Pobreza ¿con apellidos?

Es usual escuchar críticas respecto a la “pobreza con apellidos”: pobreza energética, pobreza infantil, etc. Al final, lo que está detrás es pobreza. Y ésta implica tener dificultades para pagar la factura de energía, claro, pero también alimentarse peor, tener menos acceso al ocio, etc. Entonces ¿por qué hablamos de pobreza energética o de pobreza infantil? ¿Corremos el riesgo de centrar la atención en un árbol (no poder pagar la calefacción), y dejar de ver el resto del bosque? Como si todo lo demás: no poder afrontar gastos imprevistos, sudar tinta china para pagar hipoteca o alquiler, no fuese un problema.

Lo mismo pasa con la pobreza infantil. No hay niños/as pobres flotando en el éter. Lo son porque viven en hogares pobres, están a cargo de adultos que no alcanzan un nivel de renta que asegure su bienestar. En un caso y otro, parece que el apellido distrae de la pobreza desnuda, de la que se genera por el reparto injusto y desigual de la riqueza. La pobreza con apellidos ¿es menos pobreza?

Pero no estoy de acuerdo con esta visión. Al menos, me genera dudas. Por ejemplo, en el caso de la pobreza energética, un factor importante es la escasez de dinero, que impide hacer frente a una necesidad como la energía. Pero también tiene que ver con el precio de la energía, que en España han llegado a ser muy, muy alto. Y con los efectos de la política de vivienda, o la falta de ella, que ha traído como consecuencia que las personas pobres vivan en viviendas más antiguas, más caras de mantener, con sistemas poco eficientes. No se trata sólo de falta de dinero, sino del efecto que tienen determinadas políticas sobre una dimensión de la vida de quienes viven en pobreza. Y que merece ser entendida y nombrada por sí misma, porque requiere medidas específicas.

Igualmente con la pobreza infantil. En España, uno de cada tres niños en España vive en la pobreza. La infancia, junto con la juventud, son los grupos más castigados por la crisis. Por supuesto esto se debe al empeoramiento de las condiciones laborales y económicas de esos adultos que están a cargo de esos niños. Pero también nos remite a la desprotección en la que están los hogares con menores a cargo, a la falta de partidas presupuestarias dirigidas a la infancia, y la necesidad de adoptar un plan específico de lucha contra la pobreza infantil, que incorpore, por ejemplo, una prestación universal por hijo a cargo.

Y entonces ¿pobreza con apellidos o sin apellidos? A mí los apellidos no me disgustan, me parece que permiten entender cómo políticas que nada tienen que ver con la pobreza, acaban dando de lleno a quienes viven en ella. Hacer parcelas nos permite entender mejor fenómenos muy complejos, pero no debemos perder la tensión entre la pobreza y la exclusión social y esa dimensión que representa el apellido: el acceso a la energía, o la situación de la infancia.

No creo que sea un error per se hablar de pobreza energética, pero se convierte en uno si nos quedamos en las facturas, sin tratar las causas estructurales, tanto del acceso a la energía como de la pobreza y la desigualdad. Y de la responsabilidad pública frente a ellas. Hablemos de pobreza, con apellidos, y sin ellos. Hablemos de pobreza, y de lo que estamos dispuestos a hacer para acabar con ella.

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