Hay un marco teológico en la tradición liberal que fundamenta y regula el espacio público. Ello se puede ver en John Locke, quien en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690) pone las bases del liberalismo político. Para ello, en la fundamentación del edificio político y en la estructura normativa de la sociedad civil se sirve de un teísmo racionalista desde el que pretende legitimar su orden normativo. En un ejercicio de imaginación teológica describe la voluntad de un Dios legislador quien manda la ley natural con sus derechos naturales; vida, libertad y propiedad, para que el género humano los tenga por guía de su razón.

Pero detrás del lenguaje abstractamente universal e igualitario, se manifiestan una serie de opciones políticas que jerarquizan el género humano desde unas preferencias que rompen la igualdad y la comunidad del propio género humano. Y esto queda pretendidamente legitimado por un discurso teológico que lo avala, y que está fuera de la discusión pública. Se trata así de un orden dogmático que se impone sobre otras preferencias valorativas y creencias religiosas, estableciendo un canon para la delimitación entre lo humano y lo degenerado o no-humano.

Estas preferencias que se revisten de “voluntad de Dios” son el individualismo, que implica una ruptura de las instituciones y lógicas comunales; el etnocentrismo occidental de carácter racista, que jerarquiza  a los grupos del género humano poniendo en la cúspide a los blancos; una racionalidad explotadora de la naturaleza que conduce al productivismo intensivo; una visión patrimonialista y patriarcal del hombre con respecto a la mujer y con respecto al sentido de la vida humana; un cumplimiento de la ley rigorista que conduce a la extrema inhumanidad en nombre de la humanidad institucionalizando la esclavitud y la muerte del culpable. Veamos estos textos de Locke, quien para algunos tratadistas es el “padre de los derechos humanos”:

Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, les ha dado también la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mayor beneficio de la vida, y mayores ventajas. La tierra y todo lo que hay en ella le fue dada al hombre para soporte y comodidad de su existencia. Y aunque todos los frutos que la tierra produce naturalmente, así como las bestias que de ellos se alimentan, pertenecen a la humanidad comunitariamente, al ser productos espontáneos de la naturaleza; y aunque nadie tiene originalmente un exclusivo dominio privado sobre ninguna de estas cosas tal y como son dadas en el estado natural, ocurre, sin embargo, que como dichos bienes están ahí para uso de los hombres, tiene que haber necesariamente algún medio de apropiárselos antes de que puedan ser utilizados de algún modo o resulten beneficiosos para algún hombre en particular”.

Aquí Locke nos muestra cómo en la tradición liberal, tras el discurso universalista hay una preferencia particular. Se arranca formalmente de un punto de partida general, y por tanto compartible por cualquiera, basándose en referencias tales como humanidad, género humano, naturaleza humana, o racionalidad humana. Sin embargo, desde ahí, consigue derivar y llegar a lo críticamente podríamos denominar como una reducción social y cultural de lo humano. Con esta reducción o asimilación de un único patrón cultural como exponente de la auténtica racionalidad humana consigue desentenderse de buena parte de la humanidad, y por ello, la eventual explotación de los recursos naturales de los que no practiquen su lógica cultural de utilización de estos recursos no será imposición ni exclusión de parte de la humanidad, sino servicio a la verdadera humanidad.

Dice Locke: “Dios ha dado a los hombres el mundo en común; pero como se lo dio para su beneficio y para que sacaran de él lo que más les conviniera para su vida, no podemos suponer que fuese intención de Dios dejar que el mundo permaneciese en terreno comunal y sin cultivar. Ha dado el mundo para que el hombre trabajador y racional lo use; y es el trabajo lo que da derecho a la propiedad, y no los delirios y la avaricia de los revoltosos y los pendencieros”.

¿Quién es el hombre trabajador y racional y quiénes son esos individuos avariciosos y pendencieros? Los primeros, los pertenecientes a las sociedades burguesas o la “parte civilizada de la humanidad”; y por la otra parte, está hablando de los indios de Norteamérica, y en general de las sociedades tradicionales.

Ello justifica el despojo y la imposición imperial de la cultura moderna. O modernización o inhumanidad. Esta visión jerarquizada y etnocéntrica así fundamentada permite dominar bajo una conciencia limpia, externalizando la culpa a quienes tienen que someter. Es el dominio despótico como servicio a la humanidad. Lo terminaremos de ver en la próxima entrega.