La designación de Donald Trump como candidato republicano el jueves pasado completa unas semanas en que la irracionalidad parece haberse apoderado de la política en todas partes. Trump viene a salvar a los americanos de a pie, las clases medias y los pobres, que no se ven representados en el sistema. Cómo no. Como todos.

A estas alturas nadie argumenta lo bien que van a estar los británicos gracias al “Brexit”. Antes del referéndum, había algunos partidarios de que ganara el “Sí” por no parecerles la Unión Europea, según los casos, suficientemente liberal o suficientemente comunista (perdón: socialdemócrata). Ahora que la votación les pone en pista, ya la idea no parece tan buena. El “Brexit” tiene menos defensores después que antes.

Tampoco argumenta nadie que lo propio para Turquía fuera ni el golpe ni el contragolpe, que cada vez parece más el auténtico golpe. Cuando suspenden a los maestros por millares, cierran lo que quieren y detienen sin cargos a quien les parece, nos preguntamos cuál será la naturaleza de una asonada con semejantes implicados, quién estará dando el golpe aquí. Poca duda queda, sin embargo, de que Erdogan habrá sido elegido por las urnas, pero no es un líder especialmente democrático.

Claro que no es el único del género. Putin en Rusia y Maduro en Venezuela también nos han regalado en los últimos tiempos con irracionalidades sonoras, todas las cuales tienen por objeto ganar tiempo, eludir la razón contenida en la ley que ellos mismos aceptaron (a menudo firmaron), para afianzarse en el poder. La irracionalidad política no es sin embargo patrimonio exclusivo de tiranos semi-electorales ni de nacionalistas desnortados. Semana larga hace que nuestro anterior presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, ha sido fichado como presidente no ejecutivo de Goldman Sachs International, dejando la duda muy difundida de para quién exactamente trabajaba en la Comisión y qué exactamente aportará a Goldman Sachs.

Sobre la expansión de la irracionalidad en la política contemporánea se ha escrito bastante últimamente. Es interesante, por ejemplo, este artículo de Moisés Naím en El País. Se suponía que en algún momento del siglo XIX, por influencia de las Revoluciones americana y francesa, habíamos comenzado a asimilar la modernidad política. En ella, la vida pública se organiza siguiendo a cierta razón reconocible en universal, compartible, discutible, capaz de generar una ley frente a la cual todos somos iguales.

Las guerras mundiales nos mostraron que no solo es importante la racionalidad de los medios. Todavía más importante es la racionalidad en los fines. La eficacia de la racionalidad moderna, al servicio de fines bastardos, resulta especialmente destructiva de la convivencia. En el pensamiento católico, la racionalidad de los fines políticos ha solido llamarse “el bien común” de la sociedad. No solo igualdad legal en los procedimientos sino igualdad sustancial en el valor de los fines de cada uno, y en el hecho de que esos fines individuales son menos importantes que los del conjunto.

Sea que nos inspiren las revoluciones modernas o el pensamiento social católico, en todo caso romanticismos, nacionalismos, tradicionalismos, racismos, fundamentalismos y salvajismos varios, que declaran a ciertas personas o grupos superiores o inferiores por principio, deben irse dejando arrumbados en el pasado porque la igualdad es contra su lógica. Con el inferior no se discute; se le imponen las propias condiciones.

De hecho, la Unión Europea –fundada por políticos socialdemocrátas y demócratacristianos, antes que franceses y alemanes– era un intento de establecer la razón en política sobre un continente repetidas veces asolado por violencias nacidas de las políticas de sentimientos. Políticas de la tribu: los míos primero, nuestro poder antes, nuestros intereses intocables, innegociables, insaciables. Muros, salidas, desconexiones, aislamientos, dictaduras, conquistas…

La “nueva” dinámica de la irracionalidad nos recuerda que la lucha por la razón en política reempieza cada vez, con cada generación. Nada es ganado para siempre. Platón escribió su teoría de la justicia en La República hace más de 2500 años, para mostrar el camino de un orden civil posible frente al desorden de las pasiones que generaban violencia y represión en la polis ateniense. Por la misma época, los profetas se enfrentaron a los reyes en Israel y Judá pidiéndoles volver a la razón de servicio al bien común contenida en los mandamientos de Dios, sobre la tentación de endiosar su propio poder. De 2500 años acá, pueden fácilmente identificarse ciclos de irracionalidad con sus secuelas de imposiciones y violencias. Y también pueden identificarse, una  y otra vez, pensadores, políticos, profetas, artistas… que nos señalan cómo formar sociedades más racionales en sus fines y en sus medios. Luego se nos olvida de nuevo, volvemos a las atajos, y tenemos un nuevo ciclo de la irracionalidad. En estas cosas morales, nada es ganado para siempre, nada es ganado sin esfuerzo.

No hay que desanimarse. Estamos solo ante otra oleada -una más- de la irracionalidad en política. Se trata de que pase con el menor deterioro posible de la igualdad en nuestra convivencia, con el menor daño posible a nuestras sociedades, con el mayor aprendizaje posible de nuestros ciudadanos. Aunque por definición resulte menos emocionante, la razón tiene dos ventajas frente a la política de los sentimientos: le gusta la pluralidad de los diálogos, y la realidad le importa. Si personalmente a nosotros nos importa también, entonces nuestra palabra contribuye al diálogo que construye la razón en la vida pública. En ese diálogo callamos solo para escuchar lo que el otro tiene que decir, porque su palabra sobre la realidad completa a la nuestra en la construcción compartida del bien común.

Así me gusta a mí, al menos, entender el proverbio LXXXV de Antonio Machado, del que todo este post no es más que una glosa.


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