Piedras vivas

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Permítaseme comenzar con la cita de un artículo de periódico que he retocado ligeramente para ocultar, de entrada, su contexto concreto:

La Iglesia custodia 15.700 iglesias, de las que un 78 por ciento son patrimonio histórico. Y también son una rueda de molino colgada de nuestros cuellos, asfixiando la energía necesaria para llevar a cabo nuestra gran misión religiosa y social, y haciendo de la Iglesia un departamento de construcción de la industria patrimonial. Sin duda, tengo la sospecha de que si cada una de estas iglesias fuera dinamitada mañana mismo, nuestro país sería mucho más cristiano en apenas 10 años. Teológicamente hablando, esas iglesias no son más que un simple cobijo para la lluvia, aunque la Iglesia los trata con una reverencia que debería quedar reservada sólo para Dios.

Según esta cita, se diría que la misión queda hipotecada, paradójicamente, por un gran patrimonio histórico. El autor pretende decir que el cuidado de un patrimonio que ya no sirve a una vigorosa vida comunitaria, más bien drena los recursos materiales y humanos que debieran ir dirigidos a la misión de la Iglesia, que es su razón de ser. Y en la actual situación europea de una grave crisis migratoria, las iglesias debieran ser capaces de movilizar sus mejores recursos en la acogida de las personas que están llegando para convertirse no ya en extranjeros, sino en prójimos. Y el amor al prójimo es la misión fundamental de la Iglesia.

Pero el patrimonio histórico, ya sea cultural o eclesial-espiritual, también puede servir de losa identitaria; es decir, puede servir para anclar nuestra identidad cultural y/o eclesial-espiritual en el pasado, impidiendo mirar sin temor a la necesaria nueva identidad que ha de surgir con los cambios migratorios. Ni la sociedad ni las iglesias van a quedar indemnes de la crisis migratoria en la que viven, y cuanto antes decidan hacerle frente con determinación, esto es, con sentido de misión, mejor será para los migrantes, para la sociedad y para la Iglesia.

Para los migrantes porque una buena acogida les ayudará a una integración plena; para la sociedad porque saldrá fortalecida en la cohesión de su diversidad y libertad; y para la Iglesia porque volcada en su misión evangélica a favor del prójimo será una Iglesia renovada, incluso se podría decir que será una ‘nueva Iglesia’. Y es que, remedando una afirmación de Fernando Savater, de una crisis vivida a fondo «se sale otro».[1]

Fuente de la cita: Giles Fraser, The Guardian, 15-10-2015[2]


[1] En Diario de Job (Cátedra: Madrid) Savater afirma: «de una batalla vivida a fondo como tal –sea con armas o con palabras– no se sale vivo, se sale otro» (pág. 46).

[2] El autor es un presbítero de la Iglesia de Inglaterra (comunión anglicana) y todo su artículo se refiere a esta iglesia. Con todo, existen grandes similitudes con la realidad española.

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