Uno de los teóricos más influyentes en la tradición del liberalismo político como John Locke, estableció un marco de racionalidad para la política y la sociedad por medio de una concreta política teológica. Por marco de racionalidad nos referimos a una particular concepción de lo que deba ser un comportamiento racional humano, así como a la exclusión de otras dimensiones racionales que pasarían a ser ilegítimas. A partir de ahí, se justifica la función del Estado y la dirección del comportamiento de los actores sociales. Y ello lo realiza no en sus escritos sobre la tolerancia religiosa, sino justamente en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690).

La política teológica es la clave de bóveda del sistema de pensamiento liberal, que sin embargo, ha sido naturalizada y ocultada en el propio discurso posterior del liberalismo al declararse neutral ante las creencias religiosas. Se establece una concepción de lo último de la realidad, de aquello que está fundamentando y dirigiendo el adecuado desarrollo de la realización humana. Una vez que ha sido establecida la lógica que deben desempeñar los actores públicos y privados, no es necesario volver a acudir a una instancia última que unifica y da sentido a la realidad. Creado el mundo y reconocido cuál es su debido desarrollo, no es preciso declarar más cuál es la fuente de la realidad o de la ley. Por ello se puede secularizar, esto es, eliminar la referencia a la última instancia pero todo seguirá bajo los mismos principios. Eso sí, las otras concepciones teológicas serán “creencias” privadas ante las que el Estado deberá permanecer neutral.

Si bien Locke declara la incompetencia formal del poder público para intervenir en materia religiosa, y la libertad religiosa como derecho natural de cualquier individuo, establece un marco teológico propio de carácter público que da coherencia a todo su pensamiento. En su imaginación teológica parte de Dios como creador no sólo del mundo, sino de la propia legalidad que rige la naturaleza y de la legalidad inscrita en la naturaleza humana. Es más, Dios aparece no sólo como creador y legislador primero, sino como “amo y señor” de la criaturas y de los derechos de los individuos. Todo es obra y está bajo dominio de “un omnipotente e infinitamente sabio Hacedor”. Los individuos sólo pueden administrar lealmente lo que no siendo suyo les es confiado para que los conserven y acrecienten. Por ello, no pueden renunciar a lo que no es suyo, sino que están obligados a asumir su posición subordinada y de defensa.

Esta teología se diferencia de las creencias religiosas. Si las creencias y los sistemas religiosos que producen sólo tienen una validez privada o subjetiva para quien está convencido de su verdad, la teología que Locke sostiene tendría un carácter supuestamente racional y público, y en este sentido, evidente para cualquiera que quiera usar rectamente su razón. Por ello, se propone como clave fundamental para explicar el origen de la realidad y la legalidad que la rige más allá de la opinión o de las ideologías particulares. La razón, defiende Locke en la línea del teísmo ilustrado, es la “regla común y medida que Dios ha dado al género humano”. Por tanto, hay una connaturalidad entre la razón humana y el autor de la misma que está más allá de cualquier religión histórica particular.

Dios ha dado toda la realidad natural a los hombres para que estos se sirvan de ella y acrecienten su rendimiento y utilidades. Igualmente ha establecido un dictado de la razón por el que los bienes comunales originarios deben ser apropiados individualmente para que así obtengan una utilidad de ellos. Los individuos son administradores de derechos naturales que son propiedad del Altísimo. Por ello, es un deber sagrado e inalterable rebelarse ante el poder político constituido si éste pretende expropiar o limitar estos derechos. Si bien lo individuos son abstractamente iguales, no todos se conducen a la altura de la razón que Dios ha conferido al género humano. Son los pueblos civilizados (europeos) los que ejercen correctamente la racionalidad humana y quienes están llamados a explotar toda la riqueza de la Tierra gracias a los avances de la ciencia y a apropiarse de sus frutos para dar cumplimiento al designio divino.