Con frecuencia el populismo es la respuesta política frente a una economía asfixiada por grupos oligopólicos. Un sector económico está oligopolizado cuando unas pocas compañías lo dominan, y acuerdan precios y otros términos de intercambio, en vez de competir entre sí. El resultado de la merma de la competencia es menos producción, precios más altos y menor empleo de factores de producción, por ejemplo, menos puestos de trabajo. A cambio, las empresas del oligopolio obtienen más beneficios y con mayor seguridad que si realmente compitieran.

El deber de cualquier gobierno sensato es impedir los oligopolios y asegurar la competencia en todos los sectores básicos de la economía. Pero las empresas oligopólicas, precisamente porque obtienen ganancias abultadas y seguras, pueden destinar parte de ellas a financiar a los partidos y a los políticos mismos. Es un círculo vicioso: las grandes empresas hacen beneficios de su proximidad al poder político, no de la competencia en los mercados; y utilizan dinero de esos beneficios en mantener tal cercanía al poder político y seguir accediendo a más beneficios sin competencia en el futuro.

Cuando se habla de la corrupción, es ahí donde debe fijarse la vista, no en el pequeño soborno del robaperas que mira para otro lado a cambio de una gratificación. La corrupción de los oligopolios es en grande: no solo corrompe el Estado y la política, sino también el mercado y la economía. Produce desempleo y precios más caros, porque se sirve del poder coactivo del Estado para hacer posible la explotación de trabajadores, consumidores, proveedores y contribuyentes, que el Estado debería precisamente impedir. No es raro que cuando la experiencia es suficientemente larga e intensa, por ejemplo en tiempos de crisis, la gente se harte y busque una salida, a ser posible con manotazo en la mesa.

Sin embargo, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Si la enfermedad es el oligopolio económico, el remedio consistirá en fomentar una competencia económica genuina, no en promover el monopolio político (los proletarios contra los burgueses, la gente contra la casta, los verdaderos patriotas contra los más normales, los creyentes hasta la bomba contra los tibios e incrédulos…).

Peor aún, el movimiento hacia el monopolio político lleva precisamente al oligopolio económico. En vez de ser los amigos de los de antes, serán los amigos de los que manden ahora, la “boliburguesía”, que dicen en Venezuela. Como el oligopolio consiste en aprovechar la concentración de poder político para hacer dinero, cuanto más concentrado el poder político, cuanto menos funcionales las instituciones de la pluralidad social, más fácil es montar un oligopolio empresarial a favor de los nuestros.

Y es que con frecuencia la crítica de la situación presente por parte de los populistas, resulta muy certera y atinada. Cuando estaba en la oposición, Hitler ponía a caer de un burro a las élites de la república de Weimar en el poder, que efectivamente para salvar sus oligopolios generaron un paro de miedo y una considerable postración de la nación alemana. Luego, cuando Hitler llegó al gobierno, las soluciones que tenía no eran tan buenas: lo mismo el alemán de 1946 se hubiera cambiado por el de 1926, que por lo menos estaba vivo. Y si Hitler parece un ejemplo muy radical, tómese al amigo Perón, espejo de populistas latinoamericanos queridísimos, de cuyo desastroso paso por el siglo XX todavía no se recupera la Argentina. No porque no tuviera razón en la crítica de los otros, sino porque el problema de la opresión oligopólica no se arregla sino que se agrava añadiéndole una pretensión de monopolio político. Una cosa es saber qué está mal y explicarlo convincentemente; otra cosa más difícil es saber cómo se arregla.

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