Populismo cinco: indignados

En el volverse de muchos en Europa hacia soluciones populistas, hay un par de ingredientes típicos. Dedicamos este post al primero, que es el más obvio: el efecto de la corrupción sobre los grupos políticos que llevan tiempo en el poder, sea nacional, regional, o local.

La política constituye una empresa esencialmente moral: prestamos obediencia a quienes mandan porque van a usar el poder que les damos para generar un bien común del que podamos participar. Si la élite que manda usa el poder para su bien privado, comete una injusticia que genera indignación, o sea, cabreo. El problema central con la corrupción es pues de índole moral: destruye la legitimidad del poder.

Luego está el aspecto material, que tampoco debe despreciarse. Aunque las cantidades involucradas parezcan pequeñas en relación al conjunto del producto nacional, en realidad la corrupción introduce ineficiencias en el gasto público y en los mercados que cuestan mucho más dinero. Para robar cien millones se gastan mil en el sector público, se dejan de producir otros mil por falta de competencia en el privado, y para rematar hay que rescatar bancos por otros mil más. Para robar, se acaba destruyendo mucho más de lo que se roba.

No es raro entonces que la corrupción amenace con llevarse por delante el sistema entero, puesto que hace tambalearse tanto sus bases morales como sus bases económicas. Ahora bien, la corrupción llevaría meramente a buscar gente nueva para la política, ojalá que con más decencia personal, en todo caso con menos historia y menos amigos, para que se comporten al menos mientras montan sus propias redes de contactos, lo que lleva un tiempo.

En realidad, no hace falta que los nuevos sean populistas; basta que sean nuevos. De hecho, por lo que explicamos en el post anterior, en la medida en que resulten estatalistas (los populistas suelen serlo, y mucho), ello los hace más fáciles de corromper, porque hay más ventaja económica en hacerse “amigos” de quien maneje el Estado si el Estado es más grande.

El cabreo con la corrupción sirve de motor interior para el cambio político. Pero como suele pasar con las emociones intensas, no nos sirve de volante para dirigir nuestra voluntad de cambio. Esa es función de la inteligencia. Un cambio poco inteligente puede dejar las cosas peor que estaban; no hay que ser conservador para darse cuenta de que las cosas siempre pueden ponerse peor.

En el caso de la corrupción, la inteligencia requiere reconocer un elemento estructural (las oportunidades de robar) y un elemento ético (usar las oportunidades que uno tenga para robar, o no hacerlo). Oponerse a la corrupción inteligentemente requiere abordar ambos aspectos:

Por una parte, disminuir las oportunidades de corrupción haciendo que ninguna posición tenga poder suficiente sin un control que no pueda ella misma manipular. Es necesario dividir poderes efectivamente en el Estado y en la sociedad, formando núcleos de poder independientes que se controlen y equilibren entre sí. Esto marca una dirección clara de elección política: estructuralmente uno debe oponerse a propuestas (cualquiera que sea su origen) que supongan mayor concentración de poder en el sector público y/o en el privado, o que impliquen pérdida de independencia y capacidad de control mutuo de las diversas instancias de poder.

Por otra parte, debemos oponernos a otorgar poder a quien ya ha demostrado que lo usa para la apropiación privada en vez de para generar bienes comunes. El pasado de cada cual es relevante porque nos muestra quién es quien. No importa tanto si tuvo oportunidades de estructurales de robar mucho o poco, sino si ante esas oportunidades grandes o pequeñas, robó o no lo hizo. Eso nos dice de la calidad moral del sujeto: quien fue fiel en lo poco, lo será en lo mucho, que dice Nuestro Señor.

Por supuesto, una vuelta de tuerca a peor ocurre cuando se combinan los dos aspectos y el sujeto introdujo desde el poder reformas tendentes a aumentar las oportunidades de robar para sí y los suyos. Por ejemplo, concentrando todo el poder político en los partidos, disminuyendo la independencia de la justicia, o pasando del poder político al servicio de abrepuertas de las grandes empresas y las grandes fortunas.

En todo caso, nuestra respuesta a la corrupción, para ser políticamente eficaz, debe ser siempre a la vez ética y estructural. Como en tantas otras cosas, en el cabreo contra la corrupción, los populistas tienen razón en el diagnóstico pero no en el tratamiento.

Posts anteriores sobre el populismo: uno, dos, tres, cuatro.

Imagen: http://www.flickr.com/photos/19598520

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