Hoy necesitamos recuperar la enseñanza de clásicos como Platón. La vida política y la configuración de las relaciones sociales dependen de la proyección de lo que interiormente está movilizando a los sujetos personales o sociales. Clásicos como Platón o Aristóteles nos recuerdan algo que hemos negado en nuestras democracias liberales. Es la cuestión de la virtud y de las pasiones como algo sustantivo para vida social y para la vida política. Algo en lo que se juega la configuración real de nuestras sociedades. Y su destino.

Las pasiones en tiempos modernos

Suele oírse en nuestros tiempos que, al fin y al cabo, las virtudes nos remiten a un ideal de perfección, a una “moral de máximos”. Y ahí no nos podemos poner de acuerdo en cuáles son los fines que debemos perseguir en la realización personal o social. Lo que para unos es una virtud, para otros es un vicio. El ámbito del acuerdo es el de los procedimientos y valores públicos a seguir para quien está en el poder. Este consenso vendría ya definido en el acuerdo constitucional de cada país. Pero no es posible el acuerdo en el modo de alcanzar una buena realización o la felicidad privada o pública. Eso ya depende de la ideología, de la cosmovisión o de la moral concreta que le sirva de inspiración a cada cual o según quienes.

Por ello, a lo más que podemos llegar es a la “virtud cívica”. Esta se da cuando esos valores “constitucionales” son asumidos desde arriba o desde abajo. Hoy reconocemos la virtud cívica como algo exigible para los que gobiernan y deseable para el pueblo. Hay virtud cuando algunos valores se han incorporado en el modo de proceder de los servidores públicos, o cuando aspiramos a generar esos valores por una socialización moral desde la educación de la ciudadanía. Todo esto puede ser pertinente pero insuficiente. Los aspirantes o gobernantes se pueden sacudir estos valores “políticamente correctos” y el pueblo secundarlos buscando la salida a sus dificultades e incertidumbres en esa impostura. Es a lo que hoy suele llamarse “populismo”.

Y ello porque desde el marco de las democracias liberales se presupone la no continuidad entre los vicios y virtudes privadas, y los vicios o las virtudes públicas. Los clásicos griegos nos hablaban no sólo de comunicación sino de proyección de lo personal y social en lo público. Según lo que esté movilizando personal o colectivamente así se irá definiendo la suerte del Estado y la suerte de la sociedad. Pero esta presuposición que fundamenta el orden político liberal, hace abstracción de algo que sí estaba presente en los orígenes de este liberalismo que define hoy el terreno de juego del espacio político, y estructura, a su vez, los otros campos. Es una revuelta contra la moderación, la vida sencilla que se atiene a lo propio y común, y busca la armonía respetuosa con los otros; contra el primado del bien común sobre el bien individual o la certidumbre de que no hay bien personal auténticamente bueno si no es desde el respeto y la contribución al bien común. Frente a ello, es el desorden como principio de ordenación. Y eso lo declaró ya sin tapujos Mandeville con su fábula de las abejas: vicios privados, virtudes públicas. Si los vicios privados eran tan antiguos como la condición humana, la audacia de los tiempos modernos-liberales consistió en elevar esos vicios privados al móvil necesario para el crecimiento de la maquinaria social. Cuando nos sacudimos toda esas censuras y limitaciones, toda esa mojigatería ética, florece el dinamismo y la prosperidad social. Por ello, Mandeville nos advierte “Dejad pues de quejaros, sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios”.

Pasiones y economía: la ética de la banda de ladrones

De ahí que este “olvido” no es casual, sino que permite configurar la actividad económica como el campo de las pasiones desordenadas. Dicho en términos modernos “no morales”, la maximización de la ganancia privada como principio ordenador de la actividad económica es lo que mueve y engrandece nuestras sociedades. Pero según Platón su principio fundamental que lo fundamenta sería el de la “concupiscencia”, que consiste en el deseo insaciable de tener. Y para “tener más” se violan todas las reglas de justicia, con los de fuera, y finalmente también con los dentro. Ello da lugar a la ”ética de la banda de ladrones”, que consiste en salvarse engrandeciéndose a costa de los de fuera, de sus personas, bienes y tierras. Pero esta lógica provoca la enemistad y la guerra con los otros y termina también corroyendo la relación social interna.

La crítica democrática a las pasiones

En el diálogo de Gorgias, Platón se sirve de la figura de Calicles para mostrar la conexión estructural entre orden legal y político y su fundamento en el discernimiento de las pasiones. La ácida crítica (antidemocrática en un sentido radical) que pone en boca de Calicles nos muestra, en el fondo, la conexión estructural y necesaria entre el cuidado de las pasiones y las virtudes y la vida social y política:

Dice Calicles:

“Los que establecen las leyes son los débiles y la multitud. En efecto, mirándose a sí mismos y a su propia utilidad, establecen las leyes y determinan las censuras. Tratando de atemorizar a los más fuertes y a los capaces de poseer mucho, para que no tengan más que ellos, dicen que adquirir mucho es feo e injusto, y que eso es cometer injusticia: tratar de poseer más que los otros. En efecto, se sienten satisfechos, según creo, con poseer lo mismo siendo inferiores.

Pero según yo creo que si llega un hombre con índole apropiada, sacudiría, quebraría y esquivaría todo esto, y pisoteando nuestros escritos, engaños, encantamientos y todas las leyes contrarias a la naturaleza, se sublevaría y se mostraría dueño este esclavo (…). Porque para los que por propia naturaleza, son capaces de adquirir un poder, tiranía o principado, ¿qué habría, en verdad, más vergonzoso y perjudicial que la moderación y la justicia, si pudiendo disfrutar de sus bienes sin que nadie lo impida, llamaran, para que fueran sus dueños, a la ley, los discursos y las censuras de la multitud”.

Por ello, en el fondo, se trata del tratamiento de las pasiones. Estas no son cosas de cada cual, privadas, que se quedan en el interior y que cada uno trata a su modo. Las pasiones movilizan la acción humana, su relación con el mundo y el trato que se da a los otros. Las pasiones construyen o destruyen la relación social. Tienen un impacto en el propio cuerpo social en que se da, pero impacta también en los otros que son tratados como externos a ese cuerpo social. Cuando son antisociales lo que se amenaza es la continuidad del cuerpo social y amenazan también con la generación de la enemistad y de la guerra frente a esos otros. Pero cuando se eleva lo antisocial a virtud, entonces, según Platón, no hay esperanza de felicidad pública ni privada.