Política teológica

La posibilidad de contribución al espacio público de una religión depende de cómo entienda el ámbito de su ocupación, es decir, su marco teológico. Ello supone la afirmación de una mirada propia a la realidad, pero también, el intento de configurar desde el poder el ámbito propio de competencia de la religión. Por ello, hay una lucha por determinar el ámbito de su marco teológico, una política teológica en orden a su configuración legítima.

¿Quién determina su configuración legítima, quienes establecen esta mirada a la realidad o el poder y la ley? El ejercicio de la libertad de los sujetos y sus comunidades son quienes establecen o reciben una mirada sobre la realidad, sobre su carácter último y sobre su desenvolvimiento. En este sentido, la libertad cultural y religiosa es anterior y no modulada por el poder político y la ley. Cuando este ejercicio ha hablado, es cuando el poder y la ley reaccionan y tratan de limitar, establecer su competencia, el ámbito de su legitimidad. Y para ello, perseguirlo, limitarlo, tolerarlo o tratar de absorberlo.

Esta lucha político-teológica se da cuando hay un conflicto entre la mirada teológica y la configuración del espacio social y político determinada por el poder. La mirada religiosa también puede penetrar sobre las relaciones sociales, sobre el tratamiento debido a los seres humanos, sobre la justicia y los límites de la ley, la legitimidad del poder. Por ello, el conflicto está servido. El poder no está sólo en la ordenación y legitimación de la ordenación de la realidad. Es la instancia superior, la que cierra coyunturalmente el debate, pero no está sola. Hay otras instancias que también valoran y juzgan, aunque no con poder.

Lo propio del poder es su capacidad de imposición y determinación y la autoafirmación de la bondad de su propio poder. En este sentido, es una instancia inmanente, que tiene la capacidad de configurar y decidir este mundo. La religión siempre tiene los pies de barro ante este poder (a no ser que se desnaturalice y asuma el poder político) porque está sometida corporalmente a esta disciplina política. Pero, a su vez, el poder siempre tiene los pies de barro ante la mirada trascendente que procede del ámbito religioso. Los poderes de este mundo buscan su divinización, lo cual es una afirmación teológica del poder de este mundo. Pero sin embargo, una religión como la cristiana, trasciende el poder de este mundo y choca por tanto con la divinización teológica del poder. Este trascender es ir más allá, estar en el mundo pero sin asimilarse e identificarse con él, abrir un horizonte nuevo, que muestra el carácter penúltimo del poder y de sus determinaciones y por ello, su carácter incompleto, limitado, torpe. Continuamente reclamará el brillo de lo intocable, de lo perfecto, de lo cumplido, de lo sagrado. En cambio, una mirada trascendente del mundo, mostrará su distopía, su capacidad de engaño, su limitación.

Pero uno y otro están convocados a convivir en el mundo. Si el poder tendrá el oficio para administrarlo, la mirada religiosa tendrá la oportunidad de trascenderlo y de abrir un nuevo horizonte de humanización en una lucha inacabable históricamente.

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3 Comentarios

  1. Gracias por las matizaciones. Terminando con una referencia a Monseñor Romero… no deja lugar a mucho más =)
    Muy de acuerdo a la invitación a subvertir que diría Ellacuría. Y de acuerdo a entender que hay que huir de formas de poder como dominación. Y Sí, llamemos, como Romero, como Ellacuría, como tanto otros/as a vivir ese “señorío de Dios” que pone en tela de juicio todo poder, sobretodo el idolátrico que acaba por “cosificar” a las personas y a pedir “sacrificios” humanos.

    ¡Un gusto conversar!

    Agradecido. Chema.

  2. Gracias, Chema, por entrar en el debate.
    Lo primero que quiero destacar con la “política teológica” es que las religiones no ocupan siempre la misma posición en el espacio público, ni en virtud de sus propios giros, ni por los límites a los que son sometidas. Por ello, hay que nombrar y tratar este problema de partida: la lucha por el ámbito de competencia en el espacio social de cada religión.
    Lo segundo es que no me refiero a cualquier poder, individual o institucional. El poder, en sentido general, es universal en el sentido elemental de poder actuar, también frente a otros. Es verdad que las instituciones religiosas administran cierto poder, pero no hablamos de eso, sino del “poder político y legal” y por tanto, la institución que tiene la capacidad de imponerse por la fuerza/violencia en última instancia y de decidir sobre las normas vigentes en un momento social determinado. Y este no es el ámbito propio de religiones como la cristiana, que no pretende tal administración del poder (aunque sí orientarlo en su caso). Ejercer la profecía o la autoridad moral o generar modos de vida alternativos son tipos de “poderes” distintos.
    Tercero. El poder no es que sea malo, sino que es necesario o inevitable. Y parece que históricamente intenta una y otra vez divinizarse de diversos modos y declararse la instancia última que señorea sobre la vida y la muerte de los sujetos. Por ello, se da la crítica judía y cristiana del poder como ídolo cuya absolutización produce víctimas. Cuando Jesús exhorta a sus discípulos “no sea así entre vosotros”, no se refiere a que tomen el poder y lo hagáis bueno, sino que en vuestro ámbito de relaciones viváis sin dominación entre ustedes. Por supuesto que confronten esa dominación, pero que sepan, que el poder con el que siempre convivirán suele dominar y subvertir el sentido de su existencia como servicio a la vida buena de la comunidad.
    Y cuarto y último. Cuando ese poder se absolutiza siendo una instancia puramente inmanente, lo propio de religiones como el cristianismo es trascenderlo, mostrando su carácter penúltimo y mostrando una utopía historizable de lo posible como superación del mal producido. Como hizo Romero…
    Gracias.

  3. Interesante Post. Sería interesante tener una sesión sobre “TeologíaS y/del Poder”. Comparto mucho de los que dice el autor. Y sin embargo creo que debemos por un lado asumir que las religiones y sus concreciones institucionales, TIENEN PODER. Además, no creo que el poder sea malo. Si lo debemos mirar con recelo, por el peligro de que su ejercicio nos ponga del lado de los poderosos y lejos de los excluidos. Pero tenemos y creo que debemos ejercer nuestro contra poder: Los y las profetas del Testamento Judío, tenían poder. Jesús de NAzaret no rehusó ejercer el poder “que venía de Dios” para confrontarse activamente contra “Los poderes de este mundo” que esclavizaban a los/as niños de Dios. Echo en falta quizá esta parte en su reflexión ¡sabiendo que en un post no se puede tratar todo! Quizás podemos recupear aquello de Rahner: el poder viene de Dios, que al crear, comparte su poder. En esencia por tanto el poder no es malo. Viene de Dios, el tema es cómo y a favor de quien lo ejerzamos. Y con Foucault y demás, debemos ser conscientes de los mecanismos ocultos, sutiles, difusos del poder que todos/as ejercemos. El tema creo no es trascenderlo sino usar el poder que se nos confíe a favor de los pequeños y los pobres. Y sí, eso nos hará chocar con otros poderes. Como a Pablo y a todos/as los/as profetas de la historia de las religiones, como a Romero… Gracias por embarrarse con este tema. Nos ayuda a pensar y reflexionar.

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