El poder y la responsabilidad de las empresas tecnológicas

La revolución digital tiene un poder inconmensurable en la construcción de imaginarios sociales, creencias, actitudes y comportamientos cotidianos. Las empresas tecnológicas tienen por ello la responsabilidad de evitar que su uso se pervierta por una espiral de odio tremendamente dañina.

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, la mayoría de las empresas tecnológicas estadounidenses se han posicionado o actuado en contra de los discursos de extrema derecha que el propio presidente estadounidense alienta y aplaude.

GoDaddy, Google y la empresa de seguridad Cloudflare hicieron desaparecer de las redes a la web neonazi Daily Stormer tras el atentado supremacista de Charlottesville, por su implicación en la marcha extremista ‘Unir a la Derecha’ que acabó con decenas de heridos y una mujer asesinada, y por jactarse de esa muerte al día siguiente.

Mientras el Daily Stormer empezaba a propagar su discurso fascista por el Dark Web, la Electronic Frontier Foundation (EFF), organización que persigue la neutralidad de la red, salía en su defensa. Tacharon la reacción de Google, GoDaddy y Cloudflare de peligrosa. Propagaron ese tendencioso discurso de que silenciar el odio supone vulnerar la libertad de expresión; que no se podían eliminar ni suspender páginas web únicamente por su contenido.

La libertad de expresión es un derecho fundamental que actúa como termómetro de madurez de una democracia. Esa es la razón por la que, entre otras cosas, nos da tanto miedo abrir el melón que se esconde detrás del debate sobre la regulación de internet. Pero la libertad de expresión tiene su límite en la incitación al odio, a la violencia, a acabar con el otro o con la otra por su raza, su sexo, su religión, su ideología política, su orientación sexual.

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Ya he hablado en este blog del ciberacoso organizado que sufren las activistas feministas digitales. Cuando los trolls machistas o extremistas se organizan, logran fácilmente eliminar contenidos o perfiles de las redes sociales. De ese modo desaparecía de Facebook el monólogo ‘No solo duelen los golpes’ de Pamela Palenciano o la página feminista de ‘Locas del coño’.

Recientemente Twitter bloqueaba la cuenta de ‘Impostor Buster’, un bot automatizado creado para combatir el discurso del odio en las redes sociales. El periodista judío Yair Rosenberg lanzó la idea en las redes, y Neal Chandra se ofreció a desarrollar el software.

‘Impostor Buster’ funcionaba tan bien, que cientos de perfiles extremistas bloquearon o denunciaron el perfil llevando a Twitter a eliminarlo. Se limitaban a aplicar su protocolo, ese que está fundamentalmente basado en lo cuantitativo, sin entrar mucho en lo cualitativo. Colocándose como dijo Rosenberg “del lado de los nazis”. Sin aprovechar una herramienta que hacía un trabajo que debería realizar el propio Twitter. Coincido con Yair en que es un tanto irónico.

Aunque son de agradecer, los pasos dados por las empresas tecnológicas y digitales para evitar la propagación de discursos de odio, la promoción de las violencias machistas, el racismo o la xenofobia, son aún demasiado tímidos. Lo fácil que resulta encontrar en Google o en cualquier buscador videos pornográficos que alimentan y normalizan la cultura de la violación, es prueba de ello.

Es urgente que las empresas tecnológicas den un paso al frente y asuman plenamente la responsabilidad que conlleva estar al frente de la gran revolución de nuestro siglo.  

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