Poner las natillas a enfriar

He tenido la oportunidad de poner tierra por medio de lo que sucede en España durante una semana, justamente la semana del famoso referéndum, del discurso del Rey , de la Huelga General del 2 de octubre…En la distancia me llegaban mensajes de todo tipo: que si mira la  brutalidad de las cargas policiales, por un lado, que si qué estupendo el discurso del Rey porque ya era hora, por otro.

Mientras los leía, notaba una saludable distancia emocional fruto de la distancia física, pero también del hecho de estar imbuído por otros menesteres, en otro idioma, con otra gente que no es la del día a día, y me acordé de una afortunada expresión que una mamá del colegio de mis hijos decía en los momentos más exaltados de nuestras reuniones del AMPA, en los tiempos de la “marea verde” que tan lejanos ya nos parecen: “Hay que poner las natillas a enfriar” (o sea, hay que serenar los ánimos sin que eso signifique renunciar a los puntos de vista o a las percepciones diferentes que pueda tener nuestro interlocutor).

Creo que en esta  escalada emocional en la que sale a la luz lo peor de nosotros y nosotras, en la que entendemos las identidades como innegociables e incompartibles (Ay, cómo recomiendo en estos días el libro Identidades asesinas de Amin Maalouf!), es necesario hacer hincapié en todo lo que nos une que es mucho. Es necesario rebelarse contra aquellos mensajes que obligan a optar entre una y otra identidad.

En este sentido no alcanzo a entender cómo se puede trivializar el notable esfuerzo de generosidad y diálogo que supuso la Transición Española y cómo se desprecia el consenso que dio lugar a la Constitución del 78 que en mi opinión es la mayor joya de nuestra historia democrática. Ciertamente la Constitución fue hija de su tiempo y tiene que seguir desarrollándose y  adaptándose a los tiempos para abordar ámbitos que, en el momento de su redacción no podían “tocarse”. Así ha pasado con la la Ley de memoria histórica, el matrimonio de personas del mismo sexo entre otros muchos asuntos, y así debe seguir sucediendo con  la profundización en el carácter laico del Estado, la exigibilidad de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales o la reflexión sobre un nuevo modelo territorial. ¿por qué no?

Probablemente también haya que preguntarse si España es algo distinto de la suma de las nacionalidades y regiones de que se compone y si tiene entidad como sujeto político diferente, como instancia afectivo-emotiva,más allá de los partidos de la selección española de fútbol, mal que les pese a algunos. Porque parece que el concepto “España” es significativo para muchos de nuestros conciudadanos-entre los que me encuentro-, y también para muchas catalanas y catalanes a juzgar por la manifestación del pasado día 8 de octubre.

Para pensar en clave de país renovado, empero, se precisan personas generosas, políticos y políticas de talla, de mirada amplia que sepan ver más allá de su ego y sus intereses y se preocupen realmente de los derechos  y el bienestar de su pueblo. Políticos que no jueguen con los sentimientos y los manipulen de manera irresponsable. También se necesita una ciudadanía crítica y liberada de miedos, capaz de cuestionar a sus dirigentes y reclamar respeto a su dignidad y derechos.

Es tiempo de “poner las natillas a enfriar” , de darse tiempo antes de volverse a sentar para dialogar en la misma mesa aunque cada uno lo haga en su silla (con los ánimos crispados es difícil llegar a acuerdos). Es tiempo de recetar vacaciones indefinidas a algunos de los que nos gobiernan. Tomar aire y constatar, una vez más, dónde pueden llevar unas emociones gestionadas de manera tan irresponsable.

 

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