Yo en general soy una persona alegre y afable. Pero el 8 de marzo y el sinnúmero de “feliz día” que le acompaña es la criptonita de mi buen talante. El día de la mujer es para mí como la Navidad para el Grinch.

Y no es porque me parezca mal que dediquemos un día al año a hablar sobre la realidad de las mujeres, lo que me indigna son los discursos inflamados acerca del enorme sacrificio que las mujeres hacen cotidianamente y lo heroicas que son por cuidar de sus familias, trabajar a la vez y mantener el peso del mundo sobre sus hombros. Valdría la pena recordar que si conmemoramos este día no es por lo enternecedor de este esfuerzo, sino porque este es un sacrificio desproporcionado e injusto, y las mujeres pagamos un alto precio por él.

Vivimos en un mundo en donde las mujeres y niñas siguen siendo víctimas predilectas de guerras y redes de trata, padecen en mayor medida la pobreza, la discriminación y la exclusión. Un mundo donde hasta el 70% de las mujeres sufren violencia en el transcurso de su vida (según la ONU), que trabajan con diferencias salariales injustificables (24% menos en España según un informe de UGT), y ocupan más empleos precarios que los varones. En gran parte del mundo se les niega el acceso a la educación, a la salud y a la libertad política, sólo por ser mujeres.

Por eso, el 8 de marzo debería ser un llamado urgente a la lucha por una sociedad más justa e igualitaria para todos y todas. Para asumir que la igualdad de las mujeres también es un asunto de hombres, porque concierne a toda la sociedad, y que para hombres y niños es tan esencial la igualdad de géneros como lo es para niñas y mujeres. Y esa idea ha dado la vuelta al mundo en el popular discurso de Ema Watson en el inicio de la campaña HeforShe de Naciones Unidas.

Debo aclarar que mi malestar por la forma en que se trata este día no tiene nada que ver con la esperanza, que la tengo ‘a puña’os’. El avance en la situación de las mujeres es una de las grandes revoluciones que hemos vivido en las últimas décadas, y es quizás el mejor y mayor ejemplo de que las luchas sociales pueden tener éxito. Pero aún falta demasiado para que pueda sentir que este es, verdaderamente, un día feliz.

Feliz será este día cuando las condiciones de las mujeres se acerquen a la igualdad, cuando dejen de ser obligadas a casarse a la fuerza con quien no eligen, a ser presa predilecta de los crímenes de guerra, a ser cercenadas, torturadas o lapidadas por castigar las expresiones de su naturaleza, a que tengan igual acceso a la educación, a la vivienda, al trabajo, a los alimentos, a la sanidad y al agua. Que tengan los mismos salarios que los hombres en los mismos cargos y las mismas posibilidades de ocupar puestos de responsabilidad a igualdad de méritos. Cuando cambien las interacciones entre hombres y mujeres en las parejas, en los espacios laborales, en las relaciones de amistad, en los medios de comunicación, que deshumanizan a las mujeres infantilizándolas, asumiendo que son seres dependientes o incapaces de pensar o decidir por sí mismas.

Los privilegios de unos se convierten en derechos de todos y todas luchando. Y eso es lo que recordamos el 8 de marzo: la acción decidida de mujeres valientes y visionarias que se atrevieron a poner el mundo patas arriba y cuestionar el orden que se consideraba natural, que pelearon por sus derechos y los de las mujeres que tuvimos la suerte de vivir en un mundo más igualitario gracias a ellas. Y también a los hombres que hicieron de ésta su lucha también. Espero que esta revolución que hemos vivido siga avanzando y que para las generaciones que vengan esta desigualdad hiriente no sea nada más que un triste recuerdo.