Señalaba en la entrada anterior que el totalitarismo de la vía única como fenómeno típicamente moderno, es la lógica cultural en la que se desplegaban las luchas desde Occidente (y de quienes lo reproducen) en los últimos siglos. Entendiendo esto como el proyecto de alcanzar el sometimiento total de aquello que se combate. Estas luchas son contra la naturaleza y su diversidad, contra otros pueblos y sus modos de vida económicos y políticos, sus técnicas y saberes tradicionales, contra las/sus religiones en lo que tienen camino humano atrasado e irracional en el marco de su superación por el progreso de la razón y la ciencia moderna. Cuestiones que aborda la reflexión unida de biodiversidad y sociodiversidad.

Así, el progreso técnico, se presenta como un más allá de las culturas y se impone como si fuera a su vez fruto de la única racionalidad posible, sin ser un modo cultural e históricamente determinado de desarrollar la viabilidad de la actividad humana en el medio natural y social, y por tanto, revisable y criticable como cualquier mediación humana. Por ello se presenta como la única vía posible. Nos encontramos así ante un nuevo dogmatismo, que no está sujeto a la corrección desde las propias comunidades ni a evaluar su corrección ante y desde los pueblos que más sufren sus consecuencias en forma de desastres sociales y naturales.

El progreso de la técnica moderna, en este mismo sentido, vehicula un proyecto autocentrado de desplazar y aniquilar lo “inútil”, conforme a los deseos de maximizar la producción despreciando todo vestigio de lo originario de las especies o razas “no productivas” en cuanto locales, tradicionales o simplemente naturales. Por ello, todo aparece como un mero “recurso” desprovisto de valor intrínseco y por consiguiente, que no merece ningún respeto o que no genera un límite normativo a nuestra actividad humana. Desde los “recursos naturales” a los “recursos humanos”.

El respeto de los derechos humanos de las personas y el respeto de la naturaleza en cuanto fuente también de deberes para la humanidad choca continuamente con esta lógica cultural reductora y cosificadora, porque son “palos” en la rueda del progreso de actividad racional moderna. Los derechos humanos y de la naturaleza, en la última versión moderna de la era neoliberal son “distorsiones del mercado”, entendido este mercado en el sentido que cobra en el liberalismo, como único, mundial y capitalista que implica tendencialmente un mundo sin diversidad biológica y cultural en un sentido fuerte. La única diversidad cultural que tolera es la estética en cuanto forma de mercantilización de las culturas tradicionales para ser introducidas en el circuito de recursos a consumir en el mercado global. Tampoco se tolera la diversidad biológica que es reducida a curiosidad zoo-botánica o a información pertinente para la manipulación genética de nuevas variedades o de especies creadas “ex nihilo”, de la nada, por la pretendida omnipotencia de la técnica humana que no quiere reconocer ni pararse ante riesgos ni peligros de su propia técnica. Las especies y sus hábitats propios son destruidos, expoliados o llevados a los bancos de datos biológicos, como antes se llevaban las culturas que están llamadas/obligadas a desaparecer a los registros etnográficos y museísticos de las culturas muertas.

Por ello, puede fácilmente comprenderse porqué los campos de la agroindustria moderna son campos de batalla contra las plagas, las “malas hierbas”, las variedades o especies vegetales o animales “menos” productivas aunque adaptadas al territorio durante siglos, contra los pueblos tradicionales que los habitan y sostienen y en los que se sostienen. El tiempo como respeto al ritmo propio de la naturaleza, sus ciclos y de la reproducción sostenible del medio natural desaparece. Es el “tiempo cero” de la naturaleza, de cultura y de la sociedad. Por eso se rompe también la interdependencia tanto con las generaciones anteriores de las que no se recibe nada valioso ni respetable, ni con las generaciones futuras, pues no hay obligación para quien se considera desvinculado de los otros, antepasados, presentes o por venir. La técnica moderna se presenta así como superación del tiempo natural, del tiempo social y cultural. Por eso tiene una cara oculta (cada vez más visible) tan devastadora para la sostenibilidad de la vida en el planeta en un contexto de aparente abundancia y de poderío sobre la naturaleza, aunque esa abundancia sea insostenible y socave la reproducción de la diversidad de la vida humana y no humana.

En este contexto, no puede extrañarnos que los territorios más modernizados sean de menor biodiversidad, y que los territorios ancestrales de los pueblos tradicionales u originarios contengan una mayor biodiversidad. Pero estos territorios están amenazados por los proyectos de modernización en la explotación de sus “recursos naturales”, bien por las propias empresas o bien por los Estados nacionales que disponen de esos recursos de los pueblos tradicionales en aras del “desarrollo social”.

Cuando se debate ahora en París en la Cumbre del Clima para alcanzar un acuerdo mundial contra el cambio climático, hay que revisar y cambiar no sólo el modelo de producción de energías no renovables y ser sustituidas por energías renovables. Eso ya sería un logro para los próximos años. Pero el combate contra el cambio climático, no puede olvidar que una de las fuentes del cambio climático es tanto la agricultura industrial como la ganadería industrial. Por ello, exige también un cambio de lógica cultural, lo que supone un respeto y valorización de las formas tradicionales de producción. Como señaló Jacques Diouf, el anterior Director de la FAO, la agricultura tradicional es la que aun hoy, en mayor medida, y de forma más sostenible, satisface las necesidades alimentarias de la población mundial. Pero a su vez, supone también el desafío de la recreación postmoderna por introducir en los países modernizados otras lógicas productivas, de consumo y de relación con la naturaleza, como se postula, por ejemplo, desde la agroecología.

La lucha por la sostenibilidad del mundo, es pues una lucha también por la diversidad, y por la reconfiguración cultural y espiritual de nuestra relación con la naturaleza. El cuidado del medioambiente desde la ecología política y la ecología social van de la mano; porque los desórdenes ecológicos introducidos en los últimos siglos de modernización están produciendo también pobreza y exclusión social. No hay justicia social sin justicia medioambiental. Pero estas necesitan como de sus hermanas, de la ecología cultural y la ecología religiosa; pues la correcta interacción desde la pluralidad de culturas es necesaria para enfrentar los retos ecológicos y de inclusión social que genera el desarrollo moderno, y la riqueza religiosa de la humanidad puede proveer de fuentes para la transformación espiritual de nuestras relaciones con la naturaleza y con los otros. Así pues, se pueden imbricar y se necesitan mutuamente en la lucha por hacer reproducibles, plural y convivencialmente nuestros mundos, y no sólo para satisfacer nuestras necesidades materiales, sino también espirituales.

Fotos:

-Supra: Agricultura intensiva

-Infra: Juan José Ibáñez: Agricultura tradicional diversificada, cercanías de Trinidad