Como en esta campaña se va a hablar mucho de si tal o cual partido es populista, vamos a dedicar un par de posts a aventurar una definición “técnica” de populismo, de manera que cada cual juzgue luego.

El populismo es una configuración ideológica del discurso político. Esto no es exactamente lo mismo que una ideología en el continuo ‘derecha-izquierda’, porque el populismo quiere describir la realidad política en términos de ‘abajo-arriba’, no de ‘derecha-izquierda’. En cuanto el amable lector oiga la palabra ‘transversal’, ya puede imaginarse que se halla ante un discurso populista, porque si no es de derechas ni de izquierdas, será que son los de abajo contra los de arriba.

Los de abajo son el pueblo, el común, la república. Los de arriba son la élite, la casta, Bruselas, Washington. La contraportada del último libro de Marine Le Pen (2012), lo expresa claramente: “Voy a hacer aquí el análisis del proyecto mundialista, del rol desempeñado en su realización por nuestras élites políticas, mediáticas y financieras, de la guerra que ellas dirigen contra el pueblo, la República y la Nación, y de la violencia contra la democracia a la que están resueltas para mantenerse en su lugar” (Pour que vive la France, 2012).

Las élites están en guerra con el pueblo; el pueblo debe emprender lógicamente la guerra contra las élites. Y esto no lo dice una dirigente marginal: su partido ganó las elecciones europeas de 2014 en su país, y en este momento todas las encuestas lo señalan como el principal partido de Francia, que tampoco es exactamente una nación de chichinabo.

El líder populista es el campeón de los de abajo. Su enemigo son los de arriba: hay que decir bien su enemigo, no su adversario. El reconocimiento de legítimas diferencias en las ideas corresponde al espectro derecha-izquierda; en tal aspecto eres más de derecha que la otra persona, en otro aspecto más de izquierda… Un asunto de matices. En el populismo no se trata de matices sino de identidades. No es que uno está con el pueblo: es que uno es el pueblo. Si eres el pueblo, por definición tu gobierno es la democracia, y quien se oponga a él hace la guerra a la democracia, o sea, al pueblo.

Para aceptar a alguien como un adversario en el juego democrático, lo primero es reconocer su legitimidad. Dentro de esa legitimidad, habrá diferencias y competencias electorales y de opinión, pero ambos estamos jugando el mismo juego, sobre el mismo campo, con el mismo árbitro y las mismas reglas. Ahora, si tú estás descartado de entrada, porque eres corrupto, porque tu misma esencia es contraria a la democracia, porque estás en guerra con el pueblo, entonces no tienes derecho político a existir. Lo que hay que hacer es barrerte. No competimos en el mismo juego, porque yo soy el pueblo y tú eres el antipueblo. Lo que parece inocente y común en el juego político, atribuirse la representación del pueblo, según se haga puede resultar en una identidad muy excluyente, justo en nombre de los excluidos. Los partidos populistas nunca son democráticos en ese sentido: no tienen adversarios sino enemigos.

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