Populismo dos: la comunidad del pueblo

La característica central del populismo, habíamos dicho en el post anterior, es que el líder populista se arroga la representación de “los de abajo” frente a “los de arriba”, hasta el punto de negar legitimidad a otros partidos en el juego democrático. Esos otros partidos representan a “la casta”, y por ello al enemigo, al antipueblo; mientras que nuestro partido es el pueblo, por tanto lo que decide es automáticamente la democracia: el pueblo, o sea nosotros, en el poder.

Agudeza visual: encuentre en la foto a la encarnación del pueblo alemán.

Por supuesto, puede ocurrir que los otros partidos sean numerosos, sumados bastante más gente de la que vota al partido populista. Pero es que el grueso de sus votantes están engañados (“alienados” en lenguaje marxista, que no usaremos para evitar confusiones porque ni todos los populistas son marxistas, ni todos los marxistas son populistas). El pueblo engañado se deja confundir por cantos de sirena, y la primera misión del partido populista consiste en espabilarles para que reconozcan sus verdaderos intereses, su verdadero lugar en la Historia y el movimiento político que de verdad les expresa.

Aquí el populismo tiene un aliado profundo dentro de cada una de nuestras cabezas: la añoranza de la comunidad. La explicación de esa añoranza es simple: el género homo, al que pertenecemos, cuenta unos 2,5 millones de años; las primeras ciudades, que son las primeras sociedades complejas, datan de hace unos 12000 años. O sea, que básicamente todos los 2,5 millones de años en que evolucionamos físicamente, lo hicimos en tribus nómadas de cazadores-recolectores, familias extendidas formadas a lo más por dos o trescientas personas. En otra palabra: comunidades.

Llevamos la comunidad construida en nuestro cerebro. Otras formas de organización social, como las burocracias, las ciudadanías o las empresas, fueron creadas hace muy poco evolutivamente, después de que aparecieran las ciudades. Pertenecen a la evolución cultural de la humanidad, que en un momento dado se vio ante el desafío de manejar números mucho mayores que los posibles con comunidades. Pero no pertenece a la conformación física de nuestros cerebros: una burocracia, una ciudadanía o una empresa, no nos son intuitivas; una comunidad sí lo es.

Tanto así, que para hacer más tragables burocracias, ciudadanías y empresas, una forma es asimilarlas en el discurso a una “gran familia”. En realidad no son una familia sino que funcionan de maneras completamente distintas, pero como añoramos la comunidad, como queremos ser parte de una comunidad, otras organizaciones se visten externamente de comunidad para gustarnos más.

El populismo lo hace con gran soltura. El fondo de su mensaje es que nuestra aspiración más íntima es correcta: somos hermanos, llamados a serlo, podemos serlo, no importa de cuántos millones de personas hablemos, no importa cuán compleja sea nuestra sociedad. Al fin, solo una identidad es relevante: ser del pueblo, el proletariado, los descamisados, la France Immortelle, la raza aria, los verdaderos creyentes… lo que sea pero una sola cosa. Únicamente los traidores, las élites que actúan contra el pueblo, rompen la fraternidad. Hay que hacer lo necesario para eliminar su poder, y entonces renacerá la comunidad del pueblo. Como decía en 1937 la principal enciclopedia alemana (Meyers Konversations-Lexicon): “La comunidad del pueblo es el concepto central del pensamiento nacionalsocialista“. Sin duda ellos sabrían, porque para entonces Hitler llevaba cuatro años en el poder, y no es creíble que se definiera el nacionalsocialismo en la mayor enciclopedia de Alemania sin preguntarle al doctor Goebbels.

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