Población, renta y modelo de crecimiento

El Banco Mundial estima que en el periodo 1960-2008 el valor de los bienes y servicios producidos en el mundo (PIB mundial) creció a un promedio del 3,6 por ciento anual. Se pasó de un valor de 1.365 a 63.129 miles de millones de dólares. La población mundial, por su parte creció a un promedio del 1,0 por ciento anual, pasando de 3.035 a 6.941 millones de personas.  Por tanto, mientras que el PIB se multiplica por 46, la población poco más que se duplica. Las estimaciones para 2015 son 73.434 miles de millones de dólares para el PIB y 7.347 millones de personas para la población. Es decir, a pesar de la crisis tanto el PIB como la población han seguido aumentando, aunque el PIB lo ha hecho en mucha mayor medida.

Esto supone que el PIB per cápita se ha ido incrementando ininterrumpidamente. De 461,8 dólares per cápita en 1961 se pasa a 9.340,9  en 2008. Aunque se frena con la crisis, alcanza alrededor de los 10.000 dólares per cápita en 2015. Según esas mismas estimaciones del Banco Mundial, el aumento ha sido aún mayor en términos de paridad de poder adquisitivo; es decir, en cuanto a la capacidad de compra que el valor de dicho producto representa. En 2008 alcanzó los 12.178,3 dólares per cápita, pasando a ser de 15.464,6 en 2015.

¿Qué reflejan estas cifras? ¿Implican que realmente el conjunto de la humanidad vive mejor y tenemos un mundo más justo?, ¿Hemos logrado una convivencia más saludable y pacífica? ¿La mayoría de los seres humanos logra  una vida más plena y feliz? Resulta difícil contestar a estas preguntas, pero en el fondo todos nos las hacemos. Hay una primera evidencia. No sólo persisten grandes desigualdades, sino que, aunque la distribución de la renta mundial haya mejorado, las diferencias entre extremos, los más ricos y los más pobres, ha aumentado. Hay una segunda evidencia, aunque, valga la paradoja, no sea tan evidente, el tipo de crecimiento en que estamos instalados es insostenible.

No se ha producido lo que esperaban las teorías maltusianas. Por el contrario, los medios de subsistencia han crecido en mayor proporción que la población. Por eso algunos plantean que el hambre, la pobreza y la desigualdad tienen solución mediante una redistribución que permita un reparto más justo de la renta y la riqueza.  Con ello se ignora, sin embargo, la cuestión fundamental. El mantenimiento de tasas de crecimiento tan elevadas va unido no sólo a la desigualdad sino a la destrucción de bienes y espacios comunes. Todos damos por hecho que lo que motiva la inversión y genera renta y trabajo es el beneficio. En consecuencia es lógico que los beneficios sean más elevados para quien más arriesga y hace mejor las cosas. Sin embargo, no se tiene en cuenta que para que eso fuera cierto tendría que haber mayor competencia. Que haya mayor competencia implica que hay límites que no se pueden rebasar y que debe haber un cierto marco común para que los que compiten entre sí tengan posibilidades parecidas.

El concepto de competencia vigente en la ciencia económica presupone, por el contrario, que la existencia de iguales condiciones para todos se deriva de que no haya límites ni marcos reguladores en cada mercado. Los costes y precios son las únicas variables relevantes para la competencia. Por eso se considera que cualquier restricción en las condiciones de producción o diferencia en la calidad de los productos impide la competencia. El que consigue vender más y obtener mayores beneficios se supone que lo logra porque es más eficiente, lo que se traduce en   menores costes y precios más reducidos. Cómo logra obtener menores costes y vender más que otros  es, desde esta visión, una cuestión secundaria si no irrelevante.

Admitido ese principio todo se justifica. La incorporación de objetos y espacios en el intercambio mercantil supone un aumento de renta. Un bosque sin explotar o una actividad que no genera renta porque no se le pone precio es un desperdicio, una oportunidad perdida. Todo es fuente de negocio (no ocio). Por eso hasta el sentido del ocio se transforma. Deja de ser puro goce y disfrute, celebración de la vida que refuerza la concordia con los demás y el universo entero al que pertenecemos, para convertirse, por encima de todo, en descanso que proporciones nuevas fuerzas para volver a trabajar. Bajo esta concepción, los que acumulan más renta son los que entienden el sentido de la vida. No es tanto que ellos sean más ricos sino que proporcionan mayores posibilidades para todos al contribuir con su renta (inversión y consumo) a que aumente el trabajo y la renta de todos.

