El historiador inglés Lord Acton afirmó que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La corrupción está, por tanto, asociada a la concentración de poder.  Los propios evangelios sinópticos señalan. “Sabéis que los jefes de las naciones los dominan y que los grandes las oprimen” (Mateo 20, 25-26; Marcos 10, 42-43; Lucas 22, 25-26). En una contribución reciente se señalaba la importancia de que la representación sea una función entre otras, en vez de la que acapara todo el poder.

Vivimos en sociedades donde el poder tiende a concentrarse. Desde el punto de vista económico la existencia de mercados poco competitivos, así como el creciente predominio de los mercados financieros respecto a los mercados de bienes y servicios, exacerba las diferencias entre ricos y pobres. La profesionalización de la política hace que cada vez haya más instituciones y cargos dominados por el aparato de los partidos.

Esta actitud se extiende al conjunto de la sociedad. Así lo resaltaba Stuart Mill hace ya casi dos siglos atrás: “Una constitución democrática que no se apoye sobre instituciones democráticas en sus detalles, sino que se limite al gobierno central, no sólo no es libertad política, sino que con frecuencia crea un espíritu que es precisamente el opuesto, llevando hasta las capas más bajas de la sociedad el deseo y la ambición de dominio político

Frenar la corrupción requiere mercados más competitivos, que reduzcan las grandes desiguldades de renta, instituciones políticas donde haya un mayor reparto de funciones y una educación que acostumbre a tomar iniciativas y asumir responsabilidades. Volviendo a Stuart Mill: “En algunos países lo que el pueblo desea es no ser tiranizado, pero en otros es que cada cual tenga iguales probabilidades de llegar a tiranizar. Por desgracia, este último estado de los deseos es tan natural a la humanidad como el primero, y en muchas situaciones de la misma humanidad civilizada es donde hay más ejemplos. Los deseos del pueblo tenderán a rechazar la opresión, más bien que a oprimir, en proporción a como esté acostumbrado a dirigir sus asuntos mediante su intervención activa, en lugar de dejarlos al gobierno; mientras que las instituciones populares no inculcan en el pueblo el deseo de libertad, sino un apetito insaciable de honores y poder, en la medida en que toda la iniciativa y la dirección reside en el gobierno y que los individuos sienten y actúan bajo una constante tutela, apartando la inteligencia y la actividad del país de los asuntos que más le importan para dedicarlos a la mezquina competencia por los provechos egoístas y las pequeñas vanidades de los cargos oficiales

Cuando se acumula poder ciertas conductas comienzan a verse como normales. Incluso se considera una compensación lógica a la enorme responsabilidad y dedicación que implica el cargo que se ocupa. Un claro ejemplo es lo que Luis Roldán respondió en la entrevista que le hicieron en el diario El País: “—Cuando se corrompió, ¿tenía conciencia de estar haciéndolo? —No reflexionas, formas parte del paisaje, de lo que ves alrededor. Haces lo que se hacía. — ¿Cuándo cobró por primera vez un sobresueldo en dinero negro procedente del erario público? —En 1983, siendo delegado del Gobierno en Navarra. Seis millones de pesetas. — ¿Era una práctica habitual? —Sí, era una práctica habitual. — ¿Vivían, entonces, en una atmósfera general de corrupción? —Yo consideraba que ese sobresueldo era normal. — ¿Le parecía normal cobrar dinero negro procedente de las arcas del Estado? —En esos momentos era la práctica habitual…. — ¿La corrupción era estructural?—La corrupción era y es estructural.”

Algo parecido han señalado algunos de los implicados en el caso de las tarjetas “black” de Caja Madrid o en el de los EREs de Andalucía, viendo su comportamiento como algo habitual y admitido. Es necesario afrontar las raíces económicas, políticas y socioeducativas que están en la base de la corrupción. La desmesurada y creciente desigualdad económica, política y social es el caldo de cultivo de la corrupción. Es necesario un mayor reparto del poder económico, político y social. De lo contrario seguiremos engañándonos y cayendo en el maniqueismo, como si fuese una simple cuestión de buenos y malos, y de casos individuales.

Viñeta tomada de El País: http://elpais.com/diario/2006/12/01/vinetas/1164927605_850215.html

Las citas de J. Stuart Mill tomadas de Principios de Economía Política. Con algunas de sus aplicaciones a la filosofía social, Fondo de Cultura Económica. México, 1978