En  la Ceremonia de recogida del Premio Cervantes, Juan Goytisolo manifestó muy bien cuál debe ser la vida cultural y ética de toda persona honrada. A semejanza del Quijote, tenemos que luchar por la dignidad de las personas, por la paz, defensa y justicia liberadora para con los pobres de la tierra, con los hambrientos y los niños, los parados y los trabajadores explotados, los  inmigrantes y empobrecidos del mundo; frente a la desigualdad e injusticia que asola el mundo, la corrupción e inmoralidad de este sistema económico y financiero que genera todas estas lacras u opresiones como es la pobreza. Un mensaje muy coherente y actual cuando en estos días la injusticia de la pobreza y miseria, con su violencia estructural, produce el genocidio silencioso de los innumerables migrantes sepultados en el mar, el terremoto en Nepal con incontables muertos y otras situaciones de destrucción de la vida que siempre padecen los pobres.

En este sentido, la reciente CV reunión de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española se clausuró con la aprobación de la Instrucción Pastoral “Iglesia, servidora de los pobres”. En este documento, siguiendo la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y el magisterio del Papa Francisco, los Obispos españoles denuncian toda esta condición socio-estructural de creciente desigualdad e injusticia de la pobreza. Y anuncian la promoción de la justicia liberadora con los pobres y contra las causas estructurales de la pobreza. Efectivamente, toda esta fecunda DSI, que expresa todo un humanismo espiritual e integral, nos señala las claves y criterios para erradicar toda esta desigualdad e injusticia que provoca un auténtico holocausto como es la pobreza y el hambre. Así, como nos enseña el Evangelio y la tradición de la iglesia, el Papa Francisco ha mostrado una vez más como debemos promover una cultura y ética de la pobreza evangélica, como expresión de ser iglesia pobre con los pobres; frente a los ídolos de la riqueza, del ser rico que va en contra del Evangelio y es inmoral.

Tal como ha puesto de relieve la espiritualidad y la santidad (los santos), el pensamiento social cristiano y la Iglesia, se trata de buscar la civilización del amor y de  la pobreza, el destino solidario y universal de los bienes. La fraterna y justa distribución de los recursos con los pobres. Lo que se opone a la civilización del ídolo de la riqueza, del egoísmo e individualismo burgués del ser rico. Ya que esto genera la acumulación y acaparamiento de los bienes en pocas manos, el ser rico, que provoca la desigualdad e injusticia de la pobreza. Hay ricos a costa de que haya pobres y de caer en la idolatría de la riqueza, de ser rico, lo que niega el amor y la vida en Dios. En esta línea, ya en plena celebración del 1° Mayo, todo ello supone luchar y promocionar la civilización del trabajo, el reparto, dignidad y derechos del trabajo, un sistema laboral justo. Contra la civilización del capital (hoy sobre todo financiero/especulativo), del capitalismo, que convierte en dios al beneficio y al mercado, al crecimiento-productivismo económico y a la competitividad. Dando lugar a la economía sin ética ni moral que mata, que especula y sacrifica la vida-digna de las personas. Como nos enseña todo ello el Evangelio y la DSI.

[Fotografía: Tuca Viera. Favela Paraisópolis y edificio en el barrio de Morumbi. Sâo Paulo, Brasil]