere usted referirse a la famosa astucia hegeliana, a die List der Vernunft?…

-¡En efecto!… Y sobre todo, déjeme apelar con fuerza al principio de precaución; que, a lo llano y por la parte de Mieres, se declina como principio del por si acaso…