Una sociedad que se sustenta sobre estas bases es capaz de asimilar cualquier crítica que no vaya a la raíz. La desigualdad se convierte en una consecuencia inevitable del progreso. A los que no aceptan esos principios no se les excluye sino que son ellos los que se autoexcluyen. La escasez de trabajo se produce porque no se aceptan salarios y condiciones laborales acordes con la productividad. No se niega que haya salarios altos, que se reduzca la jornada o que se puedan mejorar los complementos y prestaciones al trabajador. Sólo se exige que todo ello se corresponda con la productividad y el rendimiento.productividad De hecho tenemos remuneraciones salariales muy elevadas junto a otras que no cubren la subsistencia del trabajador y su familia. Existen numerosos complementos salariales y remuneraciones en especie en algunas empresas, mientras que en otras tan sólo se recibe el salario base. Hay dedicaciones al trabajo muy diferentes dependiendo de las horas efectivas de trabajo normal establecidas, las horas extra realizadas, las jornadas (trabajo temporal) y el tiempo (trabajo a tiempo parcial) por el que se es contratado, así como la edad a la que comienza y finaliza el trabajo (jubilación).

También hay una gran diversidad de tareas, muchas de ellas tan parceladas que el que las realiza ni siquiera sabe que papel tienen en el producto final. Esto se ha agudizado por la externalización de tareas (“outsourcing”). Igualmente la intensidad en el ritmo de trabajo, así como los niveles de peligrosidad, toxicidad, penosidad y posibilidades de promoción y satisfacción laboral son muy distintos. Muchas de esas diferencias son inevitables y están justificadas. Por eso no se puede pretender que esas diferencias desaparezcan completamente, ni que sólo se valoren monetariamente en proporción al mayor o menor agrado o rechazo de las tareas a realizar y de las condiciones en que se realizan. Se trata de preservar valores y bienes comunes que están por encima de la lógica mercantil basada en los intereses individuales, que queda así  mediatizada en buen sentido. Además se requiere que haya verdadera competencia en los mercados. Esto presupone una regulación que incentive la innovación y superación propia de cada empresa, de forma que sea la calidad y no el precio el principal objetivo para la obtención de beneficios.

Como dijo Keynes: “…las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree….Los hombres prácticos que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto. Estoy seguro de que el poder de los intereses creados se exagera mucho comparado con la intrusión gradual de las ideas”. Y es que “mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado”, Rafael Sánchez Ferlosio dixit. Recordemos la frase de Jesús: “Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero” (Mateo 6, 24). Lo esencial de la vida (el Reino de Dios) no es posible si la base de la convivencia es la acumulación de riqueza y el comprar. Esto hace imposible la subsistencia de los más débiles. La clave está en vincularse al espíritu solidario (para los cristianos el espíritu de Jesús) y compartir.

3 Comentarios

  1. Plenamente de acuerdo contigo, hace falta no solo tomar posición, sino también acciones para recuperar el verdadero sentido de la vida en un mundo cada vez más mercantilista y deshumanizado.
    Tal como estamos, pareciera que vinimos a olvidarnos de nosotros y de quienes nos rodean en el afán de sobrevivir, producir y trabajar en exceso para acumular más y siempre más y no así ser felices, compartir y convivir con otros en alegría, donde el trabajo para que sea digno debería ser tan solo una parte de ese estado de armonía, no todo tu ser y universo, también un valioso aporte en la suma de otros, una vía de realización y retribución monetaria que te facilite un mínimo necesario.

  2. Gracias Luis. Decir que no compartes la vinculación al espíritu solidario no es cierto puesto que es lo que tú haces, al adherirte a personas e instituciones presentes y pasadas que viven la solidaridad a su manera. Una cosa distinta es que para ti Jesucristo no represente nada, pero por eso se afirma, entre paréntesis en mi escrito, que ese es para los cristianos la referencia, lo que implica, por tanto, que hay otras muchas opciones. El otro asunto de las guerras es una evidencia o una hipótesis tan probable como cualquier otra, por ejemplo que el cambio climático provoque una catástrofe mundial. Más vale no especular más de la cuenta.

  3. Desde mi modo de pensar es un buen artículo que pone el dedo en la llaga: desigualdad e insostenibilidad. El último párrafo es respetable pero no lo comparto.
    Enrique en su novela llama la atención sobre otro problema la militarización y la plausibilidad de guerras directas entre las grandes potencias: China, Rusia y USA. Quizá Siria sea un banco de pruebas.

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