Vidas entre paréntesis

A menudo escuchamos noticias de barcos cargados de personas que no llegan a buen puerto o que no encuentran la acogida que merecen y necesitan. Sobre ello hablamos también en el anterior post, 14 años de oleaje.

La sociedad civil trata de sensibilizar y movilizar acerca de la situación de las personas que llegan. Pero, ¿qué queda aquí, en los puertos de salida de África?, ¿qué hay de las familias que enviaron a sus emisarios?

La historia de Mitsheti y su familia es una de ellas. Una de esas vidas donde la esperanza truncada en el oleaje deja una gran estela detrás. Una estela de vidas que quedan como entre paréntesis.

Mitsheti es una mujer de veintiocho años procedente de Eritrea que ahora vive en El Cairo en situación de tránsito. Junto con su marido y sus tres hijos salieron de Eritrea en vista de la insostenible situación de violencia y la falta de posibilidades para alimentar a sus hijos.

Inicialmente fueron a Sudán y después de unos meses, su marido se adelantó para ir abriendo camino al resto de la familia.Primero vino al Cairo, donde esperó hasta que comenzaron las salidas a Europa en barco y se fue a Alejandría donde partió en busca de un futuro para su familia.

El plan que idearon era que él llegara antes para ir buscando un lugar. Una vez que él salió hacia Alejandría, Mitsheti emprendió el viaje con sus tres hijos hacia El Cairo que es una escala muy común como tránsito entre las personas que van hacia Europa. Es también una práctica muy común la de que algún miembro de la familia adelante el camino para preparar la llegada del resto.

Finalmente su marido embarcó y finalmente ella y sus hijos llegaron a El Cairo, antesala de ese puerto que les llevaría a la tierra de la salvación. Pero la de su marido fue una de esas tantas noticias de barcos hundidos con cientos de africanos. Al llegar a El Cairo conocieron la noticia de que el barco donde estaba su marido y el padre de sus hijos se hundió con la marea y nunca llegó a puerto.

Teresse, religiosa comboniana procedente de Eritrea que acompaña el centro en el Cairo que les ofrece apoyo escolar, es quien me llamó hablarme precisamente de Aminab, el segundo hijo. Tras observar su comportamiento en las clases me comenta que quizá necesite ayuda terapéutica.

Me reúno con Mitsheti y sus tres hijos. El menor tiene apenas un año, es un bebé, Aminab de cuatro años aún no puede hablar, tiene un comportamiento muy agresivo y sólo comunica a través de golpes y de gritos. Nunca ha hablado, quizá el saber la noticia de su padre, simplemente le dejó sin voz, o sin nada que decir.

Sigera, la hija mayor (de 5 años), tiene un comportamiento tranquilo y dulce que no ha levantado la alarma en el centro ni en casa pues “se porta bien”, sin embargo se despierta por las noches llorando y su mirada anda perdida, siempre trata de escuchar las conversaciones de las personas mayores y les pregunta a todos por su padre.

Después de la reunión determinamos que la familia entera la necesitará apoyo terapéutico para reparar las heridas de la pérdida y que empiecen a volver a construir un nuevo presente y un nuevo camino.

Reparar tal pérdida y salir adelante, esa es la tarea que tienen por delante quienes aquí se quedaron. Los terapéutas acompañarán a Aminab a que aprenda a hablar, a creer que merece la pena hablar y que tiene derecho a hablar, aunque el enfado y el dolor ahoguen ahora su voz.

Mitsheti es fuerte, es mujer, es madre, es africana y sobre todo es una persona llena de vida, de dignidad, de fe y amor.

Estas son algunas de las estelas que deja atrás el oleaje de quienes salieron y llegan a las costas europeas. Unas vidas que quedan entre un paréntesis incierto, frágil, invisible. Sólo la fe y la solidaridad entre las personas que están en su misma situación les ayuda a transitar la situación. Son vidas invisibles que no saldrán en las noticias de Europa ni de Egipto.

Ojalá que la ciudadanía de todo el mundo, especialmente quienes hemos nacido en un estado de derecho que nos dota de oportunidades, despertemos y entendamos que el modelo actual del mundo, no funciona. Ojalá, nos levantemos y pongamos nuestra imaginación al servicio de un nuevo modelo económico y cultural al servicio del bien común. Para que Misheti, Aminab, Sigeria igual que tú y yo puedan simplemente vivir con esperanza.

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